Archivo para Diciembre, 2007

SOROLLA, VISIÓN DE ESPAÑA

Sábado, 29 Diciembre, 2007

La Fiesta del pan

              Acudo a Valencia para ver los cuadros murales que el pintor valenciano realizó para la Hispanic Society, en Nueva York. Muy bien. Lo primero que hay que destacar es que Don Joaquín creía en España. Vascos de Guipúzcoa, navarros del Roncal, bajo enorme bandera con la españolísima Cruz de San Andrés, entrando a concejo; catalanes de la costa con barretina, gallegos, andaluces pescadores, nazarenos, toreros, garrochistas de montura, pastoreando vacuno por los campos de cortijos y paleras; valencianos de naranjas y de ilicitanos dátiles… y, por fin, castellanos de trigo y celebración campera y sobria, aunque solemne.         

               Y todo con el sol presente en sus rayos. <<Los duelos con sol son menos>>, reza en una de las paredes de la exposición de Bancaja en la capital del Turia. Y es que Sorolla era un noventayochista que no renunciaba al sol. El sol barojiano de Valencia nada pudo hacer por el hermanillo tuberculoso de Andrés Hurtado en El Árbol de la Ciencia. Los novenatyochistas clásicos descreían del sol. Pero ahora sabemos que no eran los únicos que retrataban aquella España esclerotizada del tránsito del siglo, cuando perdimos el Imperio. Sorolla se fue a trabajar con el gringo apandador de Cuba y Filipinas.         

               Sorolla pinta una España en colores vivos, soleados, luminosos; no desdeña la apariencia. Pero a través de la pintura misma, que no de sus modelos, se percibe el atraso de esos extremeños de mercado, de esos aragoneses, bailando la jota en la era, bajo pelado monte. Es una pintura post-impresionista, que debiera haber retratado una realidad que no existía: la España moderna. Aviejada temática para técnica última: tal la Visión de España de Sorolla, en Valencia. Vale.  

ALMENDROS

Miércoles, 26 Diciembre, 2007

                          Alemndros   

      Dicen que son los cerezos los más hermosos árboles, cuando florecen, de todos. Por lo menos en el ámbito templado europeo y asiático. Yo prefiero el almendro. Es más nuestro. He estado en el valle del Jerte, en el albor de la primavera, pero me quedo con mis almendros. Florecido, el almendro parece envuelto en un nube, en el aire suspendida, que amparase con un trozo de cielo el seco tronco retorcido. Si rosa la flor, el encanto es como si esa nube hubiera venido de algún ocaso de otoñal arrebol, que es cuando el sol más tarda en irse, como perezoso de acostarse.

            Leo que los almendros murcianos corren peligro de desecación por la falta de humedad, aunque poca necesitan. Hay años que al atrevimiento de florecer tan pronto, cuando aún el invierno es niño, responde la naturaleza con crueles heladas súbitas, que diezman la producción. Pensando lo frágiles que son los pétalos de nata, que decía el poeta, que, a poco que los toques se caen de entre las manos, penica da, y mucha, saber a las delicadas flores atacadas de muerte por el frío.

            Ahora está ya la savia de los almendros destilando su mejor ambrosía para ayudar a los tenues botones a conseguir su callada explosión de blancura, que hermoseará todos los campos del sureste español, en Murcia centrado.

            Antaño, cuando había yo de viajar para pasar los días y los trabajos, siempre hacía parada en el Campo de Cartagena para hacerme con una rama de almendro. Eran tiempos de carretera y arcenes, no de autovías y vallas que interdictan detenerse. Tenía entonces, en casa, olor a miel diez o doce días, y era hermoso. Vale.

CHULETÓN DE CERDO CON QUEVEDO

Sábado, 22 Diciembre, 2007

CHULETÓN 

            Me veo en Villanueva de los Infantes, donde murió Quevedo. Allí te enseñan la celda en donde pasó sus últimos días el conceptista escritor madrileño del Siglo de Oro. Estamos en plena Mancha, en medio del Campo de Montiel. Mucha Historia, y mucha Literatura. Cervantes, ahí al lado, en Argamasilla, en la Cueva de Montesinos, en todas partes. Aquí, en Villanueva, el cascarrabias de Don Francisco le gana la partida. La Mancha es muy grande, y plana.

