Archivo para Octubre, 2007

HABANERAS, CIEN AÑOS SON NADA (A MARINA ROSSELL)

Domingo, 28 Octubre, 2007

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            Cuando, el pasado verano, escuchaba a Marina Rossell, en la localidad murciana de Barranda, cantar, espléndida de voz, sentimiento y alma, su habanera “Naciste en una guerra”, supe enseguida que su estribillo se iba a quedar conmigo para siempre. Poco importa que la memoria no sea fiel a la letra. Ni siquiera sé si el título es fidedigno. Imagino a ese tipo de memoria como esa niebla que embellece los fondos de los cuadros de Da Vinci, esa nube baja padiana a la que el artista dio categoría estética. Sí, ese estribillo que decía: “Dónde está el olor, el sabor, el color… y el son”. Y se refería a la nostalgia de los soldaditos españoles de alpargate y rayadillo que lograron regresar a España, y que en algún puerto pescador desde Cadaqués a Torrevieja, memoraban aquellos días caribeños, plenos de sensación y de amores, en que gozaban de la excelencia personal que sólo el Caribe proporciona.

            De esto, surgió la habanera, ese danzón que sabe acunar el sentimiento como ningún otro. Toda habanera es elegía del Paraíso Perdido. Han pasado casi diez años desde que hizo cien de su vuelta. “Más se perdió en Cuba, y volvieron cantando”. Dice el dicho español acuñado en aquellos años. Y lo que cantaban era eso… habaneras. Habían perdido una guerra, y su canción lloraba, no la derrota, sino la pérdida de unas playas hechas de tranquilidad, de un sol eterno y de unas maneras de hablar suaves y cantarinas. Quizás en algún otoño mediterráneo posterior, tras un levante fuerte, con el ritmo pausado de la ola que ayer llegaba furiosa a la playa, surgieron las letras nuevas, adaptadas al sentir de la misma ola, que acaso viniera de la misma Habana o de Santiago

            Por eso, Marina Rossell acertaba a recordarle a la dulce habanera su nacimiento en tiempos de tribulación extremos. Nada menos que en una guerra. Y la elegía era verdad. Y por eso triunfó en el corazón del resto de los españoles. Y sigue hoy gustando. La habanera de Marina Rossell, escuchada tierra adentro, casi celtibérica, me trajo el mar y su brisa caliente, templada como un amor perdido sin tragedia, aceptado como se acepta todo lo natural que hay en el mundo. Vale.

           

EL TORO DE OSBORNE

Jueves, 25 Octubre, 2007

BANDERA ESPAÑOLA CON TORO DE OSBORNE 

            Cincuenta años que cumple, entre 2006 y este mismo 2007, el Toro de Osborne. Cincuenta años que cumplimos todos con él de icono nacional. Incluso de Cataluña, a juzgar como se llena la Monumental de aquella ciudad. Porque el Toro de Osborne somos todos. Un acierto ponerlo en la bandera, abocada con él a ser la versión popular de la insigne que lleva el escudo nacional, articulado desde hace ya más de quinientos. Quinientos el Escudo y cincuenta el Toro, eso está bien. Números redondos. Debería de haber alguna alusión al Toro de Osborne en la letra del himno, que a punto está de salir de los laboratorios filológicos del Estado.

            El Toro de Osborne es el descendiente del Toro Padre de Gerión, el tartésico de antes de los griegos. Un rey ganadero que luchó con Hércules cuando a la península vino en pos de sus hazañas hespéricas u occidentales. Ahora, enmarcado en la bandera, parecen las rojas bandas, las barreras de una plaza de toros telar y portátil. El gualda de los medios, es, cómo no, el albero. Todo estaba pensado para él, desde que Carlos III dispusiera tales colores para la enseña patria. Y falta el torero, pero el torero es quien mira la bandera, quien la ondea, quien la enarbola con sentido y conciencia de que es de muchos, pero no es contra nadie.

