Archivo para Julio, 2008

EPITAFIO PARA UN LÍDER AGRÍCOLA

Martes, 29 Julio, 2008

Tumbas Burgos

            En los comienzos occidentales del valle burgalés de Tobalina, hay un cerro de pétrea cima. En ella hay excavadas, unas cuantas tumbas antropomórficas. Se hallan desparramadas irregularmente, aunque dispuestas en una clara orientación levante-poniente. No sabemos si fue por celebrar al sol, o por mejor aprovechar el rocoso lecho eterno que eligieron los allí inhumados para acudir al más allá. La cima posee un más alto escabel de roca, que hace las veces de cabecera de todos. Las dos primeras tumbas son más grandes y profundas que las demás. Quiero pensar que pertenecen al patriarca del clan y a su esposa, un paso detrás.

            Desde lo más alto se divisa todo el valle; desde Frías, con su castillo imponente y templo, a cada lado de la colina, hasta las blandas lomas que limitan a poniente el valle. Quiero pensar también que ese al que hemos llamado patriarca o líder, caudillo fue de gentes de labor, de cultivo y ganado, pacíficas gentes… que lograron colonizar todo el valle, sin que, en algún tiempo, ningún otro pueblo viniese a disputarles territorio. Acaso gobernase desde Frías, pero él quiso venir a ser inhumado en el cerro medio de sus dominios. Luego, al morir su esposa, la enterraron junto a él.

            Seguidamente a ambas tumbas, se hallan las de unos cuantos niños, pequeñas, menores. Una epidemia infantil, acaso, segó las vidas en ciernes de los infantes. Sus padres, tíos, familiares cercanos, tuvieron sus nichos ya hacia el extremo del alto peñasco. Luego, no lo sabemos bien, pero debió concluir la dinastía. Otros pueblos invadieron el territorio y asimilaron al pueblo de nuestro líder.

            Poco importa si fue así o no. Los feraces campos de trigo y de bosques que circundan el cerro hablan de una agraciada tierra, que puede producir grano para muchos, con tal de vivir en paz. Y si no fue así, os juro que la hermosura del Valle de Tobalina bien merece que en su Historia haya existido un hombre igual. Sus dioses lo hayan recibido con honor, con gloria y grande regocijo. Vale.

UN TEJO EN LAS MERINDADES

Viernes, 25 Julio, 2008

Tejo de Quintanilla del Rebollar

     

 Dicen que, en el Juicio Final,

a todos cuantos sepan

el nombre de cien árboles,

habrán de absolverlos para la eternidad.

 A mí, desde hoy,

me queda un nombre menos.

Aprendí el tejo.

 Estaba en el antemuro interno

de la ermita parroquial

de Quintanilla del Rebollar,

allá en el Alto Burgos,

cercano a los Montes Cantábricos.

 Junto a la cancela

que limita el pequeño altozano,

sobre el que se erige la ermita,

allí se erguía, grave y enhiesto;

más orondo que un ciprés,

y más adusto que un roble o un pinsapo,

majestuosamente serio, el tejo.

 Los antiguos griegos lo creyeron eterno,

y junto a él ubicaban sus tumbas,

de lápidas y epitafios.

 Una voz amiga me lo señaló.

 Guardián del sacro lugar,

y del cementerio aledaño,

me pareció apropiada

compañía para todo

lo que la sobria ermita encerraba:

las santas imágenes sagradas

y los pocos restos humanos

que allí descansan.

Qué bien plantado lo encontré,

al tejo… con su doble presencia,

sacra y profana.

El tejo, de hermosa estampa.

El tejo, que me prestó su imagen

para que la uniera a su palabra.

Un nombre de árbol, apenas nada;

pero mucho para mí,

que despertaba del sueño leve

de ignorar que ignoraba

la existencia del tejo,

en tanto que árbol,

y en tanto que palabra.

EL PRÍNCIPE CELTA DE OJO GUAREÑA

Lunes, 21 Julio, 2008

OJO GUAREÑA

            En el norte de Burgos, el río Guareña, deudor del gran padre Ebro, da en tierras calizas. Las disuelve, con la ayuda de milenios, y se sumerge en profunda sima, donde la fuerza de sus aguas y la flaqueza de las cales han dado en la construcción de un sinfín de galerías y cuevas, plenas de angosturas, pasadizos y ensanches.

            En los primeros tiempos del Hierro, un príncipe celta, armado de espada y antorcha, decidió adentrase en ellas, quién sabe buscando qué; acaso a la ninfa cuyo canto mágico podía oírse en los días en que la dirección del viento acertaba a colarse en el arduo laberinto kárstico. O, quizá en busca de algún tesoro que leyenda antigua ubicase en la cueva. Sólo la gran dama que rige el destino puede saberlo, pues lo eligió para desposarse con él en la oscuridad completa de su interior. Si así hubiera sido, nupcias fueron trágicas. Antes que la definitiva oscuridad se adueñase de sus ojos, la única oscuridad mayor que la meramente física de la misma cueva, la de la muerte, el atrevido príncipe intentó con paciencia y fortaleza encontrar la salida. No lo logró y tornó a un pequeño antro, donde habría de morir; y en el que, acaso a ciegas, represó con sus manos el agua que resbalaba por oblonga roca en pendiente. Bebió y bebió hasta que la sola ingesta de agua no alcanzó a nutrir el suficiente que su naturaleza exigía. Entonces, se tendió en el suelo, agarró con decisión su espada, y se dispuso a esperar a la que habría de ser su esposa eterna.

