Archivo para Abril, 2008
Martes, 29 Abril, 2008

En un amanecer de Abril,
andando por la Playa de Poniente,
teniendo por enfrente
el alto Peñón
de San Juan de las Águilas,
voy cruzándome con diversas gentes.
Voy despacio, las manos en los bolsillos,
displicente…
Pero ellos, casi todos los que me cruzo,
y también todos
los que por detrás vienen,
marchan corriendo azogados
o andando con prisa urgente.
Sólo yo voy paseando,
las manos en los bolsillos,
silbando interiormente.
Nunca aprendí a silbar,
pero me vale imaginarlo,
porque sí, porque así me lo parece.
Me hacen eco los pajarillos,
que, a esas horas,
han despertado a sus polluelos
mientras sale el sol
por allá enfrente.
Hacen deporte,
ellos, los que corren,
y andan deprisa
para estar en forma siempre.
¡Ah, yo envidio
su sana disposición
que les hace ser felices y alegres!
Pero, mirándoles cómo me miran,
con mi sombrero de paja
y mi andar vago, indolente,
pienso que ninguno de ellos
envidia, ay,
cómo contemplo el sol nacer
por encimas del Peñón de San Juan,
en Águilas, al final de la Playa de Poniente.
25-04-2008
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Sábado, 26 Abril, 2008
El ojo que tú ves,
no es ojo porque tú lo veas;
es ojo porque él te ve.
-Dijo el Maestro-.
Pero hay ojos que, pareciendo ver,
no hacen sino ignorar qué es
aquello que ven.
Porque, al cabo,
si los ojos que miran y ven,
no saben, Maestro…
de nada les vale ver.
Y son menos ojos, digo,
aquellos ojos que aun mirando
nada consiguen ver.
Y así, esos ojos, Maestro,
no son ojos aunque vean,
y sólo tienen de ojos
lo que mis ojos le dan de ser.
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Viernes, 18 Abril, 2008

Oh, placer
de conocer
el nombre de los árboles.
Y redimirse
nombrándolos
de la urbana condena
del asfalto y las calles.
Oh, suceso impar,
como fresca brisa
que alivia el lenguaje
liberando nuestra mente
de las palabras banales
que la ciudad nos impone
como barrotes de cárcel.
Oh, la encina
y el ciprés,
el roble y el sauce.
Acacias, turbintos,
naranjos mínimos
y sequoias gigantes.
Castaños, cinamomos,
gráciles palmeras
y dulces frutales.
Oh, placer
de conocer
el nombre de los árboles.
Ciertamente,
el hombre
fue como un dios,
el día aquel
en que pudo,
a su gusto,
uno por uno,
a todos nombrarles.
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Domingo, 13 Abril, 2008

Entre todos los nombres que se inscriben en los tiempos fundadores del pueblo checo, Chek, Krok… el tiempo, o el destino –esa forma sublime del azar- ha designado el de una mujer, Lebussa, para atribuirle la grandeza de inaugurar página en la Historia. Fue Lebussa afortunada Eva que escogió su Adán. Tercera hija del jefe de clan eslavo, Krok, tenía el don de la Profecía. Acaso por tal causa fue elegida sucesora a la muerte del hijo del guerrero Chek, que diera nombre al común. A la sombra de un tilo, que emana paz, sosiego y calma, Lebussa impartía justicia con equidad y mesura. Tiempos eran revueltos, aquellos en que, colapsado el Imperio de Roma, los pueblos celtas, germanos, eslavos y aún los de la estepa rusa y más allá, buscaban acomodo en las feraces y templadas tierras europeas. Su gente, mezcla ya de celtas y eslavos, carecía de esa amalgama mágica que vinieron a ser las dinastías asentadas. Anidaba en él, por consiguiente, el germen de la división y la avidez de la preeminencia.
Cierto día, bajo el tilo judicial, llegaron dos vecinos, o dos hermanos, según versiones, ante ella. Litigaban por cuestiones de lindes o de herencias. Disputan las versiones el caso y el tiempo dejó olvidado dirimirlas. Smetana compuso Opera acerca del tema, eligiendo la fraternal querella como asunto. Falló Libussa a favor del más joven, y la ira cundió en el más anciano. Provecto, se produjo vehemente contra la que amparada era por el sagrado tilo. Cómo, gritó iracundo, nos dejamos gobernar por doncella, cuando en el resto de pueblos, sólo hombres dirimen y deciden la paz y la guerra.
