Archivo para Agosto, 2008
Sábado, 30 Agosto, 2008
Llaman en Cagliari Pérgamo, a un balcón labrado, elevado como tres metros, que construyeron en 1535, para que el César Carlos asistiese a la misa que se celebró en aquella ciudad sarda para despedir a la flota imperial, que al mando de Don Juan de Austria, habría de conquistar Túnez. El mismo Carlos V eligió la ciudad. Más de seiscientos veleros partieron rumbo a La Goleta, nombre con que se conocía el fuerte que custodiaba Túnez. El objetivo era reprimir la piratería morisca, que asolaba todas las costas cristianas del norte del Mediterráneo, amen de expulsar al turco, que se había apoderado de la plaza. Tanta torre de vigilancia como se desperdiga por todo el litoral español, también sardo e italiano, no otra finalidad tenía que paliar el acoso africano.
El púlpito, balcón o pérgamo está labrado en mármol, y lleva una inscripción alusiva al 12 de Junio de aquel año de grata memoria para el Imperio. Un apóstol, con libro y bordón peregrino, enseñorea la pieza. Debe ser San Juan, a juzgar por el águila que lo acompaña en el otro interpaño de la pieza. Ancho se debió sentir allí el hijo de Juana de Castilla y de Felipe de Flandes; la Loca por mal nombre la primera, y Hermoso, por bueno el segundo. Trastámara ella, Haubsburgo él.
Los sardos de Cagliari agradecieron el gesto del César, de hacer partir a las naves de su puerto, y mandaron construir el egregio balcón para la honra imperial de Carlos. Sobre él, se supone que muy atento a mostrar majestad y estilo, oyó misa el Emperador.
Unos años más tarde, en 1541, Carlos estuvo en Murcia, de paso. Asistió también a misa, en la vieja Catedral Gótica de entonces. Y, asimismo, los murcianos, le prepararon un reclinatorio especial delante de los restos -el corazón entre ellos- de Alfonso X, primer rey cristiano de Murcia. Se lo contaron para honrarle, pero su decisión asombró a los nobles de la ciudad. Alegó no considerarse digno de usurpar o compartir el sitio de tan egregio antecesor, e hizo que le trasladasen sitial para asistir a misa, en otra parte, haciendo ver que, nadie, en adelante, molestase el eterno descanso del rey sabio.
El pérgamo se conserva en la misma iglesia, la de San Miguel Arcángel –guerrero-, en el barrio de Stampace, pero como reclamo estético de época, a la entrada del templo, reconstruido como delirio barroco por los jesuitas. Unas gradas se elevan a la derecha, según mira quien entra, hasta la iglesia misma. Se halla al fondo de un pórtico dotado de cancela, que da al exterior, mirando a la calle.
Túnez fue ansiado como reino por el mismo Don Juan de Austria que lo conquistó; pero los celos de Felipe II, su hermanastro, lo impidieron. Poco duró la conquista. Empero, veinte mil esclavos cristianos, dicen crónicas, hallaron libertad. Vale.
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Domingo, 17 Agosto, 2008

Desde Portoscuso, al suroeste de Cerdeña, la pequeña isla de San Pietro tiene un perfil de triangulo isósceles de escasa altura. Quizás con unos quince grados, o menos, de apertura en cada una de sus pendientes. En la cúspide, una antena de comunicaciones completa la figura, rematando la imagen. En realidad, la isla tiene una planta de base irregular, cercana al trapecio. Su capital, turismo aparte, es Carloforte.
La mañana de Agosto en que la visitamos, la niebla marina enfantasmaba la isla un tanto. En su extremo norte, la pequeña Isla Plana, como un añadido rocoso, aparecía repleta de construcciones humanas. Genovesa desde siempre, pregonaba su independencia de la isla madre.
La capital de San Pietro es Carloforte. Se ubica en una pequeña bahía, junto a unas salinas. Su frontal no se advierte desde Portoscuso, pues mira al SE, quedando el pequeño puerto sardo al NW. Toda la isla es un bosque apartado y frondoso de pinares y enebros, de fuerte verdor.
La impronta más notoria de la islita, apenas a unos kilómetros de Cerdeña, es la trágica experiencia de sus habitantes. Raptados por la piratería tunecina en tiempos de la Revolución francesa, fueron rescatados casi medio siglo después por el rey piamontés, a cuya jurisdicción se entregó Cerdeña entera, luego de la Guerra de Sucesión española. Hoy, en el paseo urbano aledaño al puerto, de encantadora mediterraneidad, una efigie de Carlo Felice, el piamontés rescatador, memora il ritorno in patria , entre palmeras y cosmopolitas terrazas repletas de turistas. Cercana a la plaza del puerto, la iglesiecita que guarda la Madonna dello Schiavo, la imagen que veneraban los isleños en su exilio tabarquino, en la costa tunecina: un mascarón de proa, piadoso, encontrado por uno de ellos en la playa sarracena.