            Cientos de años después, milenos incluso, los hombres de ciencia descubrieron sus restos. Trasladaron a un museo el esqueleto, creyendo llevar todo lo que de él quedaba, pero erraron la intención. No portaron valentía, ingenio, decisión y serenidad suprema ante la muerte. Todo ello fue su dote, en los desposorios que celebró, con la negra dama de su destino. Loor a los héroes. Vale.

SONETO AL TEATRO ROMANO DE CARTAGENA

Domingo, 13 Julio, 2008

trct

Dos mil años tardó, lento, el destino,

en querer ver, de nuevo iluminadas

las piedras de tu fábrica, sagradas,

por este sol de Hispania, ayer latino.

Ninguno como tú, ni tan marino:

Oh, cávea esplendorosa de las gradas,

Oh, scaena de prodigio, oh, alzadas

columnas del proscenio, oh, divino

Augusto, que ordenaste en Cartagena

construir, tan soberbio, de Talía,

templo, y para tu memoria plena,

poderosa razón que triunfaría

del olvido, a pesar de la condena

que nos dejó la Historia y su porfía.

                                            13 de Julio de 2008

CHICHARRAS…

Martes, 8 Julio, 2008

C y H          

           Aún no he oído cigarras por ahí, este año, bajo un árbol, cualquiera que sea, con tal de ser verano. Chicharras que se dice en algunas partes de España, entre ellas, esta Región. Las chicharras son animal y sonido de siesta. Hay gentes a la que les molesta la chicharra. Otras, no. Yo soy de los últimos. Acompaña. Las chicharras se callan cuando alguien entra en su círculo de seguridad. Son prudentes. Saben que su violín tocado con serrucho les delata, y puede ser un predador quien se acerque.
            Tienen mala literatura las cigarras. Ya saben, la cigarra cantora y la hormiga previsora. A mí me parece que ambas son necesarias, cada una en lo suyo. La naturaleza no da puntada sin hilo, y algo tendrá que ver la cigarra en la pirámide ecológica. En la fábula tradicional, la cigarra era la mala. En la película “Los lunes al sol”, la mala era la hormiga. “¡Qué hijadeputa, la hormiga!”, decía el actor, muy enfadado él. Yo, ya digo, me quedo con las dos. Cantar y ahorrar. Es la Teoría de la Complejidad. El todo oficial y su complementario, como el cuerpo y la sombra: son un mismo todo. La regla y la excepción. Nada sobra, ni siquiera la cigarra le sobra a la hormiga, y viceversa.
            Tengo ganas de escuchar mi primera cigarra. Ya ha pasado San Fermín, y aún no han rascado mis oídos las notas estridentes y continuas del canto de la cigarra. Espero que para el Carmen haya cambiado la cosa. El corazón del verano tiene un canto de chicharra dentro. Si no, es un corazón de trapo. Cuando no haya cigarras, emitiremos su canto, grabado, por estas fechas. Vale.

SIESTA

Jueves, 3 Julio, 2008

siesta

El sol tórrido del principio del verano agota las aceras y las calzadas de la ciudad. Se adivina el silencio de siesta, aun a pesar del tráfico. Hay una calidad de silencio que no puede romper ruido alguno. La siesta española tiene esa calidad de imponerse a cualquier son. La siesta de verano es un lenitivo para los insomnes, que ven aumentada su tendencia a la huida del sueño en las cortas noches de Julio. Una brisa leve, pero fugaz, acaso furtiva, entra por la ventana  de levante. Y el balanceo efímero de un visillo preludia… nada: la vuelta a la quietud del aire. Una cinta, finísima, de sudorcillo, se instala en los pliegues del cuello y anuncia el calor instalado en la estancia. Afuera, el cielo azul sigue quemándose en las invisibles llamas, que trepidan insonoras en la hoguera del paisaje. Una chicharra suena, acaso colgada de un ciprés erecto o una desparramada higuera. Los ojos se entrecierran, y el cuerpo, solo, se da la vuelta en el sofá casero, que invitaba tan sólo a descansar. Hay una luz muy de siesta, de postigos entornados y apocada penumbra. Suena una televisión vecina, de fondo, lejana, que no molesta, que acaso suena y luce para nadie, para otros durmientes de siesta, que no la oyen. Huele entonces el calor, a calor, a quemazón de aire, a ardor de nada, a brasa de vacío, como ascua de la materia de que están hechos todos los huecos del mundo, de la creación, del cosmos. Y, de pronto, las sombras empiezan a alargarse, a estirarse, a buscar la huida del sol, que ya ha cogido un punto de inclinación, saliendo del infinito e inacabable orto. Se oyen bostezos, siempre lejanos, voces de niños jugando, portazos… y la siesta, de pronto, acaba.