Archivo para Noviembre, 2007
BARTOLOMÉ PÉREZ CASAS, AL COMPLETO.
Martes, 20 Noviembre, 2007Me llega el libro monográfico sobre la figura de este músico lorquino, que lo fue todo en la Música Española de la primera mitad del siglo XX, escrito, trabajado cabría decir más bien, por la musicóloga murciana María Dolores Cuadrado Caparrós, con sello editorial valenciano. Indudablemente estamos ante el más serio y conspicuo libro que sobre este lorquino, murciano de pro, se haya publicado nunca. Es el compendio de textos que sobre su biografía y obra, así como de la peripecia de la Orquesta Filarmónica de Madrid, que él fundara, ha compuesto la autora, recabando fuentes, contrastándolas y haciendo crítico escrutinio de ellas, como corresponde a la Tesis Doctoral Universitaria que es, presentada en la Complutense.
Pérez Casas iba para administrativo del Banco de España, cuando en Cartagena se cruzó la oportunidad de presentarse a una plaza de músico militar. Ahí estuvo el giro copernicano de su vida. Casó en Cartagena, y allí tuvo tertulia con Vicente Medina, García Vaso, amén de otros, en el Café del Abanico. Ya componía por entonces. En Madrid dirige la banda musical de Alabarderos, hasta que entra como Catedrático de Armonía en el Conservatorio. Luego, la Filarmónica, que lo lleva a Londres y a París, en olor de triunfo.
Pero llega la guerra. Su ánimo está en el bando nacional, pero como alto funcionario y artista impar, obligado es a servir a la República. En la Valencia del Congreso de Escritores Antifascistas convive con los Machado y demás creadores que la República evacua a Francia. Tras la Victoria, así llamada por el nuevo régimen, esas cooperaciones, bien que a fortiori, con la República son causa de expedientes e interdictos. Infeliz con unos, desgraciado con otros. Las amistades con los eclesiásticos Otaño y Sopena logran sacarlo a flote, y en 1944 se le concede, a su pesar, la Dirección de la flamante Orquesta Nacional, compuesta con los restos de la Sinfónica y la Filarmónica. Ya en la vejez siguió componiendo y leyendo, consagrado a su arte inmortal. Mucha parte de su obra versa sobre su Región. Obra que debiera divulgarse más.
María Dolores Cuadrado Caparrós le ha hecho un gran servicio a esta su tierra, componiendo este libro definitivo sobre esta señera figura del Arte Musical, que nos honra a todos. Vale.
MI PLAZA, UN POEMA DE CARLOS MELLADO (1876-1934)
Jueves, 15 Noviembre, 2007Vino a Murcia desde Lorca, el poeta y profesor Pedro Felipe Sánchez Granados, a disertar, dentro del ciclo de la Biblioteca Regional de Murcia “Los Doce mejores poemas de autor murciano”, sobre la composición de Carlos Mellado, fechada en 1910, titulada Mi Plaza. Entre las muy interesantes interpretaciones que hizo, acaso destaque la de dilucidar el título mismo del poema. ¿Era la plaza donde vivía? ¿Era, simplemente, su plaza favorita de Lorca? A buen seguro que los conocedores del poeta, que no son muchos, divergirán en sus conclusiones respectivas.
El poema se articula en una sola larguísima cláusula, desde el principio hasta el final mismo. Todo son complementos de la misma forma verbal “hay”, inserta en el verso que continúa la descripción del espacio donde, a modo de escenario, el autor va situando, como un belenista laico, las figuras cantadas. A todas, luego de colocarlas, las dota de un movimiento preciso y mecánico.
Estamos ante una estampa unitaria, una fotografía del instante, literariamente desarrollada. La Plaza, conocida en Lorca popularmente como la del Negrito, por la figura de niño que centra dicho espacio, ha variado poco, arquitectónicamente, desde que Mellado la describiera hace casi cien años. Ya no hay albero, sino enlosado, y sobre la tapia del convento luce ahora la escuela republicana adosada. Pero la intimidad de la plaza es, dijo Pedro Felipe, la misma.
