Archivo para Abril, 2009
Lunes, 27 Abril, 2009

Estatua de “San Liciniano”, en el Imafronte de la Catedral de Murcia
Liciniano fue obispo de Cartagena cuando la dominación bizantina. Transcurría el siglo VI. Coincidió en el tiempo con San Leandro. Liciniano fue obispo de Cartagena, pero no era cartagenero. Seguramente llegó a la ciudad por mar, desde el norte de Africa, acaso Cartago, la actual Túnez. Muchos eremitas y abades, con sus respectivas bibliotecas llegaron a Hispania por esas fechas, huyendo del acoso berebere, preislámico o islámico propiamente. San Leandro, en cambio, sí fue cartagenero, pero no fue Obispo de Cartagena. Dejó la ciudad cuando mozo, con su padre Severiano, y ya en Sevilla, alcanzó el grado de Obispo. Arzobispo si consideramos que Sevilla convocaba a los obispos de
la Bética, provincia romana que pasó a provincia eclesiástica.
Bien, pues en 595, Leandro volvió de su segundo viaje a Constantinopla. Había ido a preguntar al Emperador cuáles habían sido los acuerdos con el Imperio, para que los bizantinos tomasen para sí un pedazo de Hispania. Los pergaminos firmados por parte del rey Atanagildo, que los llamara para su guerra con Agila, su rival por la corona goda, se habían perdido. En Bizancio, ahora Constantinopla, se habían quemado. Viaje en balde.
Bien, pues Leandro desembarcó en Cartagena, y allá que salió a esperarle Liciniano. No podemos imaginar otra cosa que estuviesen en alguna fecha de la estación propicia, esto es el verano, entendido en sentido lato. El encuentro fue muy frustrante para Liciniano. “Llevaba mucha prisa”, nos dice Liciniano. “Y no tuvo tiempo para decirme nada de los Comentarios al Libro de Job de Gregorio, el Obispo de Roma”. Leandro no amaba mucho regresar a Cartagena. Sépanlo todos. En escritos a su hermana Florentina le dice que ni se le ocurra pensar en volver a nuestra ciudad. Y lamentó mucho haber mandado a Fulgencio un par de veces. Por cierto, Fulgencio nunca fue Obispo de Cartagena. Lo fue de Écija. Pero no de Cartagena. Siento frustrar a algunos, pero fue así. Belluga inventó su obispado en Cartagena. Es de suponer que Fulgencio vino para tratar asuntos del patrimonio familiar, que no debía ser poco, habido cuenta de la importancia de Severiano, el padre de ambos. La causa del poco aprecio de Leandro por Cartagena hay que buscarla en que, cuando salieron de la ciudad, éste era arriana en cuanto a los godos principales en su seno, y bizantina en cuanto a poder político. Leandro desembarcó, y salió con prisa para Sevilla. Vale.
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Miércoles, 22 Abril, 2009

San Fructuoso vivió cuando los godos. Murió en 665. Por cierto su tierra goda era Iberia, ni Hispania, ni Luistania. Palencia y Braga eran la misma nación para él. Bien, pues este Fructuoso fue varón piadosísimo, que se formó en la Catedral de Palencia y luego se fue al Bierzo, tras dar todo lo que tenía, liberar sus esclavos, y raparse la cabeza. Su fama de asceta fue propagándose, y pronto llegaron a la comarca gentes de toda condición, con el ánimo de imitarle. Tantos y tantos llegaron, que hubo de escribir una regla para que se orientaran todos.
Pero, además, San Fructuoso hizo un milagro de libros. Verán. Era primavera, que era cuando se viajaba entonces, por evitar el frío mayormente. Fructuoso viajaba con libros, para leer y estar instruido siempre. Como muchos vamos con el ordenador portátil cuando viajamos.
Entonces, los libros no era sino códices; esto es, volúmenes encuadernados de pergaminos. Ya no se llevaban los rollos romanos. Y aún no estaban los libros. Bueno, pues los códices de Fructuoso viajaban sobre unos serones montados sobre una mula, que encabalgada era por un jovenzuelo paje al servicio del que ya entonces era Obispo.
