Archivo para Febrero, 2008
Miércoles, 27 Febrero, 2008
El pasado verano, retirado fugazmente en la paz de rural predio, di en escribir estos versos que olvidé. Ha sido el azar, mientras yo buscaba en los archivos de mi ordenador portátil no sé ya qué cosas, quien ha dispuesto que fueran de nuevo tratados. Con el gozo del reencuentro, y componiendo algunas rimas que el poso del tiempo decidió innovar, he aquí el resultado. Tenedme presente si fuera el caso que alguna emoción al leerlos sintiérais.
CHICHARRAS
A B. B. y M.A.G.
A la sombra de un nogal,
sentado en silla de enea,
ante una sencilla mesa.
En mis labios el cristal
donde silente burbujea
-antes de pasar a mi garganta-
buen trago de rubia y fría cerveza…
doy en pensar que es bueno
este leve bienestar
de medida felicidad media:
unos buenos amigos
de buena amistad vieja,
sentida, cabal, honesta…
y una conversación
a medias profunda,
y a medias también trivial,
como la misma belleza
de cuantas florecillas asilvestran,
este hondo barranco del río Argos,
donde, acogedor, me hospedan,
de antiguo molino recuperado,
las antiguas paredes señeras.
Sabed que escribí estos versos
sintiendo la brisa amable
que de la fronda del nogal me llega
en el tiempo apacible de la siesta,
escuchando de mis allegados
las gratas palabras entrañables, ciertas…
y alejado de cuanto hay de mal,
en este mundo de tristeza.
Hotel Molino del Río,
Benablón. 21 de Julio de 2007
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Lunes, 25 Febrero, 2008

Este clásico de la Literatura Norteamericana, de J.D. Salinger, llega a mí, más de sesenta años después de ser publicado. Si no mienten mis datos, vio la luz en el año 1945. Al final me cansé de oír cómo lo citan en películas y en escritos varios, y me decidí a leerlo. Una sorpresa: se trata de un bisnieto de la Picaresca. Holden Caulfield, adolescente inadapatado, huye de su Colegio, del que va a ser expulsado un miércoles, antes del fin de semana anterior. Su vagar por carreteras, pubs, cines, hoteles y hasta casas particulares constituye toda una perspectiva de la sociedad del american way of life de la postguerra. Holden es un descreído de ese tipo de vida, arquetipado, falso –en su propio lenguaje expresado- de gentes que ansían lo mismo, que hacen colas interminables y que siguen las consignas del gran hermano comercial, dictado por el show bussines y por el gusto emanado de las salas cinematrográficas. En su vagar en busca del origen familiar encuentra donjuanes de internado de colegio, novietas tontas absolutamente integradas en el no ser de unos modelos humanos que apuntan a una felicidad ajena, a la que su inconsciencia les hace creer propios. También compañeros que desconocen su propia frustración de no encontrar su verdadera personalidad. Profesores desorientados, que no saben, naturalmente, orientar a nadie. Padres, incluso los propios, que ignoran todo sobre sus hijos. Caulfield recorre no una geografía, desde Pencey hasta Nueva York, sino una topografía humana, repleta de autodesconocidos, sin las más mínima consciencia ni sentido crítico hacia el exterior.
La novela es un continuo no, un permanente estado de desaprobación de lo observado, que, no obstante, no transmite un mensaje nihilista. El ansia del joven expulsado de Pencey es viajar al Medio Oeste, y vivir en una cabaña, talando árboles, alejado de la civilización que lo vomita.
Como en El Lazarillo, al final, el joven trashumante de su propia existencia encuentra estabilidad. Holden halla el cariño fraternal de su hermanita Phoebe, y encuentra la ternura que lo redime. En el párrafo final nos habla desde un tiempo lejano a su huida, suponiblemente honesto, pero acaso incompatible con aquellas ansias de una vida más auténtica, menos falsa. Vale.
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Viernes, 22 Febrero, 2008

