Archivo para Enero, 2008
EL LEMA DEL ESCUDO DE MURCIA, ESCLARECIDO
Viernes, 25 Enero, 2008En el último número (117) de la Revista Murgetana de la Real Academia Alfonso X el Sabio, la Catedrática de la Universidad de Murcia, Doña Francisca Moya del Baño, esclarece por fin, y brillantemente, el extraño lema que los ilustrados leguleyos de Felipe V legaron a la ciudad de Murcia, junto con la séptima corona. Gracias al celo investigador de la Catedrática de Latín, sabemos hoy todo el significado de tan ciertamente críptico lema, que rezaba: Priscas novissima exaltat, et amor. Hasta la coma, estaba claro: La nueva (corona) exalta a las antiguas (coronas)… Pero, ¿del resto, qué?: y el amor. No puede ser sujeto con novissima, el verbo exigiría plural, exaltant. Y no puede ser parte de lo exaltado: el complemento directo requeriría el acusativo, amor o amores.
Bien, pues conocedora de los requiebros sintácticos del latín dieciochesco, la Doctora murciana ha ido a los archivos pertinentes en Madrid y ha leído la misiva en la que los regidores murcianos pedían al nuevo monarca algunos privilegios de diverso tipo. En la carta, el Cabildo murciano hace mucho hincapié en el amor que Murcia le profesa desde antiguo, no sólo a él, sino a todos los reyes legítimos de España. Entonces el latinista de Felipe V, va y utiliza dicha mención, para, mediante una elipsis brutal, hacer al amor último de la frase, sujeto de otra frase absolutamente gemela de la primera. O sea: la Novísima Corona exalta a las antiguas, y el Amor Real, también nuevo, exalta asimismo, a los antiguos amores reales.
Creo que la Concejalía de Cultura debiera editar facsímil de ambos textos junto con el estudio de la Profesora Moya del Baño. Vale.
UN LIBRO MURCIANO EXCEPCIONAL
Lunes, 21 Enero, 2008Muchos murcianos han tenido la suerte de que los Reyes Magos o Papá Noel les han traído de regalo un libro: Dos siglos a la sombra de una torre; de Emilio Estrella Sevilla, Ingeniero de Caminos, Académico Correspondiente de la de Alfonso X y Secretario del Colegio de ICCP. Emilio es poeta y es investigador. Su labor va desde el análisis científico de los avatares que el agua sufre en nuestra tierra, hasta el cuidado editorial de su propia producción poética, en verso y en prosa. Es, en suma, un hombre renacentista, un polígrafo que se dice con el diccionario en la mano, hoy.
Yo he sido uno de los agraciados. Consecuentemente, también he regalado uno; a mi hijo, murciano que busca serlo cada día más. Y es que el libro de Emilio Estrella versa sobre todas edificaciones singulares de Murcia, la capital regional. Son dos siglos que pasaron en Murcia a la sombra de una torre, que crecía con la misma Murcia.
Clasificadas por su función, Emilio da cuenta de lo dedicado a la Industria y al Comercio, las Obras Públicas, las Iglesias, los Conventos, La Beneficencia, la Enseñanza y los palacios. El lector encuentra el dato, la historia y la anécdota. Instruye y divierte; pero a la vez, forma en murcianía y sentimiento de pertenencia a la propia tierra. Unos croquis en forma de plano tridimensional ayudan sobremanera a la ubicación de las edificaciones. Con todo el cariño del mundo, tras dar la primera vuelta, ojeando y hojeando, el libro, compuse este soneto al autor y a su obra:
Dos siglos a las sombra de una torre
no son tantos, amigo Emilio Estrella.
Sean muchos, sean pocos, querella
es vana, que tu libro bien socorre.
Nadie de la memoria nunca borre
esas páginas claras que, la bella
nueva anuncian, de que no le hace mella
a Murcia, el tiempo cruel que fugaz corre.
Y a ti, oh ingeniero de la prosa,
que las musas te sigan visitando,
para que hagas de archivos obra hermosa.
Que el amor a tu tierra proclamando
escrituras, ensalce –amorosa-
libro por libro tu obra, publicando.
VINAGRILLOS
Viernes, 18 Enero, 2008Dorado vinagrillo numeroso,
que en Enero hormigueas
bajo la breve sombra, amena y leve,
de tanto limonero,
en esta tierra mía
por donde se me esparce la mirada
entre el azul solar del cielo inmenso
y las eternas huertas de frondas verdes…
Dorado vinagrillo
elemental y simple,
dame tu gracia hermosa, el tono alegre,
la sencillez rotunda,
la airosa estampa erguida,
pequeña, humilde y brava
que tus perfiles tienen…
para aprender de ti
la arcana perfección, que de llaneza,
con tu gualdo mensaje llega siempre.