Fueron a pasar un río… En aquellos tiempos no había puentes, casi, y los caminos atravesaban ríos, por vados. El vado iba crecido, con mucha agua, pero no tanta para que el joven custodio de los libros no creyera que su mula podría con aquellas aguas semibravas. Y, ¡zaca!, allá que espoleó a la mula para pasar el atorrenteado riachuelo. Pero, el agua es traicionera, y llevaba mucha más fuerza de la que el inexperto imberbe suponía. Y al fondo que se fueron todos. El rapaz enseguida se zafó de la montura –diz la crónica- y se salvó. La montura fue llevada por las aguas y allá que sabría salir sola cuando remansase la torrentera. Pero lo libros. Oh, los libros… Allá que vieron a los serones cabe la orilla, inundados de agua. Y, por tanto, sus códices echados a perder, con la tinta disuelta en el agua violenta de la crecida primaveral. No obstante, el santo Obispo mandó que acudieran a rescatar los librescos serones. De mala gana obedecieron todos, y cuál no sería su sorpresa, cuando al sacar uno por uno los códices, halláronlos secos como antes del suceso. El agua había respetado la sabiduría leída del santo. Vale.
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Domingo, 19 Abril, 2009

Símbolos monoteistas en un mosaico de
La Villa Romana de La Omeda
En el siglo IV, algún romano poderoso se instaló en plena meseta castellana, cerca de la actual Saldaña, en Pedrosa de la Vega, sin ningún tipo de cuidado, en el llano. Fundó una hacienda agropecuaria y levantó Villa para dirigirla. La Olmeda, se llama hoy. Eran tiempo de prosperidad para el Imperio. Los bárbaros eran detenidos todavía en los limes romanos, en Germania, Dacia y doquiera que fuese. Largas décadas quedaban aún para que irrumpiesen los bárbaros en las tierras civilizadas por Roma.
Nuestro hombre se trajo de Oriente -creemos- un artífice de mosaicos, un mosaista, que era algo más. Y llegó a un acuerdo con él para elegir qué ilustraciones compondrían -él y su equipo- sobre los suelos de la Villa, dispuestas sobre todas las dependencias abiertas al ancho y cuadrado Compluvium. En la sala de las recepciones, nuestro artífice diseñó la escena en la que Ulises acude a la isla de Skyros, en el Egeo Norte, cercana a la costa, para rescatar a Aquiles del palacio de Licomedes, donde la madre del héroe de Troya, Tetis, lo había escondido para ahorrarle la muerte que lo esperaba en Troya. Sin su presencia y muerte, los aqueos no hubieran ganado la guerra, según oráculos. Ulises, el astuto, se presenta en Skyros disfrazado de mujer vendedora de afeites, pero una vez dentro, arroja todo por los aires y se lleva al que será paladín de Troya. Todo representado con un realismo y composición más pictórica que mosaicista.
¿Por qué una escena griega? ¿No estamos en terreno latino? Cuadraría mejor una escena de La Eneida, ¿verdad? O un mito olímpico romanizado… alguna hazaña occidental de Hércules, por ejemplo. Conjeturemos fuertemente, que es naturaleza del blog: El artífice plasmó -con el consentimiento del amo si no con su comlicidad- una escena mitológica de su isla natal (?): Skyros. Atrevida sugerencia, por supuesto.
Pero en el deambulatorio norte, cuadrado deambulatorio, hay representado un mosaico, aparentemente geométrico, que llama la atención por la presencia reiterada de cruces gamadas o svásticas. Hay otros dos símbolos, que comparten este mismo lado norte de la logia: dos eslabones de cadena entrelazados y una cruz griega, de simetría central. Bien, son tres símbolos monoteístas claros: la Svástica es un símbolo solar, mitraico, que hereda el Mitraísmo del Maniqueísmo y éste del Mazdeísmo. Desgraciadamente, los últimos herederos de la svástica son los pervertidos y genocidas nazis. Condenémosles y salvemos el símbolo. Si se puede.
