Archivo para Marzo, 2008

ESPAÑA, EN PRAGA

Lunes, 31 Marzo, 2008

svvaclavsm2.jpg

 

            Es inevitable: aunque a uno le gusta saberse vacunado contra el nacionalismo, de cualquier tipo, siempre queda un algo, que, aunque es inocente, gusta mostrarse en guardia. En esta tesitura, alguien que siempre va con uno, sin que uno mismo lo sepa, fijándose anda en los ecos que pueda percibir de sus orígenes, allá por donde vaya. Y así, ese otro yo, ingenuamente nacionalista, va y se fija, por ejemplo en los cuatro santos españoles que hay entre las treinta estatuas del Puente de Carlos IV, en Praga. El Arte Gótico, como obra pública. Un dato no menor del puente: tiene capacidad para que se crucen dos tiros de recua. Algo en cierta medida desconocido. Los cuatro santos son: San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier, San Vicente Ferrer y Santo Domingo de Guzmán. Todos santos, claro. Los Habsburgos, apoyándose en los jesuitas, recatolizaron Praga, y Bohemia en general, luego de pasar a sus dominios aquellos lugares de Centro-Europa. De no ser por ellos, el iconoclasta protestantismo hubiera hecho una Praga de espíritu, que no de cúpulas, imágenes y demás arte trentino. No olvido mencionar la sangre que dicha recatolización costó. Quede reseñada, pues.

            Lugo, en la Catedral de San Vito, allá, en medio del Castillo, en todo lo alto de la nave, frontera entre las esbeltas columnas y las vidrieras últimas, campean, del lado de Evangelio, los escudos de los reinos hispanos de los Habsburgos: Granada, Castilla, Las Dos Sicilias y Aragón. Se las menciona como Regni Hispaniarum: Reinos de las Españas. En plural. No dice Hispaniae, de España, sino Hispaniarum: de las Españas. La Corona era suma de reinos, no absorción castellana de reinos. Honor a la verdad, siempre. (Continuará).

            En la misma Catedral de San Vito, frontero a la misma Capilla Real de San Wenceslao, a quien vienen a honrar incluso los presidentes de república electos, sin ningún rubor antimonárquico, se halla la lápida de Don Bernardino de Toledo, en mármol, con la Cruz de Santiago en medio de su coraza pectoral. Una inscripción en latín nos habla de este castellano que vino con el Emperador Fernando, a quien hizo grandes servicios. Pasen a saludarle cuando estén en Praga.

            Luego esta la inesperada Sinagoga española. Unos e espera una noticia de judíos sefardíes huidos a la capital de Bohemia cuando finales del XV. Pero no. La sinagoga data del XIX bien entrado. Sucede que el arquitecto, caprichoso y con un algo de mal gusto, determinó hacer una pastiche horrendo con decoración de Alambra. Los praguense, con la imagen ya en la retina de los grabados de los viajeros románticos, decidieron que aquel estilo era español. Ni andaluz siquiera. Y, así, con lo de Sinagoga Española se quedó. Delante tiene un monumento a Kafka inspirado en René Magritte, con su rostro vacío, y algún surrealismo más. No se lo cuento para no dejarles sin sorpresa.

            Y, cómo no, el Niño Jesús de Praga. Un españolito, de origen cordobés, o canario según otros. La noble española Isabel Manríquez de Lara casó con noble bohemio cliente de los Habsburgo. Finales del XVI. Se fue a vivir a Praga, y llevó consigo la estatuilla. Su hija Polixena, la misma que acogió a los defenestrados papales del Castillo, a pique de ser linchados por los protestantes, legó el Niño a los Carmelitas. Era 1620. El Niño sobrevivió a la iconoclastia rerformista, y allí sigue. Vale.

EL ADOQUINADO DE PRAGA

Martes, 25 Marzo, 2008

Adoquines

Ese empedrado antiguo de las calles praguenses es, según mi lectura, parte del alma de esta ciudad antigua y hermosa. La irregularidad en el suelo transfiere al que pisa una parte de la prestancia y
la Historia de la capital de la antigua Bohemia, parte principal de la moderna Chequia. Como un contrapunto plano y extenso al mundo aéreo de agujas góticas y barrocas, de tejados empinadísimos a lo Chagall, el suelo de Praga intenta detener al tiempo, o a una parte del tiempo: esa parte del tiempo que el mismo tiempo no mató. La piedra tiene la entraña de
la Historia, una entraña que no tiene el asfalto o el conglomerado de las calzadas de la modernidad.