Mucho antes, en el siglo primero, la isla tuvo el egregio náufrago que nombre diera a la isla: el mismo San Pedro, en viaje desde Haifa, camino de la pagana Roma, para convertirla, hubo de acogerse a sus costas para evitar morir.

Pero lo que nosotros buscamos, aún siendo historia, tiene un apoyo fuerte en los más literarios terrenos de la leyenda. Hablamos de la llamada Cruzada de los Niños. Fue en 1212. Un niño francés, Etienne, doce años, predica una singular Cruzada. Sólo la inocencia de los niños podrá rescatar la Tierra Santa de manos de los infieles. Lo llevan a ver al Papa y le da una carta de Jesús mismo. Por los caminos de Francia y de toda Europa Etienne va reclutando infantes, formando un ejército de la pureza, ante cuya visión, la armas mahometanas se depondrán de inmediato. Ya el mismo viaje a través de la Francia paupérrima del momento, fue dantesco: hambres, enfermedades y muertes, hasta llegar a Marsella, donde los esperaban “generosos” barcos fletados con misteriosa magnanimidad. Fuentes históricas desmienten la especie. Por el nombre genérico de Pueri, literalmente traducido por Niños, se entendía la alusión a todo mendigo ambulante, generalmente peregrino en conjunto. Naturalmente, la Cruzada fracasó. No llegó siquiera a Palestina. Dicen que sus barcos naufragaron…
En la isla de San Pietro, se halla la ermita de I Novelli Inocenti, junto al Viale del mismo nombre. Se erigió, dicen los nativos, en honor de los Niños de la Cruzada. Los Nuevos Inocentes. Pero, a veces, la leyenda y la Historia se dan la mano. La pequeña flota, fletada por unos presuntamente piadosos comerciantes, naufragó en San Pietro, justo a punto de variar rumbo, para trazar orzada hasta Haifa o San Juan de Acre. Y dicen ambas, leyenda e Historia, que muchos niños acabaron de esclavos. Sospechosísima, para cualquier observador imparcial, la presencia genovesa en la cercana Isla Plana, mercaderes de todo lo que fuera posible mercadear, carne fresca de esclavos entre otras cosas. Y así, entre el naufragio y la venta como esclavos, acabó la infausta Cruzada de los Niños.
En 1982, mi amigo el escritor Pedro Cobos (1929-1989), jumillano universal, publicaba “La Cruzada de los Niños”, subtitulada como “Texto para un Oratorio”. Se trataba de una pieza dramática, breve, poética, simbólica, en verso. Un alegato contra la maldad y el fanatismo, la ignorancia y la estupidez humana. Unos años más tarde, tuve la idea de organizar una representación de la obrita. Lo hice, con alumnos del Instituto José Planes, de Espinardo, en Murcia. Vi realizada, hecha voz y personajes, la tragedia medieval revivida por Cobos.
Por eso, visitar en San Pietro, la Ermita de los Nuevos Inocentes, casi aledaña a la parroquia del San Pedro Náufrago, fue para mí una experiencia singular. Se halla situada en el extrarradio sur de la pequeña urbe de Carloforte, alejado del mar, donde ya el bosque pinar impone su presencia. Se halla en un otero, alzada respecto de la calle que arriba desde el centro urbano de Carloforte. Es una fachada blanca, como de capilla griega minúscula. Dicen papeles que se advierte el estilo piamontés en la restauración. La antecede un muro de piedra, que preserva de miradas el interior. Una puerta lateral de verja, de tamaño humano, nos impedía acceder al interior del patio que antecede a la capilla misma, cuya puerta, en madera noble muy nueva, se hallaba, ay, abierta. Sentimos no poder penetrar en su interior, pero, en el fondo, nos daba igual. Allí estábamos, memorando a los Pueri que vendidos fueron por comerciantes sin escrúpulos, un día de aquel 1212, el mismo año de las Navas de Tolosa. El espíritu de Pedro Cobos estaba con nosotros. Vale.