            Pero, además de emblema, el Toro de Osborne es Obra de Arte. Y una obra de arte, además, rompedora, de las que obligó a los museos a considerar a los iconos de publicidad dignos de sus salas. Reúne muchas cualidades nuestro toro. Levanta la cornada testa altivo, orgulloso de sus bajos hormonales, presentes, poderosos,  genésicos de una raza brava, que campa por las dehesas, altiplanos, mesetas, y montes serranos de la ibérica tierra, desde hace milenios. Los primeros iberos que entraron por el Estrecho, vieron estos toros libres, pastando por las riberas del Betis. El artista que lo ideó, Manolo Prieto, médium fue solamente de su figura. Escrito estaba que su perfil habría de llegar al significante más emblemático que de la hispana tierra surgiera.

            Y ahí está, para siempre, asomándose a los altozanos de las carreteras, para vigilar que no baja nuestra moral de españoles que sentimos serlo, sin más. Fuera de exclusiones y de hiperautoestimas ridículas. Vale.

UN CUADRO DE SOROLLA, EN EL MUBAM

Viernes, 19 Octubre, 2007

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Un cuadro del MUBAM: Estudio para el Dos de Mayo, de Sorolla 

            El profesor y escritor José Emilio Iniesta disertó en el Museo de Bellas Artes de Murcia, sobre un cuadro de Sorolla, autodenominado Estudio, pero de una gran acabado, como de obra terminada. Por contextualizarlo, el ponente lo calificó de elegía, y lo engobó en la rica tradición literaria del tema, desde Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, pasando por Manrique, hasta llegar a Lorca y Hernández. Esta elegía pictórica muestra a un adolescente fulminado, por el suelo. El cuadro grande en el que se inserta es el conocidísimo Dos de Mayo, de Sorolla, realizado a los 21 años, y que es un icono de todos los escolares españoles de los 50. En el extremo derecho del cuadro, y a mitad de altura, se muestra a este español adolescente, defensor del Cuartel de Monteleón, frente a las tropas napoleónicas.

            Iniesta habló de la pistola que aún enarbola, ya suelta en la mano exangüe, de las piernas desmadejadas, del cuerpo del muchacho, víctima junto a los héroes, Capitanes Daóiz y Velarde, en lugar central del epopéyico cuadro, cabe los cañones, y al Teniente Ruiz, tras ellos. Por la puerta del cuartel surge el pueblo español en armas, en defensa de la independencia de la patria. Sorolla aún llegó a tiempo de enrolarse en la temática histórica, que moría acaso con él, legando a dicha escuela una de sus obras maestras.

            De la sien del muchacho brota sangre que mancha la camisa, pero el pintor no ha querido destacar el dolor, sino la tragedia. Es un espacio lírico dentro de un ámbito épico. Arguyó que, con bastante acierto, se puede apostar que Sorolla leyó los Episodios Nacionales de Galdós atañentes a los sucesos del 2 de Mayo, para documentarse, y presentó a este cuadro como la viñeta siguiente, en un cómic imposible, a la Carga de los Mamelucos, en la Puerta de Sol, nada menos que de Don Francisco de Goya. Tras la masacre en la plaza de Madrid, únicamente el Cuartel de Monteleón se sublevó contra el invasor y contra la vil orden del rey Fernando. El resultado fue el que se contempla en el magnífico cuadro de Sorolla.

            Contó el ponente que la muchacha que yace, su pelo extendido por el suelo, casi simétrica a la posición del adolescente muerto, puede ser Juanita Malasaña, que, cargando el fusil a su padre, fue abatida por las balas de los napoleónicos, en realidad, una multinacional bélica, al mando de oficiales galos. Vale.

SÁNCHEZ BAUTISTA SOBRE MIGUEL ESPINOSA

Miércoles, 17 Octubre, 2007

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Habla el poeta 

            El poeta es Francisco Sánchez Bautista, murciano de secano y huerta. El Llano de Brujas, donde vio la luz primera de la vida, y Fortuna, lugar donde alumbró su primera poesía, conforman esa doble naturaleza del poeta, y ambas improntas se hallan en su nuevo libro: <<Asclepios o la añorada infancia de Miguel Espinosa>>, editado por la Real Academia Alfonso X el Sabio de Murcia. Lo ubérrimo de la huerta en el fruto lector, y la inesquivable laboriosidad que el secano precisa, en el seguimiento crítico de los párrafos comentados: Prosista de mérito desde que su inolvidable discurso de entrada en la citada institución, <<la Huerta de Murcia, memoria de una Arcadia perdida>>, FSB presenta ahora este libro de ensayos y artículos, vertebrado por un largo comentario sobre el libro más nostálgico del llorado Miguel Espinosa. <<Asklepios>>.