            El antiguo convento es hoy Hospedería Real, con todo el sabor del tiempo de los Austrias postreros, maderas negras, puertas con casetones, cúpulas encaladas, escaleras rústicas con escalones de enmaderado borde, ya liso y erosionado por tanto pie, el de Don Francisco acaso de los primeros. Por doquier, cuadros de época y libros de aquel tiempo, tras de las protectoras vitrinas. Ambiente de museo. No estamos seguros de que gustase a Don Francisco, tan odiador de mediocridades, tal como viene a ser el turismo.

            El caso es que, tras invadir, hollar, violar acaso, la celda última del escritor de montañesa ascendencia, y leer el soneto (*) que escribió señalando a la muerte como liberadora de enfermedad y vejez, nos encaminamos al Restaurante. Largo, apenas concurrido. Con ventanales abiertos en el grueso muro, bajo enormes vigas lagares de encina, que asimismo se adivinan en el suelo, que tiembla, a pesar de estar debidamente enlosado con material adecuado a la prosapia del inmueble.

            Y llega la hora de elegir menú. Me decanto por algo suave, a modo con el viaje de vuelta y su exigencia de estómago ligero para no dormirse al volante. Pero, en la espera, mientras charlo en íntima y despreocupada ocasión con mi acompañante, doy en pensar que mejor será decidirse por el ofertado gran chuletón de cerdo con patatas españolas, así mismo nominado en carta. Mejor será, y más me lo agradecerá Don Francisco desde donde esté. Cristiano Viejo era él, con ancestros, ya se dijo, en la Montaña, donde nunca hubo, dicen, mezcla de raza alguna espuria. Y, en tanto que castellano de rancio abolengo, cerdo hubiera tomado él. Así, que, obviando el racismo antisemita del viejo escritor, cerdo que solicito al camarero en honor del anfitrión verdadero de la Hospedería. Vale.

(*)

Ya formidable y espantoso suena
dentro del corazón el postrer día;
y la última hora, negra y fría,
se acerca, de temor y sombras llena.

Si agradable descanso, paz serena
la muerte en traje de dolor envía,
señas da su desdén de cortesía:
más tiene de caricia que de pena.

¿Qué pretende el temor desacordado
de la que a rescatar piadosa viene
espíritu en miserias anudado?

Llegue rogada, pues mi bien previene;
hálleme agradecido, no asustado;
mi vida acabe, y mi vivir ordene.

LA CUEVA DE MEDRANO, EN ARGAMASILLA

Domingo, 16 Diciembre, 2007

medrano.JPG        

             En Argamasilla de Alba creen, con más firmeza y autoridad que nadie, que el lugar donde habitaba Alonso Quijano, luego Don Quijote, es esa misma localidad donde moran. La cosa viene de padres a hijos. Es algo más que erudición libresca. Es tradición popular, que arranca desde los mismos tiempos del inmortal libro.

            Sucedió, cuentan, que habiendo llegado Miguel de Cervantes como exactor a este pueblo manchego, dio en lanzar requiebro a moza del lugar, sobrina que era, y ahijada, de un hidalgo muy jaquetón y avinagrado, maduro y provecto, Rodrigo Pacheco por nombre. Enteróse el mentado del alarde varonil del alcalaíno hacia su protegida, y, en nombre de la moral y las buenas costumbres, consiguió que la autoridad encerrase al requebrador en la subterránea almazara y bodega del menestral Medrano, de riojana oriundez, cristiano viejo sin tacha, cuyas dependencias, de prevención hacían para estos casos.

            Es posible, y la razón lo apoya, que el tal hidalgo, enfermo de honra, como era epidemia entonces, tomase a mal que hidalgo de menor prosapia, intentase cobrarle alcabalas y realengos debidos al común. A semejanza de cómo aquel hidalgo del Lazarillo emigrara de su pueblo natal por no tener que destocarse ante otro hidalgo de mayor alcurnia.

            Así pues, Don Rodrigo, supongamos, urdió trama, bien para vengarse, bien para evitar que los recaudos del recién llegado aminorasen su ya magra hacienda. Y envío a su sobrina. Cervantes, podemos suponer la creyó enviada para concertar posterior entrevista personal. Don Rodrigo envió asimismo espías, sigamos suponiendo. Cervantes, cortés y educado, trataría a la sobrina con medida galantería. Ay de él. A la primera donosura saltaron espías, y hasta, muy verosímilmente, el propio cuasi demente Don Rodrigo, pidiendo justicia, reparación de honor y venganza para el mancillado apellido de su preclaro solar.