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Miércoles, 6 Agosto, 2008

Todos los navegantes la han visto alguna vez, trasladándose sola, por las aguas del Mar Menor, sin que haya, a la vista, barco motor alguno del que provenga. Apenas espumea su larga cumbre, y parece, ante todo, un ser vivo. No infunde peligro, ni precaución alguna se le ocurre a nadie tomar ante su presencia. Fantasma parece, que buscase redención a su eterno penar. Nunca nadie la ha cruzado. Se aleja de las grandes motoras, y se deja observar, aunque a distancia, por los veleros silenciosos que surcan las aguas de la pequeña laguna.
Hija del viento fue, una primavera en que los vientos todos se conjuraron en el Mar Menor, para ver de organizarse en el mundo, y distribuirse por la estrella de los cuatro puntos cardinales. Aunaron fuerza, persistencia, orientación e impulso, y conformaron esa ola que nunca cesa. Nadie la puede acompañar, se evade rauda y discreta, sumergiéndose si es preciso, ante la persistencia de quien la pueda perseguir.
Verla trae buena suerte, dice la leyenda, si no se intenta seguirla. Mala suerte, en cambio, atrae sobre sí quien la hostiga, con la loca intención de adelantarla o romperla. Es posible, dicen, que la Ola Errante les marque su camino a las estrellas todas del hemisferio, y, así, le indique a la Polar su fijeza, al Carro su giro y a Sirio su misteriosa lejanía. A los astros su rotación, al sol mismo su ígnea vibración lumínica. Por eso no puede cesar nunca en su errabundo navegar, de orilla a orilla, besando islas, mimando playas, y huyendo del humano, al que, las estrellas mediando, marca su destino.
Respetadla cuando la diviséis, y dejad que marque ella misma su ruta, que es la de todos. Vale.
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Viernes, 1 Agosto, 2008
Unos dicen que fue en la Torre del Negro. Otros que en la Torre del Rame. Fuera donde fuera, un año del reinado de Felipe IV, el Rey Planeta, Hans, un veterano de las guerras de centroeuropa, las que luego se llamarían de los 30 Años, llegó a la ribera del Mar Menor. Traía una carta de licencia del señor capitán de su compañía, y mostraba a todos un documento en latín en el que se decía que gozaba de la condición de herrero, otorgado por algún gremio de la lejana Bohemia.
Acabó montando herrería en una de esas dos ubicaciones antecitadas, y como era locuaz, dijo a todos que andaba en la construcción de un yelmo neumático, consistente en dotar a dicha pieza de armadura, que ya andaba en desuso, de un cristal en lugar de celada, el cual iría fundido, mediante una goma de su invención, pues era también alquimista, al mismo fierro del yelmo. Pretendía así ofrecer a S.M. el rey, el ingenio, y fabricar muchos de tales yelmos en Madrid, o en Toledo, y que esta última ciudad habría de ser mejor, pues poseía los mejores secretos de la fundición y el temple de metales. La finalidad del yelmo neumático no era otra que ayudar a la recuperación pronta de los cañones de los barcos del rey, que se hundían, o eran echados a pique por las flotas enemigas, en el Canal de la Mancha y frente a las costas de las Provincias Unidas del Norte, los flamencos traidores a la Corona, que a sí mismos se llamaban hollanders. Infantes o marinos españoles provistos del tal yelmo se sumergirían y procederían a amarrar gruesos cabos de maromas a los extremos de los tubos de artillería, cabos que serían izados desde las goletas ligeras desplazadas para tal misión.
Noche tras noche se escuchaban en la herrería golpes y martillazos de Hans sobre sus fierros, a la par que su puerta y ventanas se iluminaban por el fuego del lar encendido. Las mañanas eran empleadas por Hans en restañar los calderos y utensilios domésticos que le traían, así como cuidar de las herraduras de las bestias de carga y montura.
Una mañana, nadie abrió su herrería. Ni nadie volvió a saber de él. Forjóse la leyenda de que, terminada su obra, se encaminó de madrugada, andando, hacia las aguas del pequeño mar. Y que en ellas entró, no volviendo a salir. Acaso, el peso del yelmo le impidió salir a la superficie, o quizás, desanimado, olvidó el empeño, y se volvió a su lejana tierra, vergonzante de su fracaso.
Lo cierto es que, de vez en cuando, en la más profunda noche, se oyen martillazos y choques metálicos, ora en el Rame, ora en el Negro, y que, también de vez en cuando, y en las madrugadas sobre todo, en cualquier parte del Mar Menor, se ven salir burbujas hacia la superficie, sin que nadie se explique su procedencia. Vale.
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