            El libro se complementa con otros artículos, que el escritor fuera publicando en prensa. Pero el más significativo de todos, por extensión y profundidad, es el dedicado a la obra del malogrado Miguel Espinosa. El poeta comienza haciendo memoria de su relación personal con novelista, en la Murcia de los 50 y los 60, en unas deliciosas primeras páginas, que han de servir de testimonio de un Miguel Espinosa afectivo y cercano, no distante y acaso inalcanzable para el común.

            Luego, el poeta se centra en la lectura del novelista. Y lo hace con pie de cita forzada. Cada capítulo comienza con una alusión a frases del libro, y continúa con un comento jugoso, en clave de esclarecimiento personal de su almendra significativa. Todo en una prosa que nos recuerda en todo a la poesía de su autor. La verdad, ajena al juego político y a la moda del mercado literario, subordinada insobornablemente a la más pura y ontológica naturalidad de las cosas, aparece una y otra vez como conclusión en los diversos capítulos. FSB nos parece un clásico de la Roma de Augusto, leyendo y comentado a un griego del siglo de Pericles.

            Hay pasión analítica, gozo de la coincidencia entre comentarista y comentado, más que fría disección de la letra, ejecutada con el frígido bisturí de la erudición y el aparato crítico universitario. Leyendo este libro somos privilegiados lectores de ese encuentro impar: Séneca comentado a Platón. Vale.

 

DOS CIPRESES CARAVAQUEÑOS

Domingo, 14 Octubre, 2007

Los cipreses de Las Carmelitas de Caravaca, tomado del libro: “Arboles históricos y monumentales de la Región de Murcia”, de Ricardo Montes, Emeralda Mengual y José G. Marcos

            Se han salvado, por ahora, dos cipreses en el casco histórico, y qué casco histórico, de Caravaca, y toda la ciudadanís regional, nacional y universal debemos alegrarnos por ello. Mi amigo Ricardo Montes dice que son del tiempo de San Juan de la Cruz, y ello me emociona. Y a quién no. Pero dos cipreses no son dos cipreses solamente. Son dos cipreses con su entorno vegetal, que es parte de los cipreses. No son seres minerales. Ni siquiera pueden desgajarse de las paredes del venerable inmueble. Son carne viva de la Historia.

            Yo felicito a la ciudadanía caravaqueña que se ha movilizado porque se detenga la pica inclemente, salvaje y arboricida del falso progreso. El Huerto de los Cipreses era una factoría de paz, una cascada de espiritualidad y un viento de cultura él mismo. Un huerto es algo especial, dijo Ramón Gaya. Un huerto no son las huertas. Y quien quiera saber que lea al maestro. Escuchar los pajarillos entre los cipreses, arrayanes y caléndulas del florido patio de las monjas era arriesgarse a que a uno le sucediera lo que a aquel monje que, en escuchándolos, dejó pasar tres o cuatro siglos, creyendo que apenas eran un instante. Leyenda europea es esta del monje y los pajarillos. Tener un escenario válido para ese avatar es maravilla o privilegio. El Ayuntamiento, la cosa pública, debería saberlo, y ampararlo con las leyes y las protecciones más eficaces.

            Si es verdad que se salva el Huerto de los Cipreses , seremos en esta Región todos más cultos, y más sabios. Porque sabio es el que pondera y aprecia la vida de los árboles centenarios como éstos. La savia que asciende por sus leñosos troncos sabe los versos del místico, que escuchara la tierra misma desde la que suben, buscando la unión con el Todo, como el frailecillo de Fontiveros hacía, al escaparse en la noche oscura del alma, para buscar al Amante Eterno, que pocos encuentran.

            Y ésa debe ser la lección: los dos cipreses son como dos versos murcianos del santo abulense, que nos dejara de regalo en esta tierra. Son doblemente sagrados, por poesía y por germinar desde semilla, justo cuando, peregrino de la española tierra, rendía viaje en nuestra Caravaca de la Cruz. Amar a los árboles es amar al ser humano, y es amar a Dios. Vale.

Nota: foto escaneada del libro: “Árboles Históricos y Monumentales de la Región de Murcia“, de Ricardo Montes, Esmeralda Mengual y José García Marcos