21, Septiembre, 2009
Bellagio, al fondo, en la otra orilla del Lago de Como. La Villa más alta de todas señala dónde estuvo Villa Tragoedia, de Plinio el Joven
En tanto que espacio literario, el Lago de Como –o Lario denominado sincréticamente por los nativos- tiene mil y una referencias, de todos los tiempos. Dejé, en mi visita a la zona, que fueran ellos solos los que acudieran a mi encuentro, como un brindis del destino. Ni viajé informado, ni atendí noticias que rasgaran mi virginidad en el tema. Así las cosas, dos fueron los literatos que, podríamos decir, salieron a mi encuentro, con más decisión. Un tercero, Alessandro Manzoni, se nos esfumó como fantasma.
El primero fue Plinio el Joven, natural de la ciudad de Como, el segundo, Filippo Tomasso Marinetti, fallecido en Bellagio, hermosísimo enclave, estratégicamente situado en medio del Lago. Y eso precisamente, la bella localidad de Bellagio, que comienzan teniendo de común ambos escritores, separados por un espacio temporal de 20 siglos. En Bellagio tenía su finca residencial Plinio el Joven. Lario es un lago de tres brazos, los tres alargados por un medio centenar de kilómetros y cercados de abruptas montañas verdes. Uno de los brazos, el más septentrional, tiene la dirección sur-norte. Acaba en la población de Collico, casi en Suiza ya. Los otros dos se extienden, igualmente longitudinales, desde que “acaba” el anterior, en las direcciones suroeste –el de Como-, y sureste –el de Lecco.
Lecco es la ciudad de Manzoni, el novelista romántico por antonomasia en Italia. Su novela: Los Novios (I Promessi Sposi). En Lecco transcurren –en tiempos de la Guerra de los Treinta Años- las amorosas e infortunadas peripecias de Renzo y Lucia, pero no nos fue dado seguir su pista… Motivos tendría el destino paras negárnosla Por cierto, en la historia el malo es el español Don Rodrigo, gobernador de Milán.
Equidistante de Collico, Como y Lecco, se halla Bellaggio. Desde su esquina privilegiada se contemplan los tres brazos del Lago. Y allí, justo delante del promontorio que, a modo de peninsulita, marca territorio, tenía Plinio el Joven su villa de descanso. La llamó Tragoedia, en griego. A la casa que tenía en el mismo Como la denominó Commedia. Juegos verbales de un literato. Hoy Tragoedia es Villa Serbellione. Un verde prado, abierto al sur del promontorio antecitado, marca los espacios de la mansión del joven Plinio. Luego se alza la casa actual, sobria y señorial, pintada en un ocre muy elegante, y tras ella un bosque de diversas especies, umbrío y profuso, que acaba en el centro del lago de tres brazos.
Plinio el Joven tenía 500 esclavos, y era íntimo de Trajano, el español que dirigía el Imperio, allá por los confines entre el siglo I y el II de nuestra era. A este Plinio debemos el género de Carta Literaria, que tanto predicamento tendría desde el Romanticismo. En una de ellas, por cierto, le cuenta al Emperador sus decisiones acerca de la ejecución de los cristianos que se niegan a rendir culto a la cúspide del Imperio, es decir, al mismo Emperador a quien escribía. Por eso resulta harto difícil de entender que, junto con su tío, el naturalista Plinio el Viejo, se encuentre estatuado en el frontal mismo de la Catedral de Como, en efigies de mayor tamaño que ningunas otras. Hoy se hallan acristaladas, para protegerlas de las injurias de las palomas. Y son, como el resto de la Catedral, adscribibles a ese estilo mixto de gótico tardío y temprano Renacimiento que caracteriza a no poca parte de Italia. Fue, está claro, un perseguidor de cristianos, pero en sus paisanos de mil quinientos años después, pesó más su universalidad que su condición de pagano reluctante al Cristianismo, a cuyos seguidores en conjunto, llamó secta.