Las tres son religiones monoteístas de origen persa. Ahura Mazda era el Dios Único predicado por Zoroastro. De esta religión no quedó nada, luego del Islam. Pero aún estamos en el siglo IV. Los dos eslabones entrelazados son el Nudo de Salomón. O Sello de Salomón. Hoy es un trazado común, utilizado en muchos otros mosaicos. Y es un dato trivial en la decoración. Pero, allí, junto a la Svástica y la Cruz Griega, quiere decir mucho. Los dos eslabones representan la alianza de Jehová con su pueblo. Lo mismo que los dos triángulos interprenetados de David, que conforman la Estrella, la cual desde un poco después representará a los judíos todos. Luego, está, en el mosaico y como tercer elemento, la Cruz Griega, muy orlada de contornos, acaso para mimetizarla. Todavía no se ha extendido la Cruz Latina de pie largo. La única Cruz que hay entonces es la griega, el primer entorno de universalidad del Cristianismo. La Biblia está siendo traducida al latín por San Jerónimo en esos mismos tiempos. Todo es griego en el Cristianismo entonces. Resumamos. Ahura Mazda, Jehová y Jesús. Son las tres maneras de nombrar al Dios Único que hay en el siglo IV. Dos o tres centurias más tarde el Islam hubiera sustituido a la Svástica.
Sin duda, tan sólo una mente oriental conoce esas tres circunstancias, que vienen tan en contra del politeísmo olímpico, pagano. Acaso podemos sospechar que el dueño de la Villa, perfectamente pagano nunca supo nada de aquellos símbolos, sino que eran caprichos geométricos del prestigioso artífice que se hizo traer de Grecia (¿Skyros?). En todo caso, de los cartones que presentó al amo, como patrones de los mosaicos, eligieron éstos. ¿Quién sabe por qué? En este contexto, ¿no podemos suponer al Ulises que destroza el palacio de Licomedes para llevarse al Príncipe de los Mirmidones a guerrear a Troya, como un trasunto del Monoteísmo, que viene para arrasar al Politeísmo y rescatar al hombre (Aquiles) para la Verdad? Las semejanzas con el pasaje evangélico de la expulsión de los mercaderes del templo es evidente también.
Aún hay más. La estela de mosaico que así canta al Monoteísmo es la Norte, la que da a la Estrella Polar, que desde siempre se sabe que es la única que no gira, y a cuyo alrededor se mueven en círculo todas las demás, en particular, y muy cerca de ella, la Osa Menor, que girando con su paleta a cuestas es trasunto de la Svástica, palabra que es la unión de dos letras sánscritas, que significa La Buena Nueva. O Buen augurio. ¡Navidad! La Estrella Polar, otro trasunto del Dios Único. Y el recorrido de la casa, entrando por el Sur, yendo primero hacia el Oecus o sala de los sucesos de Skyros, hace que recorramos esta logia norte, de Levante a Poniente, desde los aposentos más nobles, los del amanecer, hasta los más ancilares (letrinas, baños…), los del ocaso, como el mismo Sol, el otro gran trasunto celeste del Dios Único.
Podemos suponer, si seguimos la conjetura, que esta Villa Romana era toda una premonición del triunfo en Occidente de la Creencia en un Dios Único. Vale.
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Martes, 14 Abril, 2009
En Orihuela, su pueblo y el mío…
Miguel Hernández
Oleza, desde mi balcón la veo;
justo allí, donde da comienzo el cielo,
al pie del monte, bajo el monasterio,
los claros días del azul invierno
que miro descuidado hacia lo lejos
tan sólo para verla sin saberlo.
Oleza, la de los palacios viejos
de rostro abarrocado y polvoriento.
¡Ay, Oleza!, de Obispos y cabreros,
su pueblo y el mío ¡ay, compañero
del alma,
ay del alma compañero!
Desde tu huerta, que es la mía, espero
que vengan las abejas a decírmelo,
cómo a la sombra clara, al leve fresco
de las altas palmeras del ensueño,
prosigues, Oleza, a escribir tu verso
de monte, de arte, de río y de huerto.
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Jueves, 9 Abril, 2009

Se rebela el procesador de textos, que desconoce la palabra auroros, y me la corrige hasta el tercer intento, en que, porfiando, cede a mis pretensiones, si bien, me subraya el vocablo en rojo, como señal de su protesta vencida. Y es que los auroros son unos rescatadores de masculinidad a una palabra esencialmente femenina. Son unos feministas del léxico, que se anticipan a la feminización de la sociedad. Ojo, a la feminización, no al afeminamiento. Y ellos ya lo hacían tiempo y tiempo atrás. Ya lo saben. Les oigo cantar la tarde del Jueves Santo, en la explanada de San Agustín, rodeados de fieles propios y curiosos. Y me siento Jueves Santo con ellos. Su monosalmodia o así pone un acento de murcianía en el aire, ni frío ni caliente, de Abril.
