Archivo para Diciembre, 2007
ALMENDROS
Miércoles, 26 Diciembre, 2007Dicen que son los cerezos los más hermosos árboles, cuando florecen, de todos. Por lo menos en el ámbito templado europeo y asiático. Yo prefiero el almendro. Es más nuestro. He estado en el valle del Jerte, en el albor de la primavera, pero me quedo con mis almendros. Florecido, el almendro parece envuelto en un nube, en el aire suspendida, que amparase con un trozo de cielo el seco tronco retorcido. Si rosa la flor, el encanto es como si esa nube hubiera venido de algún ocaso de otoñal arrebol, que es cuando el sol más tarda en irse, como perezoso de acostarse.
Leo que los almendros murcianos corren peligro de desecación por la falta de humedad, aunque poca necesitan. Hay años que al atrevimiento de florecer tan pronto, cuando aún el invierno es niño, responde la naturaleza con crueles heladas súbitas, que diezman la producción. Pensando lo frágiles que son los pétalos de nata, que decía el poeta, que, a poco que los toques se caen de entre las manos, penica da, y mucha, saber a las delicadas flores atacadas de muerte por el frío.
Ahora está ya la savia de los almendros destilando su mejor ambrosía para ayudar a los tenues botones a conseguir su callada explosión de blancura, que hermoseará todos los campos del sureste español, en Murcia centrado.
Antaño, cuando había yo de viajar para pasar los días y los trabajos, siempre hacía parada en el Campo de Cartagena para hacerme con una rama de almendro. Eran tiempos de carretera y arcenes, no de autovías y vallas que interdictan detenerse. Tenía entonces, en casa, olor a miel diez o doce días, y era hermoso. Vale.
CHULETÓN DE CERDO CON QUEVEDO
Sábado, 22 Diciembre, 2007Me veo en Villanueva de los Infantes, donde murió Quevedo. Allí te enseñan la celda en donde pasó sus últimos días el conceptista escritor madrileño del Siglo de Oro. Estamos en plena Mancha, en medio del Campo de Montiel. Mucha Historia, y mucha Literatura. Cervantes, ahí al lado, en Argamasilla, en la Cueva de Montesinos, en todas partes. Aquí, en Villanueva, el cascarrabias de Don Francisco le gana la partida. La Mancha es muy grande, y plana.
El antiguo convento es hoy Hospedería Real, con todo el sabor del tiempo de los Austrias postreros, maderas negras, puertas con casetones, cúpulas encaladas, escaleras rústicas con escalones de enmaderado borde, ya liso y erosionado por tanto pie, el de Don Francisco acaso de los primeros. Por doquier, cuadros de época y libros de aquel tiempo, tras de las protectoras vitrinas. Ambiente de museo. No estamos seguros de que gustase a Don Francisco, tan odiador de mediocridades, tal como viene a ser el turismo.
El caso es que, tras invadir, hollar, violar acaso, la celda última del escritor de montañesa ascendencia, y leer el soneto (*) que escribió señalando a la muerte como liberadora de enfermedad y vejez, nos encaminamos al Restaurante. Largo, apenas concurrido. Con ventanales abiertos en el grueso muro, bajo enormes vigas lagares de encina, que asimismo se adivinan en el suelo, que tiembla, a pesar de estar debidamente enlosado con material adecuado a la prosapia del inmueble.
Y llega la hora de elegir menú. Me decanto por algo suave, a modo con el viaje de vuelta y su exigencia de estómago ligero para no dormirse al volante. Pero, en la espera, mientras charlo en íntima y despreocupada ocasión con mi acompañante, doy en pensar que mejor será decidirse por el ofertado gran chuletón de cerdo con patatas españolas, así mismo nominado en carta. Mejor será, y más me lo agradecerá Don Francisco desde donde esté. Cristiano Viejo era él, con ancestros, ya se dijo, en la Montaña, donde nunca hubo, dicen, mezcla de raza alguna espuria. Y, en tanto que castellano de rancio abolengo, cerdo hubiera tomado él. Así, que, obviando el racismo antisemita del viejo escritor, cerdo que solicito al camarero en honor del anfitrión verdadero de la Hospedería. Vale.