En cuanto a Marinetti, adelantemos que fue, podríamos decir, el poeta áulico de Mussolini. Murió en el Hotel Splendide de Bellaggio, en 1944, a punto de acabarse la penosa aventura del Duce. Morir en un hotel tiene algo de tristeza irremediable. En el caso de un equivocado absoluto como Marinetti, es patético. Una placa en una esquina del hotel recuerda el luctuoso suceso. Se creyó fundador de la definitiva modernidad con su manifiesto del Futurismo, un panfleto que concede gloria al desprecio de la mujer, y a la velocidad como nueva diosa. “Un coche de carreras es más bello que la Victoria de Samotracia”, dice el lugar común que las más de las enciclopedias citan del escritor. Y uno piensa, ¿qué sería del Rolls Royce sin el pequeño icono de la Niké en lo alto de su morro? Equivocó su adscripción vital, y la vida no le deparó existencia suficiente como para desdecirse y encontrar la acertada lucidez. A otros sí le concedió ese don, como a Baroja o Unamuno. También a Cela, el delator voluntario al servicio de Franco. Pero no a él, pobre.
Plinio y Marinetti fueron amigos del César de su tiempo: Trajano y Mussolini. Y ambos coincidieron en su referencia vital a Bellagio. Marinetti escribió en francés gran parte de su obra, y Plinio eligió el griego para bautizar sus villas. Un sentido elitista de la vida también debió de ser común a ambos. Trajano designó a Plinio el Joven gobernador de Bitinia, la parte norte de la Anatolia, mientras el Duce no se dignó proponer a su bufón poético para nada oficial. Ni Plinio entendió qué era el Cristianismo, ni Marinetti qué era la democracia. Ambos murieron sin saber que el futuro era una cosa distinta de la que ellos habían soñado como definitiva y perfecta.
Descansen en paz ambos, y hayan encontrado donde estén la sabiduría que su tiempo les negó. Vale.
Publicado en No categorizada, Literatura | 4 Comentarios »
17, Septiembre, 2009

El título de hoy lo recojo de un libro, una novela. Es del autor murciano José Emilio Iniesta. Lo presentó la primavera pasada, y yo lo comento hoy, al final de este verano que se despide con tromba de agua otoñal. Se trata de una doble novela: histórica y actual. La actualidad que indaga en el pasado.
La Sevilla de nuestro tiempo y la del siglo XI se mueven al compás de un bucle en el tiempo que pervive en la percepción de unos cuantos privilegiados, recurrentemente a los largo dela Historia. En medio, un recorrido por París, El Cairo, Madrid… Y una educación sentimental que se va conociendo a sí misma, a la par que va analizando el pormenor de ese bucle histórico que desdice la concepción newtoniana del tiempo, para acercarse a la einsteniana. Todo sin dejar el ancho campo de las humanidades, que a todos concierne.
Julio Petrel guitarrista de concierto clásico, tiene una visión luego de terminar una interpretación en el Alcázar sevillano: una princesa mora, del siglo XI, le pide ayuda. No duda ni por un momento de su autenticidad, y el sucederse de las pistas para arribar al logro final, constituye, con un ritmo de buena novela, la trama. Estamos ante una buena novela, en fondo y en forma, que hace de su autor uno de los mejores novelistas murcianos, junto a Pérez Reverte, Luis Leante y Pedro García Montalvo. Iniesta documenta todos sus contextos con maestría y rigor, y hace así que el lector no se sienta estafado por una ambientación de guardarropía o hemeroteca embutida a fortiori. Además, sabe jugar con la intriga, que sigue paso a paso, tanto el enigma de la invasión almorávide de la Sevilla de Al-Mótamid, como la evolución anímica-sentimental de Petrel. No olvida el novelista su murcianía de origen, y así, nos narra, por ejemplo, el triste final del poeta mursí Ibn-Wahbum. Un detalle que le honra. Por todo esto, La Risa de la Mujeres Muertas es una novela de las que sí se pueden recomendar para aprender Historia, así como para pasar un tiempo agradable muy singular: el de leer una buena novela, con la que aprendemos la difícil asignatura de la vida, con Julio Petrel y su búsqueda de la Princesa Buthhayna, que, a fin de cuentas es buscar, para Petrel sus auténticos orígenes, su propia naturaleza. Vale.
Publicado en Literatura | 1 Comentario »
15, Septiembre, 2009

Otro día,
será otro día,
cuando le cante al Lago.