Dorado vinagrillo numeroso:
bienvenido de nuevo
a la casa sin puertas de mis ojos.
Que los dioses efímeros,
con mucho más de lo que tú nos das,
generosos te premien.
LOS RESTOS DE SAAVEDRA FAJARDO
Miércoles, 16 Enero, 2008Subyuga el pormenor que acaeció con los restos de Don Diego Saavedra Fajardo, acaso nuestro más ilustre escritor áureo. Muerto en Madrid, en 1648, y antes de traerlo a Murcia, para ser enterrado en San Pedro, en la Capilla de Santa Elena –según petición propia, debidamente pagada-, lo inhuman en el Convento de Agustinos Recoletos de la capital de España. Hoy, gozosamente, ese solar está ocupado por la Biblioteca Nacional. Una placa en la verja, deja memoria de que así fue.
Pero, siglo y medio largo más tarde, llega la horda napoleónica. Entre las muchas tumbas saqueadas en Madrid, figura la de Saavedra. El resultado es osamentas esparcidas y mezcladas. Una mano piadosa recoge los restos en exigua caja. Se llevan; o mejor, roban –los franceses del Dos de Mayo- la lápida con el escudo de la casa de Don Diego, dejan el enterramiento propiamente dicho.
Con la monarquía fernandina restituida, el nuevo abad tiene la ocurrencia de abrir el nicho. Al darle al aire fresco, el esqueleto de Don Diego se desarma y esparce dentro del sudario. Al final, reúnen todos los huesos, más o menos a la buena de Dios, junto con la caja antes mencionada.
Pasa el tiempo y en la iglesia comienzan a usar la calavera del escritor –se sabe que es suya porque figura su nombre escrito en ella- como efectista atrezzo de funerales. Al poco, se la prestan a un pintor de taller aledaño para que la utilice como modelo en cuadros piadosos. Muchas Magdalenas del tiempo tienen la calavera prescriptiva copiada de la de Don Diego. Cosas de España.
Pero llega a Madrid Musso y Valiente, el ilustrado lorquino. Conoce la voluntad de Saavedra de ser enterrado en Murcia, y consigue que en la capital del Segura se interesen por los restos. Cuando los encuentran perciben que hay dos juegos de piernas… Fuentes y Ponte recoge el testigo de Musso. Desde 1884, descansan, por fin, en la Catedral, en la Capilla del Beato Andrés Hibernón. Vale.
SOBRE UN POEMA DE BORGES
Jueves, 10 Enero, 2008
De todos los poemas que he leído,
de sólo uno quisiera la autoría.
Lo dejó escrito Borges, algún día,
con el sol de la tarde ya dormido.
“A un poeta menor de antología” (*)
tituló con vocablo comedido,
y os digo que no vi mayor cumplido
que celebre mejor la poesía.
Ser poeta menor: mala condena.
Sufrir que sólo a otros sus arcanos
las musas confidencien, caprichosas,
como inconstantes damas… sin que pena
alguna manifiesten quienes, vanos,
contemplan el desdeño de las diosas.
Santiago Delgado
(*)¿Dónde está la memoria de los días
que fueron tuyos en la tierra, y tejieron
dicha y dolor y fueron para ti el universo?
El río numerable de los años
los ha perdido; eres una palabra en un índice.
Dieron a otros gloria interminable los dioses,
inscripciones y exergos y monumentos y puntuales historiadores;
de ti sólo sabemos, oscuro amigo,
que oíste al ruiseñor, una tarde.
Entre los asfodelos de la sombra, tu vana sombra
pensará que los dioses han sido avaros.
Pero los días son una red de triviales miserias,
¿y habrá suerte mejor que ser la ceniza,
de que está hecho el olvido?
Sobre otros arrojaron los dioses
la inexorable luz de la gloria, que mira las entrañas y enumera las grietas,
de la gloria, que acaba por ajar la rosa que venera;
contigo fueron más piadosos, hermano.
En el éxtasis de un atardecer que no será una noche,
oyes la voz del ruiseñor de Teócrito.
Jorge Luís Borges
LA VIEJA LOCOMOTORA Y LA LUNA(CUENTO LÚGUBRE)
Lunes, 7 Enero, 2008Aquel viejo artefacto negro se encontraba renovado, lustroso, perfecto. Había sido preparado para ingresar en un museo ferroviario, aledaño a la estación. Lo dejaron en una vía muerta, para, al día siguiente, meterlo en el hangar donde habría de ser expuesto.
Pero, a la noche, salió la luna. Estaba llena. Era blanca, grande, hermosa. Apenas comenzó a despuntar, el viejo artefacto sintió revitalizar toda su maquinaria. Casi asomada ya la media luna entera, logró reunir los residuos de carbón que aún quedaban por los últimos rincones de su caldera. Las gotas de gas de su complicado engranaje. Todo lo combustible que por su férreo cuerpo había. Frotó aceros y consiguió la chispa.
