Su taller era una colmena, en la cual ya se trabajaba apenas amanecía. Francisco Salzillo, madrugador y piadoso, asistía a diario a comunicar con Dios en la próxima iglesia del convento de religiosas Capuchinas, ante el Sacramento a que se consagraban las monjas que vivían en el grandioso recinto.
(José Sánchez Moreno)
Dichoso fue aquel siglo
en que a Murcia bajó un Angel
en forma de hombre sencillo.
Fue su padre Nicolás Napolitano,
y, todos lo sabéis,
llevó por nombre Salzillo.
Un día, dejando de ser niño,
dio en recordar
los rostros y los cuerpos
de aquéllos que, allá en el Cielo,
antes había visto.
Y así, los fue tallando a todos
en los troncos de las moreras,
los naranjos,
los pinos de sombra y los olivos.
Nos dejó una Dolorosa,
un San Juan…
y un Angel de la Oración
que nunca precisará de hablar
para estar,
más que nosotros, vivo.