A su leve neblina estival
que tamiza los colores.
A sus aguas dormidas
y a sus verdes montes.
Hoy quiero decir
de la elegancia clásica
de una yedra
y sus hojas corazones,
descolgándose de una terraza
por la esquina de un casón noble.
El sol poniente
-que lo incendiaba todo-
como el dedo de un dios lo señalaba
a los ojos ciegos de los hombres.
8-08-09
Publicado en Literatura | 1 Comentario »
13, Septiembre, 2009
Es la tarde cenicienta de un domingo de Septiembre. Los cielos se han nublado, y el viento trae mensajes de humedad y de frescura. Boquea el verano. Y la pluma se pone estupenda, como decía aquel personaje de Luces de Bohemia. Aparca el apunte de actualidad e intenta acercar a la columna un poco de poesía posible con la prosa y la velocidad lectora del que, apoyado en la barra de un bar de lunes, aguarda a que el camarero le sirva el primer cortado de la mañana. El día espera agazapado ahí afuera con sus horas y sus trabajos. Por algún lugar dirá el periódico que ayer llovió. Y será noticia que la lluvia ganó su primera batalla, en realidad escaramuza, al calor, que -bien seguro- aún habrá de sobrevivir más allá de San Miguel y de El Rosario.
Pero esta tarde, que es el ahora del cronista, llueve o está a punto. Hay nubes bajas, seguramente con tormenta, hacia la umbría de Carrascoy. Han silenciado los climatizadores en las casas, y los comercios, cerrados, suspiran en su interior por una onza de esa brisa fresca que se anuncia en el aire vesperal de la semana que habrá de ser última del estío astronómico. Melodías de novedad danzan en las mentes y los imaginarios colectivos y personales de todos. Ya viene el cortejo, ya viene el cortejo… piensan algunos, recordando a Rubén. Y el cortejo es el del Otoño, que se anuncia con este heraldo de humedad y cielo nublado. Un cortejo de parvo lujo y sabia sonrisa, que trae mandatos de templanza climática, y destierra rigores de canícula. Una redención de sudores esclavos y sofocos quemantes, que bien conocemos por estas tierras.
Hay silencio en la tarde nublada. Algún trueno suena en las lejanías. El cronista pide al viento le acerque la nube tonante a donde él está, y afina el oído para que escuche el sagrado sonido del golpeteo de las primeras gotas en el empolvado suelo, ácido y seco desde los mayos de trigos y ababoles. Persiste la fresca brisa, que ondula visillos, como banderas de bando en triunfo, que aumentan, intensifican, dan sentido a las caricias que la piel celebra, propiciadas por el aire nuevo que en ella se posa y resbala.
Llueve o va a o llover. O ha llovido ya por tierras hermanas. Se esponja el espíritu y se ensancha el alma. Vale.
Publicado en Vida | 1 Comentario »
10, Septiembre, 2009
Forte de Fuentes (Norte del Lago de Como)
En el extremo norte del Lago de Como, duerme el sueño de las glorias muertas el llamado Forte de Fuentes. Lo levantaron los españoles por las mismas fechas en que era editado el Quijote. El Conde de Fuentes, Gobernador de Milán y sobrino del Duque de Alba de entonces, lo mandó levantar allí, donde comienza el Lago y se acaba La Valtelina. El Camino Español o Le Chemin des Espagnoles tenía en este enclave el último punto seguro cuando las tropas iban hacia Bruselas rodeando la Francia de los Cardenales. O, por el contrario, el primer punto seguro cuando el viaje era de vuelta.
Ganado el Canal de La Mancha por la piratería holandesa, el Emperador tuvo que organizar un camino terrestre que proveyese de tropas a la guerra de Flandes. Una tierra del monarca que se defendía con sangre y dineros españoles. El Primer Camino Español salía desde Milán hacia el Piamonte y ascendía por la Saboya y el Franco-Condado, hasta dar en tierras germanas, antes de arribar a Flandes. Pero los Saboya, al cabo, acertaron el caballo ganador y se aliaron con Francia. Las tropas españolas hubieron de buscar otro itinerario más al oriente, seguro y duradero. Y lo hallaron aquí. Desde Milán, subiendo por Lecco, llegaban los Tercios, a la vera del Lago de Como, a Collico, en cuyas vecindades norteñas desemboca el río Adda, sobre el mismo Lago. La Valtelina es el valle de dicho río, un cauce insólitamente paralelo, y no perpendicular, a la orientación paralela al ecuador de Los Alpes.