A la descripción le falta, dijo el conferenciante, algún dístico epifonemático que resuelva en clave noventayochista, con algo de rebeldía, por ejemplo, lo descrito. Pero no lo hay. A Carlos Mellado, acaso, le faltó acceder al sentido hondo, último, de sus admirados Unamuno, Machado, Valle, etc… Termina la serie de pareados alejandrinos con una escena: la novia que contempla al novio alejándose; que no es una escena propiamente dicha, sino el epílogo de una escena.
Carlos Mellado hizo el retrato de una España rural, varada cuatro siglos. Lo pintado a principios del siglo pasado hubiera podido ser igual desde el XVI hasta bien entrado el XX. Quizás ese fue su acierto. Una España agraria, clerical, mendiga, y muy tradicional de la que, históricamente hablando, acabamos de salir.
Una anécdota, por último. El autor contó, con permiso de este cronista, la versión piadosa que en cierta edición antológica, este que firma publicó, tras cambiar en el primer verso, el adjetivo desierta por el también adjetivo tranquila. La causa estribó en un comentario que le hizo el admirado escritor y pintor Manuel Muñoz Barberán, lorquino como el poeta comentado, acerca de que mal venía a cuento lo de desierta, si luego poblaban el poema: una vieja, un chiquillo, un novio, el rucio, las cabras, el mendigo… Sólo falta la pareja de la Guardia Civil, añadió con sorna. El antólogo, luego de barajar varias alternativas, optó por tranquila. Misma cantidad, mismo ritmo, y casi mismo vocalismo. El poema merecía ser salvado de comentarios, tan objetivos como injustos como el escuchado.
Pedro Felipe presentó la plaza como una más de las debidas a la Desamortización Eclesiástica, que convirtió muchos huertos y atrios conventuales, en glorietas urbanas. El poema dice así:
MI PLAZA
En la tranquila plaza, de piso polvoriento
que cercan, por el Norte, las tapias de un convento
que sirve de hospital, y en que una verde fuente
el agua de sus grifos devana dulcemente,
hay un hato de cabras, tendidas a la sombra,
que hocican en el polvo que las piedras alfombra;
un mendigo en el quicio de un parador sombrío,
una vieja, que llena un cantaro vacío,
unos árboles grandes, unas aceras toscas,
una mula parada, que se espanta las moscas,
un chiquillo que cruza, desmelenado y sucio
punzando en los ijares de un macilento rucio;
el carro, con la manta, de un rudo trajinante;
¡y una muchacha rubia, de pálido semblante,
que sigue con la vista, desde una triste reja
la capa, que se pierde, del novio que se aleja!
LAS NARANJAS ADOLESCENTES
Viernes, 9 Noviembre, 2007
Salgo, como todos los días, camino de mis trabajos y mis días, por la Calle Arrixaca, a la Plaza de San Agustín murciana, y me choco con los naranjos cargados de verdísimos hesperidios, a la espera ya del hermoso punto de luz, dorado primero, con el color que nombre da al frutal, después. Gozo día a día la transformación, y lo que al principio fue tan sólo un punto de irregular y gualdo clareo, es, según avanza el calendario hacia el Diciembre tardío, una expansión de anaranjada color, que, de seguro, terminará por ganar la poma entera.
Ocupados están, pues, los naranjos, en cumplir su misión de tañer el insonoro aldabón de nuestra mirada, y lanzarnos su mensaje de hermosura y de vida, de festival de los sentidos. Partiendo desde el verde señero, grave, oscuro, de la naranja niña, el sol va hermoseando su piel, haciéndola devenir adolescente primero, y hembra en sazón después y dejando en ella esa pátina, más cara a nuestra sensorialidad y más prometedora a nuestro gusto, que ya se relame, pensando el tiempo en que llegada sea la hora en que nuestras manos pelen la primera de ellas, y, a modo de obertura grata, salte al aire, libérrimo y expandido, el zumillo aprisionado en sus mil bulbitas diminutas, por toda la esfera sembradas. Después, cuando las papilas se aneguen del ácido y revitalizante jugo, será la epifanía ansiada, la sublime ocasión en que la bella dama del naranjo nupcias contraiga con el gusto de todos nosotros, seres humanos todos que las gozamos.