Pesarónle en el corazón a Lebussa tales palabras, mas, lejos de rebatir al subversivo, retiróse a su interior, considerando la respuesta. Dicen leyendas que fue entonces cuando llamó al joven Premilsz a su lado, tomándole por esposo, para evitar el patriarcal y ancestral rechazo misógino a mujer sola, por parte de una sociedad belicosa y primaria. Y claro queda, aunque no en palabras, que Lebussa cedió a la costumbre, y sacrificó su magistratura en aras del dictado patriarcal imperante. Los Premilsz dieron dinastía a Chequia por seis siglos.
Mas, en mi lectura, Lebussa se adelantó en más de un milenio a la mujer de hoy. Aprovechó la ocasión para casarse con su amado, sin que fuera tomado a liviandad impropia de sus altas tareas, fundar casa y hogar con varón apropiado, incluyendo el cortejo previo o contrato al uso. Dejó creer que aceptaba los designios de la intolerancia que hoy diríamos machista, para, de una parte, legar la sangre de su padre a la dinastía unificadora, y, de otra, aspirar a ser feliz con una vida propia, meciendo a sus hijos, y gozando de un matrimonio del que no se saben disputas.
Lebussa, llamada para ser mito, supo cómo ser mujer a un tiempo, componiendo su destino. Feliz el pueblo checo, por haberla tenido en sus orígenes y por haberla elegido, entre otros nombres, como fundadora. Vale.
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Jueves, 10 Abril, 2008

Las horas del día
pasan discretas;
una tras otra,
como los radios de las ruedas
de una invisible bicicleta.
Las horas del día
que nuestro tiempo llevan
son como un paseo, en verano,
sobre una bicicleta.
A veces, rodamos
con una prestada,
y otras, en cambio
con la propia nuestra;
pero siempre, rodamos
y rodamos
sobre una invisible bicicleta
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Martes, 8 Abril, 2008
Hay una leyenda en Praga que tiene un perfume especial de misterio. Es la leyenda del Golem. Allá, cuando cambiaba el siglo XVI a XVII, y la contienda religiosa entre reformistas y católicos asolaba Europa, en la centenaria colonia judía de Praga, hubo un rabino especialmente sabio. Era el rabino León. Lew o Low en yidish. Dicen que, a imitación del Yahvé del Génesis, construyó, muy fornido, un gran muñeco de arcilla. Le sujetó el frágil barro mediante férreas grapas y le puso en la boca una piedra con uno de los nombres secretos de Dios. El Golem, que así se llamaba el espantajo, cobró vida de inmediato. El buen rabino le encomendó las tareas domésticas usuales: barrer, limpiar, servir… Y, luego, salió a la calle con él. Iba el Golem detrás, a modo de guardaespaldas o lacayo, acompañando y guardando a su amo.
Así lo vieron los praguenses en aquellos tiempos de turbación y de guerras. Y así lo trasmitieron de generación en generación desde entonces. La comunidad judía, y en especial el rabino León, se sintieron guardados y protegidos por aquel imponente ser, todo servidumbre, que tanto respeto imponía en el gueto y fuera del gueto.
Cuentan asimismo, que en el sábado, el Golem, criatura judía al fin y al cabo, descansaba. Para ello, el rabino León, su amo, le quitaba la piedra de la boca, y yacía inerte en la casa del rabino, sita en la misma Sinagoga Vieja-Nueva, en los bordes del gueto con la ciudad cristiana. Un día, se dice, el rabino olvidó quitarle la piedra de la boca, y el Golem enloqueció, e hizo barbaridades…
Cuando fue a morir, el rabino escondió la portentosa piedra y acostó, yaciente, al Golem en un compartimento secreto de la Sinagoga. Desde entonces, duerme allí, esperando no se sabe qué día.