Fuentes, un Azevedo de apellido, levantó sobre uno de los montículos del llano, el más oriental, un formidable castillo defensivo que sirviera de último cobijo a las tropas que partían para cruzar Suiza, parte de Baviera, Alsacia, Lorena y llegaran por fin a Bruselas. Los italianos, en la Gran Guerra alzaron otro en el montículo hermano, que, más alto, se levanta más cerca del Lago, y más alejado de la Valtelina. Hoy se visita como museo patriótico por los italianos. El Forte de Fuentes está cerrado al público, teóricamente por restauración. No pudimos, a la manera en que el pueblo judío acude al Muro de las Lamentaciones, posar nuestra mano en los, de seguro, derruidos muros que levantara Fuentes, y lanzar un rezo por aquellos españoles que en aquel castillo pernoctaban antes de emprender camino hacia Sondrio, siguiente parada en la pesada marcha. Hoy, un impenetrable bosque se adueña por completo del montículo, y, es bien adivinable que las raíces de las hayas, los castaños y los robles han levantado, dejándolos al descubierto, como señal de la gloria muerta que decimos, los cimientos que ordenara soterrar Fuentes. Aun se conserva el apellido como marca comercial por la zona. Dejó prestigio.
Al otro lado del río Adda, como cierre septentrional del Lago de Como, se extiende el hoy llamado Pian de Spagna, un espacio natural, ayer zona insalubre de pantano e inhabitable charca. Las aves y las más apreciadas especies vegetales tienen hoy allí un paraíso, amparado por el nombre de España. La Valtelina, ancha al principio, se cierra en Sondrio según se sube hacia el nacimiento del río, adelantando el paisaje suizo que espera de inmediato. Los españoles pusieron las bases de la Intendencia Militar moderna, con este camino. Un grupo de adelantados hacía previamente el trayecto, fijando los precios y los proveedores de la manutención de la tropa que semanas después pasaría. Y lo hacían con una precisión y eficacia que hoy asombra. De aquí viene la famosa expresión “Poner una pica en Flandes”, por el dinero que costaba a los españoles plantar un ejército de “piqueros” en Bruselas, gastado en la manutención de los ejércitos enviados a Milán desde Barcelona, Génova o Nápoles.
Una soldadesca de italianos, españoles, aventureros mil, al mando de algún Farnesio, se agruparían en la Fortaleza Sforzesca, y en unos 50 ó 60 días, se encontraban formando en la Grand Platz de Bruselas. De ahí al frente contra los holandeses. Entre el centro de Milán y el de Bruselas, pues, se abría este camino que siempre podía dar la sorpresa por cambio de alianza del Señor de la tierra que pisaban. Pero, no dejemos de lado el miedo que seguramente, 1000 ó 2000 soldados deberían producir por donde pasaran.
En Sondrio, capital de la Valtelina, comimos en un pequeño restaurante, denominado Venecia, que ocupaba los bajos de un caserón de tres pisos, de finales del XVII, ornamentado con pintura al fresco. Un San Gervasio, ya muy despintado, guardaba la esquina que recibía a los que cruzaban un puente sobre un torrente deudor del Adda. Un San Gervasio, milanés que fuera mártir de Nerón, que nos aseguraba estar en tierra católica todavía. Más allá, en Tirano, el camino volvía a orientarse hacia el norte, y la asechanza reformista podía resolverse en emboscada, escaramuza o claro enfrentamiento a la postre, en los que cualquiera de los marchadores podría morir, a pesar de que el grueso de la tropa prosiguiese hasta la Flandes católica.
De todas maneras, no dejamos de sentir cierta solidaria emoción con aquellos españoles que poco más pensaban que en sobrevivir, eso sí, cumpliendo con lo que se les había dicho acerca de lo que era su deber para con el Emperador y para con la Fe Católica. Nada más. Nada menos. Requiescant in pace. Vale.