            Y, luego, están las anchas junturas entre adoquines. Todo un mundo de objetos, supuestamente perdidos, se aloja en ellas. Particularmente colillas, colillas de cigarros de todo el mundo, colillas que han estado en las bocas de miles de ciudadanos de todas las lenguas. Quiero suponer que esas palabras atraviesan el suelo de Praga, y llegan a no sé qué fondo de este corazón de Europa, que así se vuelve más humano, para no repetir la doble locura de este pasado siglo XX, y las múltiples de antaño, cuando las guerras duraban cien, treinta años…

            Busco, entonces, la plana horizontalidad en Praga. Ya todos han hablado de las torres, de las estatuas de tantos príncipes, artistas, políticos, santos… Yo hablo ahora del plano suelo de la orilla derecha del Moldava, al otro lado la colina del Castillo, siempre más pisada de próceres que de menestrales o plebeyos.

            Sacro suelo de Praga, para ti escribí hoy esta laica oración en prosa; sobre tu mismo suelo humilde, que tanto me reveló. Vale.

ENCARNACIÓN DEL ÁNGEL: FRANCISCO SALZILLO

Jueves, 20 Marzo, 2008

Angel de Salzillo 

Su taller era una colmena, en la cual ya se trabajaba apenas amanecía. Francisco Salzillo, madrugador y piadoso, asistía a diario a comunicar con Dios en la próxima iglesia del convento de religiosas Capuchinas, ante el Sacramento a que se consagraban las monjas que vivían en el grandioso recinto.  

                          (José Sánchez Moreno) 

 

 Dichoso fue aquel siglo

en que a Murcia bajó un Angel

en forma de hombre sencillo.

 

 Fue su padre Nicolás Napolitano,

y, todos lo sabéis,

llevó por nombre Salzillo.

Un día, dejando de ser niño,

dio en recordar

los rostros y los cuerpos

de aquéllos que, allá en el Cielo,

antes había visto.

 

 Y así, los fue tallando a todos

en los troncos de las moreras,

los naranjos,

los pinos de sombra y los olivos.

 

 Nos dejó una Dolorosa,

un San Juan…

y un Angel de la Oración

que nunca precisará de hablar

para estar,

más que nosotros, vivo.

 

17 DE MARZO, SAN PATRICIO

Lunes, 17 Marzo, 2008

st_patrick1.jpg

Hoy es fiesta en Lorca. La bandera de Irlanda se iza en el balcón del Ayuntamiento en honor del Santiago irlandés. Santiago el Mayor es el San Patricio hispano. Patricio, mientras los bárbaros invadían el Imperio evangelizaba la Isla Celta por antonomasia. Luego, mil años más tarde, ayudaba a las huestes lorquinas en la última batalla de la Reconquista por estas tierras, en la Loma de Aguaderas, al otro lado del Sangonera.

            Patricio era hijo de romano y nativa, había nacido en Escocia, y a los dieciséis años fue secuestrado por un pirata nórdico. Sobrevivió tres años, al cabo de los cuales logró huir, dicen hagiografías que con ayuda divina. Desembarcó en Francia, y allí con sus milagros ayudó a subsistir a quienes lo rescataran de sus raptores. Acabó en Roma, donde le encargaron la evangelización de Irlanda, tierra suya de esclavitud. Lo consiguió por entero. En la mano llevaba, no una espada como Santiago Matamoros, sino un inocente y verde trébol, con el que demostraba la Santísima Trinidad. Con el tiempo, acabó siendo el símbolo de Irlanda misma, libre y católica.

            El nombre de San Patricio une a todos los irlandeses, como antaño el de Santiago a todos los españoles. Dicen también que el santo expulsó a las serpientes de Irlanda, explicando  que tales ofidios falten en Irlanda desde siempre.

            En 1452, tras volver de una correría por el Campo de Cartagena y Mar Menor, la morisma de Huércal y de Vera, pasó ante Lorca. Los cristianos esclavos apresados habían sido dispuestos alrededor de la hueste sarracena, para protegerse. San Patricio, Patrón de los esclavos cristianos, apareció quebrando cadenas. Tras su acción, la tropa cristiana derrotó a la andalusí. Vale.