Aprendo esta palabra hermosa de labios de Miguel Sánchez Robles, el laureadísimo escritor carvaqueño, que baja hasta Murcia para explicar en el MUBAM, el cuadro “La Partida de Malilla”, de A. Rubio Sánchez, pintor de mediados del XIX. En el pequeño lienzo, tres huertanos atacan una partida de apretar (desafiar), uno contra dos, en el zaguán de una casa rural. Al fondo, una mujer hila en una rueca. Más al fondo, la parra y la entrada al huerto. Dijo Miguel que los tres hombres rezuman bueneza, y rescata para ello la palabra que les digo: bueneza. Un vulgarismo, bello como una amapola entre el secano y exacto como la precisión de cualquier aparato de última generación tecnológica. Decía que su abuela, lo decía de aquellos hombres de franco semblante y sincero pasar, que en aquellos pagos abundaban.
-De esa persona te puedes fiar, nene; que tiene bueneza.
Yo, culto irredimible de mí, relaciono la sabiduría de la abuela caravaqueña de Miguel, con la machadiana, cuando decía aquello tan bien encontrado de “soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”. Ya quisiera Machado haber escuchado la palabra caravaqueña. Hubiera transformado su verso, incorporando el vocablo en otro alejandrino más bello. Al día siguiente, esta mañana, camino de mis trabajos y mis días, me cruzo con el pintor Pedro Cano. Nos sonreímos de lejos –pienso si acaso viene de la estación de autobuses, peregrino de paises y lugares- y pienso:
-He aquí a un hombre, de esos que, sin duda, tienen bueneza…
Le cuento todo al mismo Pedro, y me contesta.
-Que Dios te lo pague.
Y calculo que no me equivoqué en el juicio. Vale.
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Lunes, 18 Febrero, 2008

Si vuelves a Roma, viajero
acude al Antico Cafe Greco, en Via Condotti.
Es el viejo café de los escritores y de los artistas.
En sus veladores me senté yo un día,
y compuse, osadamente,
un poema sobre las glorias de la Urbe.
Pide que te sirvan un buen capuchino,
y, antes de beberlo, levanta tu taza,
y brinda silenciosamente por mí.
Recuerda unos versos del poeta persa
Omar Kheyyam, bebedor y musulmán,
que floreció entre los siglos XI y XII.
Decía que cuando sus labios posaban
en el borde del vaso de barro
del que bebía, pensaba si acaso
aquellos átomos fueran en tiempos
los mismos que carnaran los labios
de otro bebedor de vino.
Unía así, la libación al beso.
Piensa tú lo mismo cuando
de tu taza bebas,
y acuérdate entonces
de quien amas y deseas,
pues no hay nada mejor
que saberse joven y hermoso, vivo y pleno,
sintiendo este momento, a la vez leve y sublime,
que los dioses te conceden,
ahora que ya la experiencia orna
con lazo delicado el dorado pomo
perfumado de tu juventud, y estás en Roma.
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Sábado, 16 Febrero, 2008

Me da grima el arte moderno. Tristeza. No hay que entender nada. Ni sentirlo. ¿Dónde va, cuando llega al hombre, el arte moderno? No lo sé. Nadie lo sabe. Cuando se puede escribir mil páginas de algo, es que no se sabe nada de ese algo. Abstracción y mensaje, pero en imágenes. Sigue siendo el ojo quien capta el significante, pero luego no sabe qué hacer con él. Dónde mandarlo. Como un cartero que ve confundidas las señas; unas señas imposibles, equívocas, mezcladas. Incluso en un alfabeto ajeno escritas.
Dicen que es un fondo de inversión, que es un invento capitalista para fundar nuevos territorios productivos. Y que hay toda una maraña de creadores, críticos, galeristas, marchantes, políticos… que configuran una realidad distinta. Una realidad que los de fuera no podemos asumir. Y queremos entender, y queremos sentir, pero no sabemos. Y nos preguntamos, ingenuamente, si hay quien sepa. No si hay quien puede escribir mil páginas sobre el Arte Moderno.
En nuestra alegre e ingenua ignorancia pensamos que no hay nada, sin saber que nada significa que ya hay algo. Convencional es el valor del oro. Hay metales más escasos. Y hay valores más costosos. Acaso lo que le falta al arte moderno es historia. El ser humano precisa que las cosas tengan historia. O Historia, con mayúscula inicial, para conferir a las cosas prestigio, prestancia, calidad… El arte moderno es la revolución del presente contra la tiranía del pasado como excelencia. Es la rebelión del tiempo. Sólo vale lo nuevo. Sólo resiste la innovación. Todo lo demás, sucumbe.
Y al hombre no le valen ni el corazón ni la cabeza para asumirlo. De ahí la tristeza. Vale
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Martes, 12 Febrero, 2008