(*)
Ya formidable y espantoso suena
dentro del corazón el postrer día;
y la última hora, negra y fría,
se acerca, de temor y sombras llena.
Si agradable descanso, paz serena
la muerte en traje de dolor envía,
señas da su desdén de cortesía:
más tiene de caricia que de pena.
¿Qué pretende el temor desacordado
de la que a rescatar piadosa viene
espíritu en miserias anudado?
Llegue rogada, pues mi bien previene;
hálleme agradecido, no asustado;
mi vida acabe, y mi vivir ordene.
LA CUEVA DE MEDRANO, EN ARGAMASILLA
Domingo, 16 Diciembre, 2007En Argamasilla de Alba creen, con más firmeza y autoridad que nadie, que el lugar donde habitaba Alonso Quijano, luego Don Quijote, es esa misma localidad donde moran. La cosa viene de padres a hijos. Es algo más que erudición libresca. Es tradición popular, que arranca desde los mismos tiempos del inmortal libro.
Sucedió, cuentan, que habiendo llegado Miguel de Cervantes como exactor a este pueblo manchego, dio en lanzar requiebro a moza del lugar, sobrina que era, y ahijada, de un hidalgo muy jaquetón y avinagrado, maduro y provecto, Rodrigo Pacheco por nombre. Enteróse el mentado del alarde varonil del alcalaíno hacia su protegida, y, en nombre de la moral y las buenas costumbres, consiguió que la autoridad encerrase al requebrador en la subterránea almazara y bodega del menestral Medrano, de riojana oriundez, cristiano viejo sin tacha, cuyas dependencias, de prevención hacían para estos casos.
Es posible, y la razón lo apoya, que el tal hidalgo, enfermo de honra, como era epidemia entonces, tomase a mal que hidalgo de menor prosapia, intentase cobrarle alcabalas y realengos debidos al común. A semejanza de cómo aquel hidalgo del Lazarillo emigrara de su pueblo natal por no tener que destocarse ante otro hidalgo de mayor alcurnia.
Así pues, Don Rodrigo, supongamos, urdió trama, bien para vengarse, bien para evitar que los recaudos del recién llegado aminorasen su ya magra hacienda. Y envío a su sobrina. Cervantes, podemos suponer la creyó enviada para concertar posterior entrevista personal. Don Rodrigo envió asimismo espías, sigamos suponiendo. Cervantes, cortés y educado, trataría a la sobrina con medida galantería. Ay de él. A la primera donosura saltaron espías, y hasta, muy verosímilmente, el propio cuasi demente Don Rodrigo, pidiendo justicia, reparación de honor y venganza para el mancillado apellido de su preclaro solar.
En la cárcel, Don Miguel no maquinó venganzas. Entendió locura singular la de Don Rodrigo, y decidió dedicar a su vejador una Novela Ejemplar; novela de una serie ya iniciada, que trataba de locos insólitos, buenos para mostrar el bien o para denunciar el mal. La descripción de la feble hacienda de su acusador, bien conocida, merced a su expediente fiscal, le serviría de primera página de la nueva novela corta, que, con el tiempo llegaría a ser El Quijote. Vale.
LÁGRIMAS EMERGENTES DE ROCHAFRIDA
Miércoles, 12 Diciembre, 2007Castillo de Rochafrida, fotografía de Javier Ros
Antes de aparecer, al sur, la primera de las lagunas, en Ruidera, cercados ya por los mismos muros de roca que ahormarán las acuosas depresiones, se nos muestran, llanas y repletas de carrizales, unas cuantas concavidades que preparan al paisaje para la mágica mostración de las aguas quietas, verdes, alongadas, que son las Lagunas, por antonomasia. En la primera de ellas, en medio, insolentemente en medio, se alza Rochafrida. Y su castillo. Casi mimetizado con el paisaje, los restos de su muralla pueden pasar desapercibidos al caminante que sigue el camino de herradura que bordea la Vega, así llamado el paraje por los nativos.