            En la cárcel, Don Miguel no maquinó venganzas. Entendió locura singular la de Don Rodrigo, y decidió dedicar a su vejador una Novela Ejemplar; novela de una serie ya iniciada, que trataba de locos insólitos, buenos para mostrar el bien o para denunciar el mal. La descripción de la feble hacienda de su acusador, bien conocida, merced a su expediente fiscal, le serviría de primera página de la nueva novela corta, que, con el tiempo llegaría a ser El Quijote. Vale.

LÁGRIMAS EMERGENTES DE ROCHAFRIDA

Miércoles, 12 Diciembre, 2007

Rochafrida, Javier Ros    

Castillo de Rochafrida, fotografía de Javier Ros

            Antes de aparecer, al sur, la primera de las lagunas, en Ruidera, cercados ya por los mismos muros de roca que ahormarán las acuosas depresiones, se nos muestran, llanas y repletas de carrizales, unas cuantas concavidades que preparan al paisaje para la mágica mostración de las aguas quietas, verdes, alongadas, que son las Lagunas, por antonomasia. En la primera de ellas, en medio, insolentemente en medio, se alza Rochafrida. Y su castillo. Casi mimetizado con el paisaje, los restos de su muralla pueden pasar desapercibidos al caminante que sigue el camino de herradura que bordea la Vega, así llamado el paraje por los nativos.

            Un casi imperceptible desvío lleva al pie de la Roca y Castillo. Musgosas encinas cercan el pétreo otero, y las rocas, verdecidas en demasía, aparecen por aquí y por allá. El sendero asciende, cada vez más resbaladizo, y el grosor de los líquenes y la potencia de los verdines en los troncos, aumenta. Incluso las desnudas rocas que, a intervalos, hacen de escalones, aparecen con una pátina casi invisible de agua. Al rato de ascender, no cabe duda: toda la roca rezuma agua, humedad, agua del mismo Guadiana que, más abajo, se resuelve en lagunas primero, y en cauce de río después.

            A poco que se sepa de Geología y Geografía, se tiene claro el fenómeno. El subsuelo, en realidad cauce oculto del Guadiana, presenta en la base de la Roca, en medio de la cubeta, determinada sustancia térrea, que permite al agua ascender por algún modo de capilaridad, hasta la superficie. De ahí el topónimo: Roca Fría; Rochafrida por compuesto nombre histórico. Quiérese decir: Roca siempre Fría, siempre Húmeda. A su alrededor, hay plantaciones que en época de naturaleza en descanso, se muestra siempre seca. Sólo asciende el agua por ese promontorio. En el resto del carrizal, no hay ascenso de humedad alguno.

            Hasta aquí, la ciencia. Ahora la Poesía. Dice Cervantes, en el Quijote, que en el interior de la aledaña Cueva de Montesinos, el Caballero Durandarte duerme eternamente junto a su amada Belerma, y que lo hace sin corazón, arrancado según promesa que él mismo exigiera en vida, al Caballero Montesinos. Durandarte murió en Roncesvalles, con el paladín Roldán. Por tal desgracia, la Dama Doña Guadiana llora en siete lagunas la pena de esta desgracia.

            Bien, pienso que esta humedad de Rochafrida no es sino la primera lágrima que produce esta pena por el Mago de la Tabla Redonda, una lágrima que pugna por ascender al alto, que no se resigna a derramarse por el valle de la pena; sino que aspira, protestando, a pedir justicia por Belerma y Durandarte, elevándose como quien alza el puño pidiendo justicia.

            Yo quisiera ser el Mago que la fuerza del extranjero Merlín, céltico y brumoso, doblega, consiguiendo despierten Dama y Caballero, y que, tras rescatar su corazón, gran lance de honor viva con Doña Belerma, y que a sus bodas inviten el preclaro Caballero de la Triste Figura, Don Quijote de la Mancha.

            Pero hay otras lágrimas en Rochafrida. Son las de Rosaflorida, la dama castellana enamorada de Montesinos… Enamorada de un personaje literario: Rosaflorida, loca de amor por un romance, como Don Quijote por las Caballerías:

 

En Castilla está un castillo, que se llama Rocafrida;

al castillo llaman Roca, y a la fonte llaman Frida.

El pie tenía de oro y almenas de plata fina;

entre almena y almena está una piedra zafira;

 tanto relumbra de noche como el sol a mediodía.

Dentro estaba una doncella que llaman Rosaflorida;

siete condes la demandan, tres duques de Lombardía;

a todos les desdeñaba, tanta es su lozanía.