100 AÑOS DE LA MARCHA DE VICENTE MEDINA A LA ARGENTINA

Lunes, 10 Marzo, 2008

vicente_medina_1.jpg 

            En 1908, y desde Cartagena, Vicente Medina se marchaba a la República Argentina. Allí prosperó, y continuó siendo el hombre de letras que fue casi desde siempre, incluso reconocido, aunque no remunerado… Volvió luego, con la Guerra Civil encima, y pasto del sinsentido cainita español, tornó a su segunda patria, donde habría de morir. Murcia, y más Cartagena, le habían dado reconocimiento literario; pero nada más. Los elogios de Clarín, Unamuno y Azorín no sirvieron de nada. Fama sin ganancias no es sino penuria. Pensó acudir a Orán, como tantos murcianos, pero le disuadieron. Él, antiguo marino de guerra, prefirió la larga travesía. Ya había estado en Filipinas, donde surgió su estro poético, y fue marinero en la Numancia que visitó Barcelona en 1929.

            El siguiente poema quiere imaginar al poeta murciano por excelencia en aquellos amenes suyos del Plata, orillas del Paraná en Rosario de santa Fe, Argentina.

                   VICENTE MEDINA, 1937

                                                ELOGIO FÚNEBRE

                Una sombra rodeada de sombras; que eso eran ya, en la memoria última, los años mozos de por aquí, la plenitud creadora del poeta, la fantasía vegetal de su casa y huerta de Rosario de Santa Fe: aquel hermoso empeño murciano a orillas del Paraná. Todo quedó resumido en un día de Agosto de 1937, para Vicentico, el de Juan de Dios, en un pequeño rodal de tierra, cuatro palmos, como quien dice. (Juan García Abellán)

                                                                                                                                                                                                                                                                                       

  Pasearía lentamente,

las manos a la espalda.

Con un bastón quizá

y con una barba

encanecida y breve,

mirando pasar las aguas

del río Paraná

antes de morir en el Plata.

 Pararíase a distinguir

los niños que cantan

en el rumor confundido

de las palomas,

las golondrinas y las barcas.

 Luego se iría,

la cabeza baja,

mirando el crepúsculo

de la ciudad de Rosario

caído en reflejos de ámbar.

 Y acaso también

sintiera la nostalgia

de otra tarde

más querida y lejana

que, silenciosamente,

sólo sintiera su alma,

en una ciudad antigua

entre palmeras y barrancas,

en otro mar,

en otro río, en otras aguas.

PLAZA PETITA Y MÁGICA

Miércoles, 5 Marzo, 2008

P1        

            Todos los días paso por esta plaza que digo, cuando a punto estoy de llegar a mi laburo, como decía el inolvidable Edmundo Chacour, porteño y murciano, universal definitivo. Es estrechísima, y nada redonda. Se halla en el viejo casco medieval de mi ciudad, moruna y mediterránea. Hoy recibe el nombre de un prócer, quién sabe, demasiado pronto olvidado. Qué más da. Decía Borges que no hay, acaso, mejor destino que estar hecho del mismo barro que el olvido o algo así. Nada mejor que citar mal, cuando se escribe del olvido.

            La plaza se atraviesa por todos los que van de oriente a occidente en mi barrio. O viceversa. La municipalidad ha dispuesto un paso elevado, orillado al sur, abarandado y en alto. En bajo queda el pie de la palmera y el resto de muralla. La palmera es esbelta, delgada. Disputa con los pisos, modernos las caricias del cielo murciano, y se asoma indiscreta a las ventanas de los vecinos, como una comadre más del barrio. La muralla, que algún día defendiera a la villa de las acometidas de enemigos occidentales, o quizá, más precisamente, del agua del río cuando, en tiempos, sus aguas eran libres…  y asesinas, parece llorar su perdido pasado. No de cuando era muralla y no resto arqueológico como ahora, sino de cuando era lo más elevado que en el contorno había.

            Yo pienso que las dos, muralla y palmera, hablan de noche, cuando la luna, en el breve intervalo en que cruza la calle, les dota de la maravilla de la comunicación. Nada diré de lo que hablan. Acaso nunca vivió el poeta romántico que descifrar hubiera podido tan donoso diálogo. Yo sólo sé que la belleza y la historia se dan la mano en esa plaza mágica y petita. Vale.