Archivo para Mayo, 2009
EL CANTO DEL CUCLILLO
Martes, 26 Mayo, 2009
Yo lo llamo cuclillo. Pero no sé su nombre. Soy de ciudad. El cuclillo tiene literatura. Otras aves no. Acaso fuera la avecilla que le cantaba al albor al prisionero del romance. Que por Mayo era, por Mayo… Y es entre la madrugada, aún tiniebla y el albor, primera claridad, cuando escucho su canto, breve, repetido, nada estridente. Es una de las voces del silencio en esa hora bruja. Cuando el frío y la amenaza de pronta luz, me sacan de la cama para cerrar batientes y abatir persianas, a fin de procurarme acaso tres horas de sueño más. Soy insomne. Ay de los insomnes. Cuando tal sucede, acabo de pasar el ecuador de mi dormir. Antaño, al escuchar al cuclillo maldecía el momento, la huida del sueño plomo que me tenía… Esta mañana, sin embargo, el canto del cuclillo me llegó diferente. Era hermoso, y natural, muy natural. Sus notas resumían el silencio mejor que el silencio mismo. Y la noche era noche, pero ya sabía que habría de desnudarse. La noche desnuda es el alba. El alba tiene un manto rosado, la aurora, que hilado fuera por Homero en hexámetros inmortales. El amanecer es rojo o fucsia o naranja o bermellón…Y el día es azul, como dijo Machado. Pero el cuclillo prefiere la madrugada, que es la noche última. Y hoy me he congraciado con él. Ha tenido paciencia conmigo. Lo ha logrado. Con razón lo amaba el prisionero. Oh, sí, espero que Dios le diera mal galardón al ballestero aquél que dice el romance. Y qué pena no saber el nombre de su autor, para ponerlo junto a Homero y a Machado en esta prosa.
He entendido su sentimiento, su naturaleza, su fluir natural, que continuaba la noche en una existencia canora, ya no visualizable. El cuclillo traduce la noche a sonido, pero le deja toda su sencillez. Como sólo la gran poesía es traducible. La mala, no. Y sentí no poder traicionar a mi costumbre de cerrar mi cuarto a su canto. Y obedecí la inercia, que me llevó de vuelta a la cama, pero muy desconsolado. No logré dormirme, porque había visto la luz canora del ave del misterio. Y una gran suavidad, como nube, que no era sino la melodía silente del cuclillo resuelta en éter, me envolvía. Las luces del alba primero, las de la aurora después, lograron al fin entrar por las oquedades y rendijas de mi casa, hasta mi lecho. Y me desperté del todo. Me supe más sabio. Me levanté. Vale.
ACERCA DEL DISCÓBOLO DE MIRÓN
Domingo, 24 Mayo, 2009
Acudo al MARQ, en Alicante, para ver una de las copias romanas del Discóbolo, del escultor Mirón. Una de las más celebradas obras del periodo clásico griego. Muy bien “museada”, en medio de una gradería circular, como está bien que sea para una estatua de bulto redondo, me pareció más un atleta posando en el momento de máxima tensión del lanzamiento, que una verdadera expresión del tal momento. La sabiduría museística dice que el atleta tiene un hemisferio en tensión, el izquierdo, y uno en exposición, el derecho, y que tal distribución de energías sirve al equilibrio que el clasicismo preconiza. Un clasicismo a pique de entrar ya en el manierismo helenístico.
Mi observación es que ambos hemisferios son eso, la muestra de alguien que conoce la disposición correcta del cuerpo en posición de lanzamiento, posando para el escultor. El equilibrio viene de la pose, no de la conjunción de los dos bastiones corporales: uno para sostener, otro para lanzar. En suma, es una obra que sirve más a un canon de belleza que a un expresionismo escultórico, mimético de la realidad de la suerte atlética del lanzamiento de disco.
Y, más subliminalmente, un homenaje al cuerpo bello masculino, proporcionado, bien torneado y en las medidas justas de todas sus partes. La obra pasó a nuestro tiempo con la cabeza hacia abajo, errónea postura del lanzador de disco, o con la cabeza hacia atrás, postura verdadera del atleta que de esa modalidad se ocupa. Parece ser que la más fidedigna es la que muestra la cabeza hacia atrás, momento en que el atleta mira por última vez al disco antes de empezar a lanzarlo, aún dentro de su mano, hasta que es dejado salir, una vez el brazo elevado completamente en diagonal con el cuerpo. La cabeza hacia abajo es una variación sin rigor atlético, que, no obstante, aumenta el equilibrio del original; pues esa cabeza hacia adelante es más consecuente con una postura serena, que es el objetivo de todo equilibrio. Es decir, la cabeza hacia abajo aumenta el sentido que, creemos, Mirón debió dar a su escultura. Con lo que el atrevido copista que varió por primera vez la obra no hizo sino obrar en consonancia con lo que de ella emanaba.