Enamoróse de Montesinos de oídas, que no de vista.

Una noche estando así, gritos da Rosaflorida;

oyérala un camarero, que en su cámara dormía.

-¿Qu’es aquesto, mi señora? ¿Qu’es esto, Rosaflorida?

O tenedes mal de amores, o estáis loca sandía.

-Ni yo tengo mal de amores, ni estoy loca sandía,

mas llevásesme estas cartas a Francia la bien guarnida;

diéseslas a Montesinos, la cosa que yo más quería;

dile que me venga a ver para la Pascua Florida;

darle he siete castillos los mejores que hay en Castilla;

y si de mí más quisiere yo mucho más le daría:

darle he yo este mi cuerpo, el más lindo que hay en Castilla,

si no es el de mi hermana, que de fuego sea ardida.

SOL DE INVIERNO ENTRE LOS PINOS

Domingo, 9 Diciembre, 2007

Pinos

            Hay una lírica de oculta voz en los días de invierno con sol y aire quieto. Duermen los pinos una siesta de jornada entera, como descansando de tantos días de cambiar hojas como agujas, sin que nadie lo note; cansados del siempreverde, omnipresente, que pardo se convierte por el suelo del monte, inclinado y solo. Alfombra el diagonalizado tramo pátina de quebradizos segmentos, flexibles antaño, vivos cuando en alto, de la rama aún prendidos. Canta o susurra el sol una nana de arrullo insomne, y dormitan las copas de las carrascas quietas, aletargadas y en pie, como un ejército en expectativa de órdenes para avanzar.

            Transcurre el meridio, detenido y hermoso, en el humilde bosque mediterráneo. Nada que no sea azul ocurre en el cielo, inmenso, y una paz eterna desciende sobre todo. Contra la mirada, horizontal, se levantan, perpendiculares, los estriados troncos rectos de los pinos, como perfectas espiritualidades, de las entrañas del monte surgidas.

            Yo escucho ese oculto lirismo de voz invernal, que el mes de Diciembre lanza, cual virtuosa emanación mistérica desde anticipada agonía, como treno silencioso, que sólo escucharan los oídos del alma. Cadencias de amor que a corazón inexistente alcanzan. En esos días de la gran calma, cuando insecto alguno chirría y ningún pájaro canta, cuando hay soledad amena y el aire no quiere trasladar las palabras, porque está cansado, y los oídos se vacían, como globos de niños desanudados…; en esos días, justo en esos días, cuando el invierno sueña que no es invierno, anclada tengo yo la memoria mía, como las raíces de los pinos más altos, que buscan las más profundas, húmedas entrañas del monte; anclada memoria mía como una nube insólita que no llevase el viento, unida a tierra por invisible cadena que ninguna otra cosa pudiera unir, sino a la nube, blanco vapor de la nada, con las telúricas, profundas cuevas del secreto último que natura oculta.

            Gota de eternidad perdida, derrumbada desde el Cielo y resuelta en este mediodía de milagro mudo suspendido en el tiempo, que ahora canto. Paréntesis evadido del programado Génesis, escondido en este monte del sur, al mar cercano, y a las planicies de calma y frío.

            Yo escucho esa voz que digo, y la memoro. Verdes pinos, suelo pardo, cielo azul. Dormido aire, tranquilo tiempo sosegado, y el alma extraviada, confundiendo el invierno con algún estío nómada, acampado en los pinares del monte bajo, en las calendas niñas de Diciembre. Vale.

ADIÓS A MANOLO MUÑOZ BARBERÁN

Lunes, 3 Diciembre, 2007

MMB           

           El día martes de la semana pasada, me llamaba Fuensanta, amiga del alma, magnífica escritora e hija del pintor Manuel Muñoz Barberán, para notificarme la que se presumía última dolencia de su padre. Acaso, decía, ocurra el triste suceso en cualquier momento, y no pueda concurrir yo como conferenciante al MUBAM, para hablar del cuadro de Martínez Pozo, “Margarita ante el espejo”, un tema, operístico, tan del gusto del pintor. Como coordinador del ciclo, me advertía a mí para que avisara al Museo de la posible y penosa eventualidad.

            Pero, Manolo resistió. Parece como si hubiera aguantado lo suficiente como para, no sólo permitir a su hija ilustrarnos a todos con su excelente conferencia, amena  y lúcida, sino también para conocer los ecos que tal conferencia ocasionó entre quienes asistimos a la misma. Se esperó al sábado; ya estaba bien, acaso se dijera, y quien se lleva a las almas al otro lado, asintiera, partiendo de inmediato.

