Archivo para Octubre, 2008
Sábado, 25 Octubre, 2008

Si Saavedra Fajardo ya supuso el triunfo posible de la nobleza última, en el siglo anterior, José Moñino, luego Conde de Floridablanca, no es sino el acceso al triunfo social de la clase media, en la centuria siguiente, la del XVIII, la época de la luces, la Ilustración. Ambos murcianos debieron a su valía y pundonor el ascenso personal que el destino les deparó. En la Diplomacia el primero, en la Política el segundo. Mucho le quedaba a la casi inexistente clase media, para diferenciarse de los hidalgos del siglo de oro; pero este antecedente murciano es un claro signo de que los tiempos tradicionales estaban empezando a resquebrajarse. La sociedad estamental comenzaba a oír chirriar su milenaria máquina.
Desde sus estudios de bachiller en el Seminario de San Fulgencio, hasta la Presidencia del Gobierno, que él mismo fundó, Floridablanca recorre todos los niveles sociales dados a un “golilla” o “manteista”, despectivos apelativos con que los rancios, aun los rancios ilustrados, llamaban a los políticos de plebeya condición, que no podían presentar otra credencial de valor que su curriculum mismo. La gola y/o el manteo eran los distintivos de los universitarios españoles de la época portaban mientras eran eso: estudiantes universitarios. La despreciable altivez de una aristocracia caduca, así los denominó con clasista designio.
Cuando, por causa de los servicios prestados en la embajada de Roma, Carlos III lo hizo Conde, Moñino eligió el topónimo de sus pagos murcianos en Alquerías, Floridablanca, haciendo así universal la denominación. Siempre hubo quien le echara en cara, expresa o calladamente, el origen sobrevenido del título nobiliario. Entre ellos, los aragoneses, que, encabezados por el muy ilustrado, y noble de cuna, Aranda, al final, lograron alejarlo del poder.
La lucha entre Regalismo y Vaticanismo marcó la lucha política de Moñino. Belluga fue vaticanista o ultramontano convencido. Floridablanca, regalista. Saavedra, a su manera, también lo fue. El Regalismo creía en la supremacía del monarca en lo temporal. Su contrario veía a la Corona, como mero sustentador de la Iglesia. En el fondo, fue la misma causa de escisión que operó en la Reforma. Donde no hubo Iglesia Nacional hubo disputa entre regalistas y ultramontanos, dos siglos más tarde. En el Regalismo dormía lo que hoy llamamos poder civil. A Floridablanca debemos más que a nadie que en nuestros días perviva esa llama, ya por siempre apartada de lo religioso. Vale.
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Domingo, 12 Octubre, 2008
Hartarse de estar con uno mismo
en la muy sondable oscuridad
del dormitorio de siempre.
Serse tantamente
como no cupiera decirlo
en un solo verso o poema.
Sentirse gota interior del océano
que no viera superficie en milenios,
y desconoce la gloria abierta, solemne,
de la espuma de ola alzada
en borrasca o tormenta.
Mascar el chicle interminable,
insípido letalmente,
de la nada hecha consciencia inane.
Ser badajo de sábana
que, entre vuelta y vuelta,
con las invisibles paredes
del sueño golpea,
haciendo sonar los silencios
más graves y estridentes.
Confundirse con el tiempo
hasta el límite de creerse
estar hechos del mismo tiempo
que pasa nocturno y nunca muere.
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Domingo, 5 Octubre, 2008

De pronto, como son esas cosas, me intereso por el Monte Arabí, de Yecla. Y lo primero que me viene a la cabeza es que un lugar con pinturas de hace 10.000 años, con tantas leyendas, con restos ibéricos tan cercanos, con tanto vestigio prehistórico, no puede haber sido bautizado por los árabes, por el pueblo invasor del 711. Primero, es imposible que no tuviera nombre, no sólo cuando la tropa de Tarik o de Abdelaziz aparecen probablemente desde Jumilla. Y lo más seguro es que ya lo tuviera cuando los romanos señoreaban la zona. Era un lugar sagrado, de eso no cabe duda. Y los lugares sagrados pueden carecer de todo, menos nombre.
Los árabes, como todos los pueblos, fonetizan a su manera las palabras de los pueblos vencidos, que han de usar a menudo. Y, si como resultado de esa fonetización sale una palabra que entiende, se la apropian y rebautizan sin saberlo al lugar. Es lo que pasó con el nombre de la capital de la Región a la que pertenece Yecla: Murcia. Los hispanorromanos la llamaban Myrtia, aun cuando no era sino una encrucijada entre Elche y Lorca de una parte, y Cartagena y la meseta por otra. Los árabes oyeron Murthia, y la asimilaron a Múrsia, lo que comúnmente leemos como Mursiya. Mursiya, en árabe quiere decir algo así como embarcadero. O sea, que todos los musulmanes arábigohablantes que poblaron Murcia desde el 825 hasta el 1266 creyeron que su ciudad significaba embarcadero. Pero la Filología moderna ha descubierto que no había tal. Murcia proviene de Myrtia, la Venus del Mirto.
Bien, pienso que con el Monte Arabí puede suceder igual. Imaginémonos la llegada de los primeros iberos a la zona, tiempos no datados históricamente. Los paleolíticos –los de las pinturas rupestres- poblaban el valle, y ese cerro en particular. Los iberos hablaban un idioma muy parecido al de los vascos, si no era el mismo. Aran, proveniente de Haran, significa valle en vasco actual (Aranguren, Aranzubía, Arán). Ibili significa, también en vasco actual “andado”, “concurrido”, “transitado”. Cierto que el monte no es el valle, pero el topónimo pudo aludir a todo el entorno, restringiéndose luego al lugar más característico. Hay muchos casos parecidos. Caracas era el nombre de todo el valle de la capital venezolana, y quedó para la ciudad tan sólo.
¿No pudieron los primeros iberos denominar al lugar, Aran-Ibili (el valle habitado)?. El vasco, y ¿por qué no también el ibero antiguo?, es una lengua aglutinante; esto es, hace palabras frase uniendo dos o más raíces. O sea, Aranbíli o Aranbil… La deformación a través de cartagineses, romanos, godos y bizantinos, bien pudo dar lugar a que, al fin, los árabes dejaran simplemente Arabí, lo que les hacía dueños del topónimo.
Por supuesto esto no es más que conjetura; pero admitir que tras 9000 años de lugar habitado y sagrado, vinieran los árabes a ponerle nombre, es más conjetura aún. Ese monte es más antiguo que el pueblo ibero, al que, creo, se le debe y puede achacar la denominación del enclave. Vale.
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