Había decidido irse con la luna, a los cielos. Sentía su llamada, y ansió arribar hasta aquella Estación Termini Celeste, tan lejana y luminosa.
Silenciosamente, las bielas y manivelas accionaron las enormes metálicas ruedas. El rocío se introdujo por los resquicios, y activó los mecanismos hidráulicos. Al punto, varias nubes de un vapor de agua, blanco, denso, voluble, aneblaron todos los bajos de la máquina.
Tomó la vía principal, y luego, a campo abierto, la vía de ruta de los modernos trenes aerodinámicos, tan tecnologizados. Al tiempo, el humo de su chimenea y los vapores de agua de las ruedas, por los bajos, formaron sendas alas a los lados. Batiólas, y empezó a volar. Tal que lastrada águila surcó los nocturnos cielos, guiada por el ascender de la luna, cada vez más pequeña, alejada y hermosa.
Casi llegó al final de la atmósfera. Allí, al faltar el aire sustentador, las alas batían en el vacío. Y de nada servían. La luna seguía inalcanzable. La locomotora llegó al punto último de su impulso de alas, ya en el inmenso éter infinito. Declinó su punta delantera, y comenzó a descender. Las vaporosas alas desaparecieron, disueltas en la nada.
Al entrar en la atmósfera de nuevo, igneó por el rozamiento. Cayó, y cayó y cayó… hasta llegar a la mar, hecha una bola de fuego, casi derretida. Estrepitosamente, chocó con la superficie del océano. Se enfrió, y sumergióse, descendiendo paralela al fondo. Poco a poco, la oscuridad se iba haciendo en su entorno. En el fondo abisal, los peces ciegos saludaban al paso a la nueva formidable compañera de fierro negro; negra como el misterioso piélago que habitaban. Chocó con el arenoso y blando fondo, y quedó de costado, hundiéndose hasta casi la mitad de su ladeada altura. Luego, comenzó a posarse de nuevo el lodo marino levantado por el gran choque, y todo fue quedando en tiniebla, en quietud, en nada.
1707, EL SUEÑO PERDIDO
Viernes, 4 Enero, 2008El título de la crónica lo tomo de la novela que quiero comentar. Es obra de Juan Ramón Barat, valenciano afincado en Lorca. Comencemos diciendo que estamos ante una gran novela. Una gran novela histórica, y una gran historia de amor y abnegación. Se aprende. Y se deleita cualquier lector medianamente sensible. Barat entrelaza las dos dimensiones de la narración, la personal y la histórica, perfectamente. La vida, amatoriamente azarosa, desdichada, de Joan Baptista Basset, general, podríamos decir que chusquero –y a mucha honra- del ejército austracista, se amalgama, sin perder individualidad alguna, a los sucesos, terribles, de la Guerra de Sucesión de España, que involucró a Europa. Y todo en un estilo directo, pero esmerado; proporcionando información a cada párrafo. Información que revela una documentación exhaustiva, que ayuda, nunca estorba, a la narración. Un placer para el lector de novelas y un goce para el aficionado a la Historia.
Arranca la novela con un duelo al amanecer, trepidante, apasionado, con sangre y muerte. Basset hace vida de soldado en Flandes, y a su vuelta, enrolado en la tropa del Virrey de Cataluña, austriaco, se ve involucrado en la disputa del trono español por parte del francés de Anjou y el austriaco Carlos.
Sin pretenderlo, Basset se ve jefe natural de los fueros valencianos, y es encarcelado una y otra vez por borbones y haubsburgos. Basset es Valencia, y es, por consiguiente, España. Con una fidelidad histórica muy valiente, Barat nos presenta aquella guerra de sucesión como una guerra entre españoles por lograr una misma unidad nacional, aunque con distinto signo; no como una guerra de secesión, al modo en que el imperialismo catalanista quiere presentarla hoy. Vale.
AL FICUS DE SANTO DOMINGO, MURCIA
Jueves, 3 Enero, 2008
La trinidad robusta en que te elevas
restos son de gigantes encantados,
cabellera es tu fronda sin cuidados
Y alba diadema de palomas llevas.
Gran Señor de la plaza, te relevas
a ti mismo, vigía en los tejados.
La tierra toda agarran los crispados
dedos de tus raíces en las glebas.
Quién en alguna tarde plantaría
cuando era poco más que casi nada
tu semilla pequeña que dormía…
Quién, arbolillo débil, te vería
temblar y estremecer de madrugada.
Quién, ahora, a tu sombra dormiría.
(Marzo, 1987)