            Seguro que hubiera dado no poco por pintar al verdadero Caronte, mientras remaba en la siniestra barca, cruzando la Estigia, con sus luces, sombras, desvaídos perfiles y ocultos volúmenes. Y fueran callados los dos, el barquero por la costumbre, Manolo por mejor observar la escenografía del evento. Llegados al Paraíso, antes del mismo juicio, ya habría pedido trastos de pintar, aunque fuesen mínimos, y hubiera plasmado, mientras se organizan, se sientan, revisan expedientes, cuchichean pormenores procesales y demás imprescindibles garambainas jurídicas…, hubiera plasmado, digo, un boceto de Caronte, surcando las aguas del Leteo, silencioso, inmisericorde y rutinario. A buen seguro, que acabado, al mostrarlo al tribunal, el residente, estupefacto por la novedad, y tras observarlo detenidamente, hubiera intercambiado miradas, y levantándose todos a la par, exclamase:

            -Queda sobreseído el caso, el acusado puede pasar al Edén…

            Y el secretario, afanando el cuadro, simulando hacerlo parte del expediente, para, ladinamente, quedárselo, dijera:

            -El siguiente caso, la Creación contra Fulano de Tal…

            Antes de irse por la misma puerta que los jueces, Manolo, dirigiéndose al Secretario, le hubiera dicho:

            -Póngale usted un marquico así o asao de tal madera y eso…

            Que es que el en Cielo deben saber poco de marcos, que un buen marco hace mucho. Manolo, un abrazo de tós nosotros. Vale.

HUERTO RUANO: POESÍA ERES TÚ

Sábado, 1 Diciembre, 2007

Huerto Ruano, Lorca 

            Voy a Lorca, para hablar de poesía junto a poetas, hermosa redundancia, y me llevan al Huerto Ruano. Tantas veces de verlo, al pasar andando, desde la ventanilla del coche… que no puedo por menos que suspirar, en clave de triunfo y satisfacción por atravesar su verja, señera, sobria. Allí me recibe, ofreciéndome su mano de escribir, el poeta José Antonio, de recia expresión de escondida ternura y humana afabilidad. Luego es el patio de la fuentecilla, que silencia mágicamente tanto ruido urbano del entorno. Asciendo después la escalinata de acceso, y me parece haber estado leyendo, sin saberlo, los versos primeros de un soneto clásico, bien escrito, de trascendente mensaje sencillo, como redactado al vuelo, pero con el exacto acierto en rimas y acentos.

            Me esperan los amigos que allí me han citado, y es entonces cuando el palacio se hace hospitalario, acaso como si llegara al final del primer cuarteto de este Soneto del Huerto Ruano. 130 años habitan sus muros y paredes, historia de liberales, conservadores y plutócratas filántropos… todo el siglo XIX se asoma a la marmórea escalinata, con su cristalina, transparente  balaustrada. Me señalan el techo, donde bellas alegorías introducen el mundo de las musas, del arte. Loor al pintor Wssel de Guimbarda. Sobre la gradería, las estaciones del año, clásicas, eternas. Y la postrera rima del segundo cuarteto cumple su misión de culmen de la ascendente elocución del poema. Como cima o cúspide fónica que pide ahora, en pausado descenso, las conclusiones estéticas, éticas o personales que el autor del soneto ideó para expresar.

            Pedro Felipe, poeta de seria y dulce expresión, me enseña el petito secreto nazarí del Huerto Ruano: una locura ornamental, embrujada, alhambrina y oriental, que habla de aquella fascinación del Modernismo por la veta arábigo-española, que suponía tener un original reclamo damasquino o bagdadí en casa. El primer terceto ha cumplido su papel de cambiar la rima y preparar el epifonema que, a modo de rúbrica, sellará el final de la composición.

            Y escucho a Carmen Piqueras, con su excepcional sentido de la descripción poética y evocación, como ese primer verso del último terceto, que ya va haciendo sentir la pena del acabar, que llega, ay, con el verbo grave y hondo, moderno, de los ortónimos de Fulgencio, escindidos yoes de su ego poético.

            Con el último endecasílabo, me veo dejando atrás el palmerado jardín de sonora fuente. En mi cabeza aún resuenan rimas, acentos y mensaje inmortal del Huerto Ruano, que, desde Lorca, incesante hermosura irradia al mundo. Vale.