ADRIANO

Busto de Adriano

Voy a Madrid y veo la magna exposición Roma SPQR, en el canal de Isabel II, en la Plaza de Castilla. Un antiguo depósito de agua de abastecimiento. Estar donde tanto tiempo hubo agua es algo especial para un murciano. Pero ver la muestra es un placer. Me detengo en la serie de bustos de emperadores. Busco, al principio sin saber por qué, luego sí, el busto de Adriano. El Emperador español, de la Bética. Yo, con perdón, llevo por tercer nombre Adriano, luego de Santiago y de María. Adriano se llamaba mi padrino. Un tío abuelo mío.

         Pero está también aquel tratado de ética pagana, en forma de novela, sobre la vida del Emperador, de Margueritte Yourcenar: best seller de los Ochenta. Había una moral, alta moral, al margen de la cristiana. Adriano tiene gran mandíbula, ensanchada hacia atrás. La barba está muy cuidada. Y el pelo es rizado. Da la impresión de buen mozo, si bien tendiendo a la obesidad; acaso por su corpulencia. En su pectoral luce un sol. Pienso que es Ra, el dios egipcio. En Egipto, en las bocas del Nilo, Canope, murió por propia voluntad su amado Antinoo, para evitar a su enamorado emperador asistir al proceso de pérdida de su encanto juvenil. Prefirió vivir eternamente joven en su memoria, que continuamente envejeciendo ante sus ojos. Unos pasos más atrás estaba el busto, desnudo, del efebo. Secretamente pienso que de noche se comuniquen, en la oscuridad y el silencio.

         El arte romano, tan realista, cansa un algo. La perfección en el arte estrictamente figurativo es meta conseguible, y, al cabo, alcanza su techo. La evolución del arte es un deber del ser humano. Vale.

 

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