¿La conocen? Es una monja libanesa que canta espiritualmente, sin conceder por ello ni un ápice a la cultura afroamericana. Y sin que el aserto suponga desprecio alguno por esa cultura. Es católica, maronita, y su voz es un portento de sonido, de sentimiento y de… fe. Es una espiritualidad nuestra, de nuestra tradición. La cristiana. Sus canciones se pueden escuchar casi todas, y casi enteras, en Internet. Un Ave María cualquiera, la de Gounod, la de Schubert… suena en su voz con la calidad antigua de la creencia firme y sincera. Más allá de la perfección de la diva. Escuchándola se me remueven los pliegues de la memoria, aquellos que aún guardan incólumes la vibración del rito, la solemnidad de la liturgia, cuando aún no había llegado el descreimiento.
Desde el pabilo de vela que aún derrama, en el aire, el albo humo ondulante de extinguida llama de una fe que fue, escucho a la Keyrouz con la nostalgia de haber creído, con la alegría del niño que me habitó y, cándidamente, andaba por algún pasillo central de iglesia, camino de la comunión, y que luego regresaba cabizbajo, recogido, cumpliendo un papel necesario, bien aprendido y con fervor sincero desarrollado.
Cuando suena en griego, entonando los ancestrales cantares de culto bizantinos, de su tradición propia, venida desde los siglos mismos del Cristo, resulta casi imposible no volver a creer en esa historia que alguien denominó como la más grande jamás contada. Y se recoge a los adentros algo profundo del ser, iluminándolo todo. Y se tiene la certeza de que es hermoso creer, y es bella la tradición que, a través de los siglos, milenios ya, consigue posarla hoy cabe nuestro costado. Vale.
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Sábado, 9 Febrero, 2008
Cantarle a la rosa
no es cualquier cosa.
Si cantas la belleza
y olvidas su tristeza,
podrá decir cualquiera
que cantas lo de fuera;
(piensa que hay quien opina:
“No hay rosa sin espina”.)
Cantarle a la rosa
no es cualquier cosa.
No esperes de mí, poeta,
para este lío receta.
Pero, a pesar de todo,
lo mejor, de cualquier modo,
es seguir cantándole a la rosa,
y no… a cualquier cosa.
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Miércoles, 6 Febrero, 2008