Publicado en Historia | 8 Comentarios »
7, Septiembre, 2009

Retomo esta frase de Petrarca para título de un cuento mío, e indago en el verso al completo del que lo he extraído. Se trata del final de una estrofa de una larga canción, cómo no, dedicada a Laura. Google me ayuda a encontrar el texto entero. Y tras ver tres traducciones de la estrofa, encuentro que ninguna me satisface, y decido hacer la mía. La mía, que no es una traducción, sino una traslación, algo de mucho más amplio sentido filológico.
El verso entero reza: Ch´un bel morir tutta una vita onora, en toscano antiguo de Petrarca. Lo primero que me encuentro es la brutal elipsis continuada del poeta italiano. Reminiscencia sin duda de aquel trovar clus de los provenzales, de los cuales él proviene, de cerca o de lejos. Y concluyo que mi versión eludirá las elipsis. Antes al contrario, las esclarecerá. Lo escribiré –me dije- en un estilo llano, extenso, fluido; a la manera moderna de la poesía española. O de una tendencia de la moderna poesía española.
El resultado me ha placido lo suficiente como para traerlo al blog. Petrarca significa como un vivir sin honor, vivir cantando la continua queja del desdén de Laura. Ahora bien, si consigue morir de amor, traspasado por la flecha de Cupido, sin emitir lamento alguno de dolor… entonces, habrá restañado toda una vida de sollozo amatorio.
Ahora bien, los poetas, los autores, no son dueños de la fortuna que adquieren sus escritos, parciales o completos. La frase Un bel morir tutta una vita onora ha servido para explicar muchas actuaciones que distan mucho de aparecer en el contexto en que Petrarca la utilizó. Por eso son clásicos. La fortuna dispuso de sus escritos, mucho más allá de sus intenciones. Por ejemplo, mi cuento. Una cosa que se pensaba de cuatro o cinco folios, y resultó de veinticinco.
He aquí lo escrito por Petrarca. Reconozco que no sé si la hache de honora fue escrita por el poeta o es añadidura de otros.
Chi nol sa di ch’io vivo, et vissi sempre,
dal dí che ‘n prima que’ belli occhi vidi,
che mi fecer cangiar vita et costume?
Per cercar terra et mar da tutti lidi,
chi pò saver tutte l’umane tempre?
L’un vive, ecco, d’odor, là sul gran fiume;
io qui di foco et lume
queto i frali et famelici miei spirti.
Amor, et vo’ ben dirti,
disconvensi a signor l’esser sí parco.
Tu ài li strali et l’arco:
fa’ di tua man, non pur bramand’io mora,
ch’un bel morir tutta la vita honora.
He aquí mi versión:
Nadie podrá saber de qué me he mantenido,
desde aquella vez que sus ojos viera,
que me hicieron cambiar vida y costumbres.
Aunque se busque por toda la Tierra,
¿quién puede saberlo todo de todos los hombres…?
Algunos hay, incluso, alguna vez leyera,
que se alimentan tan sólo de los aromáticos efluvios,
del gran río que habitan en su ribera.
Más raro yo, que de fuego y lumbre transcurro,
y que hago ayunar, sin amor, a mi hambriento espíritu,
para darle a comer, piadoso, el hielo que calma
[hoguera…
Amor, escucha lo que quiero decirte:
deja ya de ser tan cruel y avaro conmigo.
Tú posees el arco y las flechas.
¡Dame con tu propia mano la muerte,
sin que yo quejándome a gritos muera,
que un morir hermoso, puede honrar la vida entera!
Publicado en No categorizada, Literatura | 10 Comentarios »
29, Agosto, 2009
En uno de tantos viajes por carretera de este verano, he pasado varias veces por un cementerio de coches. Ahora se llaman desguaces. Lástima. Cementerio tiene un algo humano, que el tecnicismo desguaces no tiene. Y es que, con la difusión del coche, vino, ay, su deshumanización. Pero, al principio, aquello se llamaba eso: cementerio de coches. Arrabal escribió una obra de teatro con ese título. Pero ahora, ya no se llaman así.