Pero, ahora, están las naranjas… adolescentes, creciendo la color, convirtiendo la blanca savia en anaranjada pulpa, extracto mismo del sol, que allí se va a dormir por las noches, traspasando las verdes pieles duras de las naranjas niñas, apenas salidas de los azahares, en secreta y fundamental metamorfosis. Luego, al amanecer, la savia que asciende, al sol despierta, y lo empuja para salir de la dulce alcoba, y aún le da tiempo para llegar a Oriente, y, tras vestir los arreos que le corresponde como célico auriga, gobernar el carro, para sacarlo solemne y grandioso por los cielos todos, desde el alfa hasta el omega del paisaje.
Los verdiserios hongos de los naranjos, alegrándose están por los finales de sus alabeadas ramas. Miradlos. Vale.
AHOGADOS EN EL ESTRECHO
Jueves, 8 Noviembre, 2007Creo que no ha sido en el Estrecho. Ha sido en el Atlántico, pero diciendo en el Estrecho, la cosa queda más clara. La mentira siempre se dignifica sirviendo a la verdad. Son 47, cuarenta y siete seres humanos, que, al fallar su motor, murieron de hambre y frío en las frías aguas del Atlántico, en Otoño. Cantó César Vallejo, un peruano de los 30 del pasado siglo, que muere un albañil al caer del andamio, y cómo hablar luego del verso innovado. Tampoco, acaso, el verso fuera así, pero nuevamente, la mentira ayuda a la verdad. Una cifra similar muere, pienso, cada día en las carreteras de media Europa. Y no nos conmovemos. De alguno de los ahogados se podrá decir que nadie le lloró. Sus familiares acaso le piensen andando por Europa, a punto de dar señal de vida, por el móvil de algún vecino.
Viajaban, navegaban, desde la miseria a la explotación, que es triste avance. Y llegaron a la muerte, donde ya no hay hambre ni miseria. ¿Cómo será morir de frío rodeado del océano? Hace quince años yo escribí un largo poema sobre un ahogado en el Estrecho. Unas alumnas mías lo recitaron delante del escritor José Luís Sampedro, que alabó el poema y festejó a las recitantes. Luego habló de la economía explotadora del Primer Mundo sobre el Tercero. Nada dijo de la corrupción de ese mismo Tercer Mundo, que engulle ayudas y disipa impuestos, gastando en armamento lo que hambrea el pueblo.
Pero a los 47 ahogados les da ya igual. A lo peor, le echaron la culpa al patrón del cayuco, que no revisó el viejo motor de camión. Cuanta más ignorancia, más tangibles se exigen las responsabilidades. De estos 47 sabemos que han muerto. De cuántos, nada sabemos. Eran seres humanos posiblemente capaces de escribir mejor que yo, y de leer mejor que usted, lector. Muchas gracias. Quién sabe los talentos. Quizá alguno fuese un Einstein, o hubiese podido engendrar un Kant o una Teresa de Calcuta. El genio humano no tiene fronteras, y surge dónde y cuándo quiere. ¿Por qué no en aquel cayuco? Habían hecho de España su tierra de promisión. Y nadie más alegre que ellos, cuando partieron. Descansen en paz. Vale.
LOS AMORES IMPOSIBLES
Lunes, 5 Noviembre, 2007
En la memoria sentimental de todos, no sólo de los cinéfilos, se halla la terrible escena aquella, de Casablanca, en la que la chica se va con el buen hombre aquel, el húngaro antinazi, y deja a Bogart, que no me importa cómo se llama en la película, en el neblinoso aeropuerto africano, acompañado del gendarme que le dice aquello sobre el comienzo de una gran amistad. Bueno, pues a eso es a lo que llamo amores imposibles. No sé si el tema era un pretexto para memorar la escena o al revés, la escena mera entrada al tema.