En el sur de España, en una playa, ha muerto, ha venido a morir, una ballena. No sé si decir que descanse en paz. No es poca hazaña cruzar el Estrecho de Gibraltar, con tanto tránsito en todos los sentidos, ferrys, transportes, la Navy, yates privados, pateras… No quiero hacer una necrológica de ecología baratera, ni de quisiera ser civilizado como los animales. Ya me entienden. Sólo pienso en la ballena. Cincuenta años oigo que tenía, y quince metros. En su lenguaje extraño tendría un nombre, vocalizado en ondas sonoras específicas que las otras ballenas sabrían reconocer. Y una historia detrás, con familia y revuelcos en las aguas de la California mexicana o donde fuera. Su patria, como los piratas, era la mar. Pero buscó una playa para morir. Y un invierno se vino a varar al sur español, de donde saldría, acaso ignominiosamente, en camión atada, hacia no se sabe qué vertedero o planta incineradora. Y al viento el humo de su carne y su sangre, acaso buscasen las aguas de la mar que su patria fueron, ya se dijo.
Nació en el 58, plena guerra fría. Seguramente cruzó mares de maniobras de la Armada Rusa y de la Americana, venga a lanzarse ondas de sonar para detectar submarinos. Y es posible que se cruzara con alguno y lo considerara tonto pariente metálico que no sabía hablar. Pero se ha venido a morir con sus lejanos primos, los hombres. Todos los animales somos primos, que decía Félix Rodríguez de la Fuente, y así lo aprendí yo entonces, y por eso lo digo aquí, citando al maestro, como debe ser. Ahora, en las celestes playas del infinito, es posible se hayan conocido ambos. Vale.
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Domingo, 3 Febrero, 2008
Compren y lean la novela El niño con el pijama de rayas, de John Boyne. Una historia de amor, de amor de amistad, entre dos niños de nueve años. En medio de tanta novela histórica, de extensión oceánica y complejidad mayúscula, este relato sencillo, sin casi ninguna referencia de ambientación realista, cautiva por lo directo de la acción, y por enfilar directamente el corazón del lector. Ha sido un éxito mundial de ventas, y demuestra que la novela puede, muy bien, ocuparse sólo de contar historias, sin mayores complejidades. Sólo contar historias.
Sin duda que nos hallamos ante la historia simétrica de aquella película de Roberto Benigni, titulada La vida es bella, donde apreciábamos el punto de vista inocente, infantil, de un niño judío en un campo de concentración nazi. John Boyne, tan al margen de la realidad como Begnini, pero inserto, también como él, en el más profundo campo del lirismo auténtico, nos ofrece la inocencia, repito que imposible, de la perspectiva del niño, hijo del nazi. Como en Benigni, el resultado es un asalto a nuestro sentimiento, que despierta, con su lectura de un letargo clamoroso, lleno de épicas e introspecciones estériles y fatuas.
Una tercera persona narrativa, absolutamente identificada con el niño, nos lleva desde Berlín a Auswicht, donde la existencia de los dos mundos, torturadores y torturados, encuentra el milagro de la tangencialidad imposible, gracias al corazón insobornable de un niño alemán, Bruno, y a la grandeza de alma de otro, polaco, Shmuel. Ni un solo momento la línea argumental se aparta del interés principal, pareciendo, gozosamente, más un cuento, que, misteriosamente, no decae al alargarse, que una novela propiamente dicha. Vale.
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Viernes, 1 Febrero, 2008

Voy a Madrid y veo la magna exposición Roma SPQR, en el canal de Isabel II, en la Plaza de Castilla. Un antiguo depósito de agua de abastecimiento. Estar donde tanto tiempo hubo agua es algo especial para un murciano. Pero ver la muestra es un placer. Me detengo en la serie de bustos de emperadores. Busco, al principio sin saber por qué, luego sí, el busto de Adriano. El Emperador español, de la Bética. Yo, con perdón, llevo por tercer nombre Adriano, luego de Santiago y de María. Adriano se llamaba mi padrino. Un tío abuelo mío.
Pero está también aquel tratado de ética pagana, en forma de novela, sobre la vida del Emperador, de Margueritte Yourcenar: best seller de los Ochenta. Había una moral, alta moral, al margen de la cristiana. Adriano tiene gran mandíbula, ensanchada hacia atrás. La barba está muy cuidada. Y el pelo es rizado. Da la impresión de buen mozo, si bien tendiendo a la obesidad; acaso por su corpulencia. En su pectoral luce un sol. Pienso que es Ra, el dios egipcio. En Egipto, en las bocas del Nilo, Canope, murió por propia voluntad su amado Antinoo, para evitar a su enamorado emperador asistir al proceso de pérdida de su encanto juvenil. Prefirió vivir eternamente joven en su memoria, que continuamente envejeciendo ante sus ojos. Unos pasos más atrás estaba el busto, desnudo, del efebo. Secretamente pienso que de noche se comuniquen, en la oscuridad y el silencio.
El arte romano, tan realista, cansa un algo. La perfección en el arte estrictamente figurativo es meta conseguible, y, al cabo, alcanza su techo. La evolución del arte es un deber del ser humano. Vale.
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