Archivo para Febrero, 2009
Sábado, 28 Febrero, 2009
Llamamos sentir o pensar
a lo que hacemos:
premeditamos con la razón
y actuamos por lo intuido.
Y creemos, así, distinto
a lo que pensamos,
de lo que sentimos.
Y sospecho muchas veces,
si es que acaso
no sean lo mismo,
lo uno y lo otro:
lo pensado y lo sentido.
Que el corazón y la cabeza
no se distinguieran
y fuera su diferencia puro espejismo.
Que lo lúgubremente razonado
y su revés, lo alegremente intuido
cosas iguales, eternamente
por siempre, y desde siempre, hayan sido.
¿Pensamos intuitivamente?
¿Cuándo razonamos…
sucede, en realidad,
que de alguna manera sentimos?
Sean dos, o sean uno,
arcano sea por los siglos de los siglos.
Y busquen filósofos
de la verdad su secreto escondido.
Que nosotros…
por los dos a veces gozamos,
por los dos en ocasiones sufrimos.
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Lunes, 23 Febrero, 2009

-¡Cantaré en tu funeral!
Es la frase que más me emocionó de la extraordinaria película “Slumdog Millionaire”. Se la dice un niño ciego, mendigo profesional al servicio de un desalmado, a su excompañero de cuadrilla, que lograra escapar de las garras del ganster que los explotara a ambos, en el Bombay de nuestros días. Jamal, nombre del generoso excompañero y protagonista de la película, le entrega un billete de 100 dólares al reconocido amigo, cegado en cruel acto para extraer mejores rendimientos de su voz cantora. Al saber que busca a una niña, común compañera, Látika, para rescatarla, le confiesa donde anda, y al entender que va a ir a por ella, le dice la frase, que el espectador oye de lejos, en la voz del niño ciego, que ha quedado en su rincón del mugroso Metro de Bombay:
-¡Cantaré en tu funeral!
Agradecimiento y fatalismo. El niño ciego ha recibido el nunca visto billete, pero sabe lo que vale. Toca a Jamal rostro y cabeza, para reconocerle, en el único acto de cariño posible para él, y, al saber que va a meterse en la boca del lobo para buscar a su amada, concluye que a Jamal le queda de vida tan sólo lo que dure en llegar hasta el cutre prostíbulo donde enseñan a la aún adolescente Látika, los mil bailes y posturas con que habrá de agradar a quien compre su virginidad.
Cual Orfeo en busca de Eurídice, Jamal acude a los infiernos, al rescate de su niña amada… Pero no voy a contar la película. Yo me quedo con la frase del pobre cieguito. El sentimiento de gratitud, también el de amistad, late en el fondo del pobre niño, aun en medio del erial de su desgracia, a la que posiblemente nunca logrará escapar en sus días.
Con dejes de novela picaresca… o dickensiana, dirán anglosajones, la primera parte de la película transcurre en el desgraciado lumpen de Bombay, donde los derechos humanos naufragan en medio de la más absoluta desidia por parte de todos: el odio religioso, que deja sin madre a Jamal y a su hermano Malik, la explotación infantil, la mugre, la absoluta falta de higiene, de parámetros medievales… Pero al mismo tiempo, la existencia de oportunidades que da una sociedad libre, son circunstancias que, sin contrarrestarse, abocan a un final, en apariencia dichoso, pero que supone a la felicidad restringida al plano individual. Vale.
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Viernes, 20 Febrero, 2009

Hombres y mujeres de espaldas, camino a alguna parte, que, en realidad, es ninguna parte. Poesía de la soledad, pintura solidaria, que tiene a la persona, la sola persona, sin compañía alguna, como exclusivo protagonista. Pedro Cano, en aquellos tormentosos años del final de la Guerra Fría, vio arribar al puerto de Bari añosos barcos repletos de albaneses, buscando la dignidad. Su corazón de hombre universal y sencillo se conmovió. Realizó algunos apuntes, teñidos de la emoción solidaria del momento, y los guardó. Casi veinte años cicatrizaron aquellas heridas pictóricas, hasta que salieron del germen donde dormían, y se hicieron carne de cuadro. Roma, Florencia, y ahora Murcia, han visto este mensaje humano del pintor de Blanca, que busca comprensión, emoción y compromiso.
Por primera vez, los personajes del cuadro contemplan el fondo del propio cuadro, en lugar de la mirada del artista. El mismo fondo que los contempladores del cuadro. Por eso, su destino es el propio nuestro, gustadores de la pintura de Pedro Cano. Una casi invisible pintura que, no obstante, sabe dejar constancia de la impronta matérica que nos habla de modernidad pictórica. Debajo de esa invisibilidad plástica habita el dibujo, que la espátula de Pedro Cano va arrastrando por el lienzo. Un lienzo del mismo tamaño que un espejo de cuerpo entero, para que nos reconozcamos en esa espalda que se va de nosotros, hacia esa ciudad o hacia esa nada travestida de destino. Todos somos tránsito entre dos estaciones. Como aquellos albaneses, que luego dejaron lugar a amas de casa, a ancianos, a jóvenes en bicicleta y músicos con su instrumento a cuestas.
Pedro Cano testimonia una tragedia, que es épica en un principio: la aventura de la Europa libre para unas personas que han vivido una despersonalización feroz durante décadas. Van camino de la redención y… del sufrimiento. Al otro lado del lienzo, en esas perspectivas urbanas, habita su esperanza. Nuestra esperanza. Pedro Cano nos ha querido meter en el cuadro a todos. Su particular punto de vista es como invitación para seguir al personaje, y comprender así su soledad frente a las cosas: una soledad dramática, existencial o simplemente cotidiana. No importa de dónde vengan, o venimos: importa dónde vamos. Esa es la lección humana de estos cuadros/poemas cuyos versos parecen salir de esa difuminada niebla lírica que son siempre los fondos de sus cuadros. Vale.
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Domingo, 15 Febrero, 2009