Yo soy más empírico. Pienso que el rabino jugó con la credulidad e idolátrico respeto de los cristianos hacia las imágenes, e inventó una: el Golem. Contrató a alguien fornido, un mercenario de las guerras de Religión quizás, y lo disfrazó con una esterilla embarrada, a la que cerró con fierros. Se hizo acompañar de él, y dejó correr a la imaginación del ignorante pueblo de los gentiles. La comunidad, merced a su argucia, vivió en paz mientras hubo Golem. Eso fue todo, y fue bastante.
Para mí, de ser esta versión la verdadera, el rabino León sería más sabio que si hubiera dado vida, en verdad, a la criatura. Vale.
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Martes, 1 Abril, 2008
Buen rey Wenceslao,
súbeme a la grupa de bronce
de tu caballo bravo,
y muéstrame Praga en vuelo,
desde tu alto pedestal de mármol.
Llégate hasta la Plaza Vieja.
por el aire cabalgando,
sobrevuela las agujas catedralicias
y desciende luego
cabe el reloj astronómico
a las doce en punto del meridiano.
Lleguémonos después
a la Sinagoga Nueva y Vieja,
junto al Cementerio Judío,
de lápidas abarrotado.
Descabalga, Rey Wenceslao,
que el Rabino León
el Rabino más amado,
nos invita a pasar adentro.
y es de nobles corazones
ser buenos invitados.
El Golem amable, su criado,
me coge las riendas
principescas del caballo,
y se lo lleva, sigiloso,
hasta los escondidos establos.
Quedo yo solo
Con tu lanza, Wenceslao,
la puerta de la Sinagoga guardando.
Luego aparece de nuevo El Golem
con una bandeja de pan ácimo
y dulce vino de Israel en sendos vasos.
Bebéis, os abrazáis, y brindáis por la paz
y por todos los seres humanos.
Nos despedimos,
y de nuevo el vuelo alzamos.
Yo, a la grupa,
tú a las riendas del caballo.
Por encima de la Karlova,
a los jesuitas saludamos,
que desde el Clementinum,
en su Torre Astronómica,
nos dicen adiós con la mano.
Llegados a la torre primera
del Puente de Carlos,
volvemos a bajar,
y ante el Descendimiento
con piedad nos arrodillamos.
Vuelves a cabalgar,
y yo, orgullosamente,
abriéndote camino solemne,
voy delante como un espolique
de los tiempos de nobles y villanos.
Suenan las herraduras huecas
sobre el duro adoquinado,
y se arrodillan con respeto
los checos a tu paso.
Inclinan la cabeza las estatuas del pretil,
en solemne señal de acato,
y los turistas, risueños, nos sacan fotos,
entre sorprendidos y arrobados.
Montamos de nuevo, tú a las riendas,
yo a la grupa, y otra vez el vuelo alzamos.
Rodeamos las cúpulas de San Vito:
Desde allí, los puentes del Moldava,
las aguas y las brumas abrazando,
parecen paisaje de cuento
por un arcángel dibujado.
Bajamos al callejón de Oro,
y en el número veintidós,
sale Franz Kafka,
-su escribir, por verte, abandonado-
a desearte buenaventura
y buen siguiente milenio
para tu memoria de eternizado.
Luego te ofrecen un vino caliente
en cristal de Bohemia,
límpido, transparente, inmaculado.
Tú, apenas lo bebes,
pero agradeces la ofrenda
con solemne gesto ritualizado.
Me haces seña, y tornamos a volar,
alto, muy alto.
Entonces llega la nube de nieve loca,
que arroja ligeros copos leves
en furioso y disperso caos,
como amables municiones
de una guerra alegre,
de traviesos angelitos malos,
de algún rococó del Hdraçany escapados.
Pierdo de vista el suelo,
y de pronto –con todo acabado-
me veo en tierra, como al principio,
ante tu estatua, tú arriba, yo abajo.
Y creo entonces que todo ha sido
por mi imaginación soñado.
Pero, al mirar tu noble rostro,
tu regia testa en inclinado
comprendo que son los sueños,
si con nobleza imaginados,
una forma de verdad, y no una mentira
que pasara por la memoria de largo.
28 de Marzo, 2008
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