Y he vuelto a ver a los coches unos encima de otros. Y nunca me es indiferente. En cada coche de esos yacen montones de ilusiones y desilusiones. Pero a mí se representan aquellas primeras de cuando se estrenó el coche. Es incomparable la ocasión en que estrenamos coche, sobre todo hace algún tiempo. El ruido, novedoso; el tacto del volante, casi erótico; el olor, lo más unido a la sensación de estreno; la tecnología, insólita para nosotros… Y la alegría colectiva de la familia que ocupa los asientos por primera vez. Todas estas cosas fueron, siempre, para todos –por lo menos hasta diez años atrás- una ocasión memorable. Ocasión que, sin embargo, no sirve para fijar fecha. Los coches nunca tuvieron cumpleaños. Pero dieron felicidad. Luego, algunos, por desgracia, produjeron infortunio y llanto. Pero todos –todos- tuvieron ese primer día maravilloso de gozo y plenitud.
Ahora son los muertos insepultos de un cementerio sin tumbas, donde los cadáveres se amontonan mutilados, ante la indiferencia de quienes pasan a velocidad a unos metros de distancia. Acaso algún coche nuestro se halle entre esos que digo, alguna vez. Y él nos presienta, y sienta vibrar algo de lo que nos hizo sentir en aquella fecha ida.
No es dado rezar por los coches muertos en su camposanto de chatarra y herrumbre. Pero ese memento instantáneo que yo siento cada vez que veo esos coches que ya nunca rodarán… se parece mucho, os lo aseguro, a una oración. Un brindis por aquel día –que todos tuvieron- de primera vez. Cada uno distinto y todos iguales en la intensidad de ilusión. Más que colección de hierros oxidados, a mí me parecen testimonio de una felicidad pasada, que nadie quiere escuchar; pero que yo presiento grandemente. La felicidad del primer día de coche nuevo. Entre las felicidades pequeñas, quizás una de las más grandes. Vale.
Publicado en Vida | 7 Comentarios »
18, Agosto, 2009

Si venís a Como,
acudid al puerto
que límite y fondo
concede al Lago.
Aguardad la noche.
Y, entonces, cuando la oscuridad
confunda los perfiles de las montañas
que cierran vuestra vista por enfrente,
y, también, casi a la vez,
se enciendan las luces de las casa en los montes,
al tiempo que van surgiendo las estrellas por lo alto…
entonces, creedme, podréis haceros, sin esfuerzo,
fácilmente, a la idea de que son una sola cosa ambas luces,
las de arriba y las de abajo.
Y una sola oscuridad la que de vuestros pies al infinito
se abre abismal y solemne.
Es el puerto entonces,
como un balcón al Universo.
Y vuestros ojos,
náufragos son del Cosmos.
Contempladlo todo y en nada penséis,
salvo en sentiros una lucecita más
del inmenso escenario
del gran teatro de la noche sideral.
13-08-09
Publicado en Viajes | 2 Comentarios »
13, Agosto, 2009

En Milán, con gusto os invito,
detrás de la Galería Vittorio Emanuele II,
-tan cerca del Duomo-
cómo no, a un capuccino.
Allí, junto a la multitud cercana
del entechado de cristal,
labrados muros de artificio
y ornada estatuaria de dioses y de mitos.
En taza de porcelana con dorado filo,
y bandeja de pastas, chocolate y barquillos.
Los camareros, de corbata,
plenos de exquisita atención y estilo.
Paz junto al tumulto inmediato
de turista y bullicio.
Hora y media estuve allí
a solas conmigo mismo,
dormitando, soñando,
repasando y perfeccionando en la memoria
los versos y las páginas
de este mismo libro que ahora escribo.
Park Hyatt se llama el milagro.
Allí os espero. Acudid sin prisas.
Si no estoy, ya sabéis…
Recordad este poema
mientras os traen el capuccino.
Reposad después y marchaos.
Olvidad que allí estuvisteis nunca…
hasta que vuestro espíritu, convulso,
precise de nuevo,
el llano inane de lo inefable y tranquilo.