La tarde Jueves santo tiene mucho de víspera, en Murcia. Ya están los pasos de Salzillo preparados, con sus flores y cenas dispuestos para el desfile procesional del día siguiente, un día siguiente que hace a éste día anterior. Sobre todo por la tarde.
Y así, de los pasos de Jesús, volvemos a los corros auroreos, con su campana y sus voces viriles que se aúnan en el colectivo de femeninas raíces. Pocos pintores han sucumbido a la tentación de plasmar en el lienzo este corro de voces auténticas, étnicas que diría un erudito, acaso a la violeta. Las palabras de los poemas, sencillos, emotivos, directos, escritos en el estilo popular, con una expresividad que supera a la pobre sintaxis, que tan poquita cosa tiene que decir ya a nadie. Pero es mejor dejarse llevar por la lenta salmodia que emana de las gargantas graves y piadosas, que ponerse a analizar la letra de las piezas.
En el cielo, los arreboles rosados, naranjas y ya grises de la tarde abrileña iluminan por última vez la plaza. Las luces municipales son para todos. Antaño, los pintores así lo muestran, había niño que portaba el farol, en bajo, para iluminar el corro. Y las caras de todos presentaban unos trazos como de Caravaggio, el tenebrista italiano, uno de los maestros de Velázquez.
Hace siglos que están ahí, como el Ángel de Salzillo, ahí adentro, en la Iglesia de Jesús, como el San Juan, que tan graciosamente recoge la túnica con su mano y alza la otra, señalando lo más importante de todo. La fe. Vale.
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Martes, 7 Abril, 2009

Adiós, Mari Trini. Remas sola ahora hacia lo eterno. Ya no mueve el azar el otro remo de tu barca. Lo lleva un ángel, y acaso no es una barca lo que te lleva por el éter intangible del trasmundo, es una góndola, en la Venecia de los sueños. Tarareando va el ángel tus canciones… Con una voz más allá de lo viril, quiere imitar el sensible desgarro de tu voz, pero no lo consigue, sólo susurra mientras boga sobre las quietas aguas de la Venecia, ya digo, de los sueños. Pero a ti te sirve el homenaje del impar gondolero, alas plegadas, túnica remangada, rizados cabellos, hermoso como ángel. Mojas en el agua tus manos, y miras cómo caen las gotas que resbalan por tus dedos. Te viene una melodía a la cabeza, y los acentos de alguna frase hermosa, para hacer una canción. Mas lo dejas. Abandonas. Piensas que el viaje va a durar una eternidad, y recoges tus piernas en los brazos, mirando al infinito. Pero no hay infinito. Hay una niebla, entre la que, acaso, se desdibuja algún perfil de cúpula o farola de rayas blancas y rojas de señalización veneciana. Un rumor de agua resbalada en el liso perfil de la góndola, pone acompañamiento al dulce tararear del gondolero, que te lleva, ya sabes, infinitamente al ínclito infinito que tú soñaste cuando viva.
Pero sigues viva aún Mari Trini. O eso piensas mientras surcas canales y canales en la góndola que te lleva. Vamos contigo todos cuantos oímos, gustamos, saboreamos tus canciones. Y sentimos el orgullo de saberte caravaqueña, murciana. Una Murcia de dinamita poética pura. Porque tus canciones eran poesía, Mari Trini. Una poesía que devolvía al verso la música de origen.
Resuena ahora en mí tu versión de Ne me quitte pas, la inolvidable creación de Jacques Brel. Sabías ver el desgarro de corazón cuando lo escuchabas, y no pudiste quedarte sin dar a esa canción tu voz. Y nos la ofreciste con el corazón en la mano. Y Canción Vieja, de Patxi Andión. Y todas la tuyas, justo las que el ángel tararea una y otra vez a tu soledad de mujer sensible y fuerte.
Sigues viva, decía, en el recuerdo de toda una generación, que aprendió los caminos del corazón con tus letras, que, como flechas ondulantes, flexibles, certeras, herían nuestros adentros, siempre.
Mari Trini, Adieu… Vale.
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