Yo no sé hasta qué punto toda la gente o una mayoría ha tenido, o tiene, amores imposibles en su vida. Así, a botepronto, parece que no. Que esa especie es exclusiva de los grandes protagonistas de la Historia, de la Literatura y Cine. Pero a lo mejor, no. Aunque mejor sería decir que a lo peor. Es lo malo de lexicalizar las frases, pueden significar exactamente lo contrario de lo señalado. El caso es que Casablanca marcó territorio. Todos los guionistas desde entonces conocen la potencia narrativa de un amor imposible, y procuran colocar uno en sus creaciones. Se desata una cierta energía, catártica o así, en el espectador, que va desde la pena, a la asunción de que la realidad es dura aun para los grandes personajes.
Algo así experimenté yo cuando la serie aquella de Doctor en Alaska. Imposible hacer caer en amor a la piloto O´Connell y al Doctor Fleishman, el neoyorkino judío exiliado en aquel pueblo de frío y solidaridad. Nunca abandoné la esperanza de que al final fueran felices y comieran perdices. Me sentía como el viejo aquel de Luis Sepúlveda, que leía novelas de amor, sólo novelas de amor. Pero no pudo ser. Y quiero creer que no fue por la egoísta voluntad del guionista. Sentí el extravío amoroso como mío. Lo mismo para el pobre atontolinado Ross y la lindísima Rachel de Friends…
Otro tanto ha pasado recientemente con el Dr. House y Cameron, la dulce y preparada médico de la serie. Y al final… nada. Gana la cínica histeria del solitario genio cascarrabias. Siempre habrá un trovador, masculino o femenino, que tenga un amor imposible en su vida, y sepa, eternamente, rendirle culto secreto. Por eso existen el cine y las novelas. Vale.
EL VALLE DE LOS ABRAZOS
Jueves, 1 Noviembre, 2007He estado en Baeza, la monumental villa jiennenese. Asistí a un Congreso de Literatura Infantil y Juvenil, y me vi en un taller de educación emocional. En Barcelona ya había estado en uno.
La persona tiene cerebro y corazón. No se puede educar sólo el cerebro, también el corazón. Cabeza y corazón conforman el ser humano. El resto orbita en torno de ambos. El niño, y el adulto, deben conocer en cada momento qué emoción, qué sentimiento les acompaña. Debe, debemos, saber verbalizar los sentimientos y afectos que se viven. Nombrar lo que nos pasa es el primer paso para que la emoción no pase a pasión, si es que no debe. O que pase, si es que sí. Es el mismo efecto que todos conocemos de ver disipada en parte la preocupación cuando la contamos.
Pues bien, para desarrollar esta educación emocional en niños pequeños, la monitora proponía llenar los rincones del aula con diversos recipientes, con un título esclarecedor: Olla de las Agobios, Sobre de las Sorpresas, Caja de los Disgustos… los niños deberían coger la costumbre de escribir lo que les pasa, y eharlo en el rincón correspondiente. Pero, en medio del aula dispuso, en la simulación realizada, una mesa, con un folio donde ponía: Valle de los Abrazos. El parvulillo, o no tan parvulillo, que sintiera pena, murria, desconsuelo o tristeza, invitado estaba a llegarse ante el pupitre a esperar que alguien le diera un abrazo de solidaridad.
Pensé entonces, cuánto hemos pervertido, tanto el significante de la palabra abrazo, como su significado. Al significante lo usamos como despedida de misivas, sin ningún valor de verdad. Al significado lo hemos manchado lúbricamente. Ya sé que hay quien conserva su antiguo y hermoso significado. Algunos conozco yo; pero no es ésa, a buen seguro, su validez social. Un abrazo es algo más que estrechar la mano, y algo distinto, de su lejano primo de sensual índole. Tampoco es el machista palmeo entre varones. Un abrazo es algo maravilloso, que damos a quien deseamos que sepa que lo queremos.
Posteriormente al final del anterior régimen político español, el beso para saludar a las damas se fue generalizando, imparable. Se des-sexualizó por completo. Bien, pues yo hago votos porque ahora suceda lo mismo con el abrazo. Que las calles sean todas como ese pequeño Valle de los Abrazos del Aula de Primaria. Vale.