El segundo destierro del Cid, luego del de Santa Gadea –legendario y casi seguramente apócrifo destierro- tuvo mucho que ver con tierras murcianas. Aledo y Molina de Segura. Sucedió en 1089, más o menos. El rey castellano, antes leonés, Alfonso VI, ha decidido ir en ayuda de su paladín García Jiménez, que resiste en pleno corazón de Xarq-al-Andalus, al frente de una corta mesnada, guarnecido en un castillo, el de Aledo. Con base en él, causa estragos por toda la comarca del Guadalentín.
Desde Toledo baja Alfonso, buscando Hellín como punto de encuentro. Desde Zaragoza, hasta Játiva y Onteniente, desciende por el mapa Rodrigo Ruy Díaz, el de Vivar. Andan cerca, pero no se encuentran. Cuando el rey ha llegado hasta la misma Aledo, a la que rodean todas las taifas musulmanas y aun los magrebíes de Yusuf, sucede que el paladín castellano, lo está esperando en Molina de Segura.
¿Por qué no se encontraron?
Cabe conjeturar que Alfonso llegó a través de Sierra Espuña, por extraño que parezca, pues todo el llano, desde Múrsya a Lorca se hallaba tomado por la hueste moruna que cercaba a García Jiménez. Acaso el Cid esperaba en lo bajo del valle, junto a Múrsiya, en Molina, refuerzos para acudir por el mismo llano del Guadalentín, hasta el nido de águilas de Aledo, rompiendo el cerco. Indudablemente, Alfonso entró en Aledo por la montaña, pues no se llegó a entablar batalla.
Ya en Aledo, comprueba que el Cid no ha llegado, ni se le espera. Monta en cólera, decide desterrar de nuevo a su vasallo, amén de confiscarle todos sus bienes y emitir orden de encerrar en prisiones a mujer e hijas, y termina por prender fuego a todo el pueblo, antes de abandonarlo.
Desde el llano del Guadalentín, las tropas de Yusuf y sus aliados, entre los que brilla Al Mutamid, el rey poeta de Sevilla, observan el pavoroso incendio, deducen que Alfonso no planteará batalla, eso significa la tierra quemada, y celebran la recuperación del castillo y la paz en el valle. El castellano se lleva con él a García Jiménez y a los pocos mozárabes, descendientes de los hispanorromanos que conocieron la Cora de Todmir musulmana.
La conjetura es la siguiente: ¿se perdió el Cid en Molina de Segura? ¿Conocían sus capitanes, correctamente, el mapa? ¿Por qué no se entendieron Alfonso y Rodrigo? Vale.
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Domingo, 8 Febrero, 2009

Acudo a Madrid a ver la exposición que por el centenario del pintor ha montado El Prado sobre el irlandés Francis Bacon. Sorprende en primer lugar la inconmovible fidelidad a un formato, grande, casi de mural, y a menudo agrupado en tríptico. Bacon parte de Picasso, acaba en Goya, y entre ambos, se pasea por la condición humana más podrida. Estamos ante un pintor de impresiones interiores, que no exteriores como los impresionistas clásicos. Las ferocidades de las fauces de Inocencio X, los gestos altaneros y estúpidos de sus hombres de azul o los abismos esbozados en las pinturas dedicadas a su amigo suicida Gregory Dyers, hablan mucho de alguien que no creía en la especie humana. Las carnes, amalgamas informes de organicidad y erotismo confuso, síntomas son de una especie humana animalizada, como los perros y simios que asimismo pintó.
Hablan críticos de las inseguridades de la Guerra Fría, de los horrores de las guerras mundiales… cono generadoras de ese pesimismo brutal. Un pesimismo para el que el pintor estaba preparado por esa tragedia intrínseca, aprendida de las pinceladas de Velázquez o de los brochazos de Goya. Una tragedia española, que asumió el inglés nacido en Irlanda, inconscientemente.
Quiero reflexionar sobre un cuadro aparentemente abstracto: Sangre por el suelo, mostrado en la exposición. Bacon abominaba el abstracto. Uno de los máximos exponentes del abstracto era Rothko, quien hacía series de cuadros seccionados longitudinalmente, otorgando a cada sección un color, arbitrariamente. Bacon le coge la idea, y transforma las tres bandas en calzada, acera y pared. Muy sutilmente diseñadas. En medio de la acera: un charco de sangre oxidada, oscura; un leve rastro de arrastre se advierte como salida de la sanguinolenta mancha. Aparentemente, todo abstracto, fundamentalmente, un alegato contra la violencia, sobre la simple base de mostrarla. Bacon demuestra en este cuadro que el arte abstracto tiene su naturaleza propia en hacer de “cocina” al figurativismo, alejado ya, por su parte, del realismo referencial.
La lección de existencialismo póstumo de Bacon es innegable. La condición de mera carne informe del hombre, y la radical perversión que supone asumir el poder, son las obsesiones de este pintor, que, al final suavizó sus mensajes, ya sin la tensión y desasosiego habituales. No sólo era, advertimos, consecuencia de su declive humano: Europa había descubierto, y desarrollado, ese bálsamo llamado Estado del Bienestar, luego de la Guerra Fría. Vale.
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