Un casi imperceptible desvío lleva al pie de la Roca y Castillo. Musgosas encinas cercan el pétreo otero, y las rocas, verdecidas en demasía, aparecen por aquí y por allá. El sendero asciende, cada vez más resbaladizo, y el grosor de los líquenes y la potencia de los verdines en los troncos, aumenta. Incluso las desnudas rocas que, a intervalos, hacen de escalones, aparecen con una pátina casi invisible de agua. Al rato de ascender, no cabe duda: toda la roca rezuma agua, humedad, agua del mismo Guadiana que, más abajo, se resuelve en lagunas primero, y en cauce de río después.
A poco que se sepa de Geología y Geografía, se tiene claro el fenómeno. El subsuelo, en realidad cauce oculto del Guadiana, presenta en la base de la Roca, en medio de la cubeta, determinada sustancia térrea, que permite al agua ascender por algún modo de capilaridad, hasta la superficie. De ahí el topónimo: Roca Fría; Rochafrida por compuesto nombre histórico. Quiérese decir: Roca siempre Fría, siempre Húmeda. A su alrededor, hay plantaciones que en época de naturaleza en descanso, se muestra siempre seca. Sólo asciende el agua por ese promontorio. En el resto del carrizal, no hay ascenso de humedad alguno.
Hasta aquí, la ciencia. Ahora la Poesía. Dice Cervantes, en el Quijote, que en el interior de la aledaña Cueva de Montesinos, el Caballero Durandarte duerme eternamente junto a su amada Belerma, y que lo hace sin corazón, arrancado según promesa que él mismo exigiera en vida, al Caballero Montesinos. Durandarte murió en Roncesvalles, con el paladín Roldán. Por tal desgracia, la Dama Doña Guadiana llora en siete lagunas la pena de esta desgracia.
Bien, pienso que esta humedad de Rochafrida no es sino la primera lágrima que produce esta pena por el Mago de la Tabla Redonda, una lágrima que pugna por ascender al alto, que no se resigna a derramarse por el valle de la pena; sino que aspira, protestando, a pedir justicia por Belerma y Durandarte, elevándose como quien alza el puño pidiendo justicia.
Yo quisiera ser el Mago que la fuerza del extranjero Merlín, céltico y brumoso, doblega, consiguiendo despierten Dama y Caballero, y que, tras rescatar su corazón, gran lance de honor viva con Doña Belerma, y que a sus bodas inviten el preclaro Caballero de la Triste Figura, Don Quijote de la Mancha.
Pero hay otras lágrimas en Rochafrida. Son las de Rosaflorida, la dama castellana enamorada de Montesinos… Enamorada de un personaje literario: Rosaflorida, loca de amor por un romance, como Don Quijote por las Caballerías:
En Castilla está un castillo, que se llama Rocafrida;
al castillo llaman Roca, y a la fonte llaman Frida.
El pie tenía de oro y almenas de plata fina;
entre almena y almena está una piedra zafira;
tanto relumbra de noche como el sol a mediodía.
Dentro estaba una doncella que llaman Rosaflorida;
siete condes la demandan, tres duques de Lombardía;
a todos les desdeñaba, tanta es su lozanía.
Enamoróse de Montesinos de oídas, que no de vista.
Una noche estando así, gritos da Rosaflorida;
oyérala un camarero, que en su cámara dormía.
-¿Qu’es aquesto, mi señora? ¿Qu’es esto, Rosaflorida?
O tenedes mal de amores, o estáis loca sandía.






