Archivo para Septiembre, 2008
Lunes, 22 Septiembre, 2008
A veces, sin quererlo,
oímos las canciones de amor
que nos manda la radio,
entre voces de reseda
y violínes terciopelo.
Son canciones de amor
que al no surgir del amor,
repiten torpemente
de otras canciones el recuerdo.
Seguramente, y satisfechos
de nuestro propio criterio,
torcemos displicentes
entonces el gesto, brevemente;
acaso también sin pretenderlo.
Desaprobamos
-así lo creemos-
la mala poesía
de sus malos versos.
“Ello es propio y adecuado
-si lo pensamos
decidiremos-
no son sino ripios y tópicos,
nada hay de veraz en ellos,
ni auténtico;
ni siquiera original.
Tampoco ingenioso ni bello.”
Pero, luego y a solas,
en esas veces
en que no nos damos cuenta
de quién somos,
ni dónde estamos,
cuando no sabemos qué decimos
ni lo que hacemos,
cuando nada hay en nosotros
que nos recuerde lo nuestro,
cuando flotamos nadamente
en esos instantes sueltos…
¿Quién no ha tarareado
alguna vez
aquellas mismas
canciones de amor,
cantando sus letras por dentro?
¿Quién sabe por qué
se vienen a ocupar entonces
aquellas estrofas manidas
lo mejor que hay en nosotros
en ese tiempo?
Nunca os riáis, os aconsejo,
de las malas canciones de amor
que escuchéis sin pretenderlo.
Guardadlas sin recelo.
Ellas sabrán esperar para salir
a que estéis solos,
para que no os avergoncéis
ante nadie de que alguna vez,
sin pretenderlo,
aprendisteis uno por uno
todos sus malos versos.
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Miércoles, 17 Septiembre, 2008
Debajo del olivo
un toro negro,
su asta levantada,
altivo y fiero.
Tras la cerca de espino
sueña despierto:
está solo en la plaza
frente al torero.
El público lo mira
y espera atento.
El matador aguarda,
su estoque enhiesto…
¡Pero el toro se vuelve
hacia el chiquero!
¡Saltando barreras,
buscando cielo,
ansiando su querencia
de olivo y sueño!
¡”Toro cobarde”!, grita
canalla el pueblo.
Pero el toro tranquilo
sueña despierto
-debajo de su olivo-
que se hará viejo
entre las florecillas
y los almendros;
oliendo los tomillos
y los romeros,
corriendo la dehesa
a campo abierto.
Salpicando agua clara
de los esteros.
“¡Toro cobarde!” escucha
en su recuerdo.
Y la voz de la vida
pasa en silencio.
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Viernes, 5 Septiembre, 2008
Allá en los tiempos en que la taifa mursí se hallaba bajo el imperio almohade, ocurrió en el Mar Menor, Belich que ellos, los Creyentes, llamaban, una sorprendente marea alta. Casi todos los pasos de agua de una mar a otra se anegaron, y apenas se divisaban unos cuantos islotes en sucesión, desde el Monte Blanco hasta las rocas de El Estacio. Las islas del mar interior rebajaron su altura sobre las aguas, y el nivel de la orilla, desde El Pinatar hasta las salinas del sur ascendió varios pasos en las angostas playas, llegando hasta los primeros sembrados.
A los pocos días, todo volvió a su estado natural de siempre. Todo menos una presencia inesperada. Un marrajo, de tamaño mayor que tres barcas de pescador puestas una a continuación de otra, quedó atrapado en la laguna, si poder salir al Mar Mayor, su natural entorno. Engullía pescado de las redes de las encañizadas, a las que destrozaba, y amedrentaba a los pescadores con su aleta enorme asomando sobre la superficie. Su gigantesco cuerpo gris, cuando hacía surgir el poderoso lomo sobre las aguas imponía en todos tal respeto, que poco a poco dejaron de salir a faenar los pescadores todos de la salada laguna.
Cuando los exactores del gobernador almohade fueron para cobrar alcabala a las riberas, se encontraron con que nadie tenía tremises con qué pagar, pues no había intercambio comercial alguno. De ellos se propagó la noticia de la gran fiera marina que señoreaba todo el Belich. Por todo el reino se fue sabiendo que un monstruo acuático, oceánico dragón, habitaba el pequeño mar, e impedía a todos vivir.
La ignorancia y el boca a boca añadió que el endríago abisal exigía una doncella cada día para su satisfacción carnívora, y que atemorizados tenía a todos los creyentes de la ribera, y aun a muchos de tierra adentro., pues decían voces que el animal, anfibio era, y se transformaba en gigánteo reptil, que a tierra venía de cuando en cuando.
Como quiera que el Caíd de Murcia no consentía quedarse sin los impuestos de la pesca del ubérrimo mar pequeño, lanzó a los cuatro vientos la nueva de una recompensa, que cifró en una cantidad de dracmas, que no sabemos, a quien capturara o matara al depredador del breve piélago mursí.
En el alto fortín de Ricote, se hallaba al servicio almohade Abu Abdallah Ibn Hud. Un joven descendiente de la familia aragonesa-musulmana que había regido los destinos de Zaragoza antes de caer en poder de los cristianos. Al frente de una mesnada almohade, bereber, él, hispano, custodiaba el castillo mursí de Ricote, en aquellos momentos en que tras la derrota de las Navas de Tolosa, los musulmanes africanos andaban en derrota, a la defensiva.
Conocedor de la terrible nueva de la costa, se presentó en Mursiya, ante el Caid almohade.