Publicado en Literatura | 2 Comentarios »
2, Agosto, 2009
Transcurría el verano de 1516, aún era rey de España Fernando el Católico, viudo de Isabel, bien que la unidad del tanto monta / monta tanto ya no era lo que había sido en tiempos. Don Pedro de Estupiñán y Virués, conquistador de Melilla, moría en el Monasterio de Guadalupe, a causa de una indigestión súbita, causada, seguramente, por un pequeño atracón inesperado de melón. Es el melón traicionera cucurbitácea, que, en determinadas condiciones, puede matar, como fue el caso de Estupiñán. “El melón, por la mañana es oro, a mediodía plata, y por la noche mata”, dice el refrán, refrán que, por cierto, es aplicado en algún que otro alimento. Don Pedro, que casi 20 años atrás había conquistado Melilla, para su señor de entonces, el Guzmán que ostentaba la Casa de Medina Sidonia, estaba aquel día ya al servicio directo del Rey. Había sido nombrado Adelantado de Indias, con sede en Santo Domingo. Por tal motivo, y debido a alguna vinculación piadosa a la Virgen de Guadalupe, acudió al santuario extremeño en acción de gracias. Y, como decimos, era verano…
Don Pedro, sudoroso como correspondía a los hábitos vestimentales del momento, no debería andar muy fresco de ropa. Podemos imaginarlo sudando, acaso barbudo, y ya algo mayor; sobre todo para la época. La Historia lo cuenta tal cual. No da noticia de por qué iba solo el noble jerezano. Y, dado que sabemos del calor que reinaba en aquellos precisos momentos del día de autos, podemos imaginárnoslos cercanos, bien anteriores, bien posteriores, al mismo mediodía.
Don Pedro se ha sentado, acuciado por la canícula. ¿En un poyete de umbría en Guadalupe, en un tocón de árbol a la intemperie? La Crónica no está atenta a tales pormenores, que deja siempre a la novela histórica. En la escena, Don Pedro no está solo. En su segundo acto, acierta a pasar por allí un plebeyo. Truhán o habitante de la villa, tampoco lo dice el escrito. No anda desocupado. En sus brazos porta un melón. ¿Lo habría robado? ¿Era suyo y volvía de su huerta con el postre del día? Nada de esto importa a los cánones de la Crónica, y nada, por consiguiente, nos dicen de ello. Y como buen español del montón desde hace tanto tiempo hasta hace tan relativamente poco, porta una buena faca en la cintura.
-Buen hombre –le diría el Adelantado, al que suponemos amable y comedido aunque noble- ¿me darías una tajada de ese melón, que estoy sediento?
El aludido, pasmado de ver que un Grande de España le requiere, ni corto, ni perezoso, desenvaina la cabritera, la abre, la limpia en su mugrienta manta de camino –deferencia hacia el Prócer- y con maestría, acaso apoyando en su alzado muslo el preciado tesoro, lo raja, y procede con no menor maestría, a tajarle una media luna de rica agua dulce melonera al Usía. Aclaremos que, verano o no verano, los majos españoles siempre portaron manta al hombro, como aditamento defensivo en la siniestra, mientras en la diestra esgrimían la albaceteña.
Con un gesto de educada aquiescencia, el descendiente de godos le coge la ofrenda y la engulle, supongamos -en su honor- que a ojos cerrados para mayor deleite suyo.
Ya mira con gozo el melonero el placer gustativo del noble, cuando éste comienza a sentir los efectos que el melón puede causar cuando no se ingiere debidamente. Con el cuerpo alterado por la calor, el melón colaboró según las leyes bioquímicas a las que fuera asignado desde la Creación, paralizando por completo el intestino de Estupiñán. De allí al poco la cosa acabó en muerte. Descanse en paz.
Al pobre fulano generoso, que abrió su melón para Don Pedro, no le debieron ir muy bien las cosas, ya que algún documento que otro alude al envenenamiento para explicar el óbito del Conquistador de Melilla. Por cierto, algún cronista dice que no hubo tal conquista, que el Peñón estaba deshabitado cuando desembarcó, y que así estaba previsto cuando embarcara en San Lucar tres días antes. Sic transit gloria mundi. Amen. Vale.
Publicado en Historia | 8 Comentarios »