-Mi señor, yo sé cómo enfrentar y dar muerte al monstruo que acecha a tus súbditos en el Bélich. Dame la venia e iré a combatirlo a su guarida.
Obtuvo licencia y se desplazó hasta el poblado que de Ibn Mardenis, el rey lobo fuera, Los Alcázares llamado. Allí hizo construirse, por armeros traídos de Cartagena, una formidable ballesta, cuyo arco, mayor era que, de mano a mano, un hombre de brazos en cruz.
Luego, ordenó fabricar una flecha de la mejor madera que se conociese, cuya punta, ferrada, bañada en la mejor plata estuviera, y que antes de alcanzar el vértice final, enriquecieránla con agudas contrapuntas, que, una vez entradas, defendieran su salir, a no ser que produjeran gran desgarro en el cuerpo horadado. Dijo que todo lo había visto en un sueño, luego de oír el pregón de la recompensa por la aniquilación de la fiera. Con todo su bélico recado construido, hízolo montar, giratorio, sobre peana de altura su mismo pecho, fuertemente atada a la proa de la mayor barca que vio en todo el Belich. Por último, ordenó atar en un solo cabo, con junturas sutiles sin nudo, una cuerda tan larga, dijo, como vez y media la mayor de las profundidades que se supiera tenía la mar donde moraba el monstruo. Cuando la tuvo, atóla a su flecha de cíclope, y el otro cabo añudólo con saña, a la barca que le habría de servir para ir en busca del monstruo, a la cual ordenó poner lastre de piedras en el fondo. Hizo poner vigías por todo el Belich, con orden de que aquel que divisara la sombría aleta, lo advirtiera con señales de fuego y humo.
Al cabo, una mañana, en los espacios habidos entre las Islas Menores y la Mayor, supieron se hallaba el monstruo. Hacia allá que partió Ibn Hud, descendiente de reyes, Guerrero del Islam y escogido del Cielo. Montada llevaba la formidable ballesta, y placada su cuerda de tripa de toro con fuerte palanca de sujetar. La cinta que tensaba el ingenio, tirante estaba como cuerda de laúd del averno.
Detrás de él, navegaban, como en escolta, varios barcos de pescadores, animados por el empuje del paladín ricotí. Llegados a los predios marinos que dijeran ojeadores, ordenó detener la barca a los remadores. Fondearon todos. Y esperaron. Al poco, apareció el marrajo gigante. Acaso desconcertado, comenzó a acercarse a la barca hudita, despacio, como sorprendido o desconfiando. Ibn Hud iba haciendo girar su gran ballesta, siguiendo la mole lumbar del marrajo.
De pronto, le llegó la señal, no sabía de dónde y disparó. Todos siguieron la trayectoria de la descomunal flecha, que seguida iba del largo cordámen, hasta que se clavó en la brillante y agrisada piel del animal. Un chorro de sangre surgió como roja fuente de la carne herida. De inmediato, Ibn Hud hizo a todos saltar al agua. Luego lo hizo él. Con todos ya en los otros barcos, miró la lastrada falúa recorrer las aguas, arrastrada por la fiera, que en las profundidades, se debatía por deshacerse de la horrenda saeta que le hurtaba la vida. Pero, cuanto más tiraba, la empedrada barca más hacía, con su peso, por desgarrar las entrañas del monstruo. Nunca pudo el gran marrajo deshacerse del argentado arpón. Durante horas miraron a la barca surcar las aguas, arrastrada por el sumergido animal, cada vez más débilmente. Luego, la barca se paró, volvió a moverse, y volvió a detenerse, hasta que se detuvo por completo un buen tiempo. Entonces, Ibn Hud, alzó las manos a lo alto, y luego se ocultó el rostro con ellas. Todos vieron en el gesto la señal de que el endríago abisal había muerto por fin en las profundidades.
Prorrumpieron todos en griterío de apoteosis, y alabaron a Alá por la victoria. Enseguida, Ibn Hud ordenó llegar donde la barca, y entrando en ella, luego comenzó a hacerle vías de agua con afilada hacha; no sin antes izar toda la cuerda que pudo, para ver de hallarse encima justo del animal fenecido. Le ayudaron algunos, y la barca comenzó a hundirse, buscando ser enmaderado y pétreo féretro para la fiera. Con la hazaña cumplida, Ibn Hud situóse a la proa de la embarcación primera, que, remada por los agradecidos ribereños, tornó vencedora a Los Alcázares.
Grande fue el recibimiento que a la comitiva se hizo en el poblado. Danzaron bacantes, sonaron panderos y surgieron puestos de mercaderes, dulzainas melodiaban cristianos, al son de romances, encantadores de serpientes hubo, y algún recitador ya improvisaba verso para la efeméride. Revistieron al hudita con precioso manto, y sombra le hicieron con palio de techo bordado en oro y pedrerías, que un notable había hecho traer de Cartagena.
La marcha hasta Mursiya festejo fue inolvidable. Toda la luz de un día gastaron las carretas en acudir a la urbe, donde, a la puerta del Alcázar mursí, el Caíd almohade lo esperaba con un cofre, con las monedas ofrecidas. Más al llegar a ellas, Ibn Hud, el Elegido, las tomó a puñados y las arrojó sobre su cortejo de Los Alcázares.
Hoy, en algún lugar del fondo entre las Islas Menores y la Mayor, yacen los restos de un pecio musulmán, bajo el cual y luego de un montón de gruesas piedras, se halla el esqueleto de un marrajo descomunal, entre cuyos costillares, hay un arpón de plata.
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