En resumen, el Discóbolo es el retrato escultórico de alguien que posa de lanzador de disco, no de alguien que lanza el disco. Por comparar, el San Pedro de Salzillo que arremete contra el sayón por el suelo, brazo en alto con la refulgente espada, sí es alguien que está haciendo ese acto de pleno movimiento y tensión. No es alguien que posa. ¿Entendido? Vale.
SUBIDA A LOS CIELOS DE ANTONIO CAMPILLO
Lunes, 18 Mayo, 2009Marchó el escultor. Su alma, acompañada de varias de sus gordas en bicicleta, vuela ahora entre nubes, camino de la Gloria definitiva. El va andando, con su bolso al costado, y su figura de maniquí, sonriendo, mirando hacia abajo, o de soslayo a sus gordas desnudas, que le sonríen mientras pedalean y pedalean. Unas a otras se adelantan caóticamente, y aunque van cuesta arriba, pronto, al perderse la referencia terrestre, ya se creen horizontales. Han salido de la luminosidad solar de la atmósfera, pero no son circundados por la cósmica noche infinita. Van en una aureola, como de galaxia, siempre entre luces blancas y azules. No pierden el sol y el calor, la luz de la Huerta de Murcia, que llevan consigo.
Pasan junto al pequeñísimo planeta del Principito, que deja sus reflexiones lindas, profundas y eternas, por asomarse al espacio y decirles adiós. Las gordas le devuelven el saludo, riendo, soñando. Y siguen pedaleando mientras ven la mano alzada de Campillo devolverle el saludo al personaje. Pronto el Principito y su bola planetaria se van haciendo pequeños y pequeños.
Y es entonces una nave espacial, con cosmonautas con traje de buzo blanco, que arreglan un desperfecto en el exterior de la quieta nave. Campillo hace un alto, y sostiene un martillo al arreglador de naves espaciales, que agradece el gesto. Las gordas han echado pie a tierra, a esperar a su maestro. Campillo echa una mano en el arreglo, y todo queda perfecto. Se chocan la mano como dos baloncestistas, y prosigue su marcha la comitiva de las bicicletas.
A su izquierda, hay un agujero negro, muy profundo. Por él se asoman brujas de aquelarre, goyescas, que jalean a las ciclistas, como si en el Tour de Francia estuvieran. Las desnudas mujeres de Campillo les ofrecen un sprint, y al final, la vencedora sube a un podio, para que Campillo le entregue un trofeo esculpido por él. Luego, cuando le da el beso a la vencedora, las brujas del agujero negro prorrumpen en festiva gritería. Y siguen.
Continúan andando y volando, y llegan, al fin, hasta una hermosa alameda de moreras, en cuyo final, ataviado en recatada gala rococó, lo espera Francisco Salzillo. Las gordas bajan de sus bicicletas y observan calladas. Antonio Campillo se arrodilla ante el Maestro, quien, por toda respuesta, lo levanta y lo abraza. Lloran entonces las gordas. Vale
EL CASTILLO DE LA VERDAD (CUENTO)
Sábado, 16 Mayo, 2009En aquel castillo de La Provenza habitaba el Señor de la Comarca. Tenía una hija, gran lectora, a escondidas de su padre. Había sido formada de niña por un aya cátara, amante de los libros. Marchó el Señor Feudal a las Cruzadas, y, pasados los años, ocurrió que no volvía. Una noche, la joven, mientras releía una copia de la Chanson de Roland, escuchó la trémula voz de un trovador, que llegaba desde la ventana, abierta a los placeres de Mayo. Cantaba con escasa voz, y su trovar no era de la mejor condición. No sabía rimar en consonante, desafinaba, y apenas salía de los más viejos tópicos. Salió a la alta finestra la damisela, y escuchó completa la trovada. Hablaba de unos amores frustrados, donde moría su querida amante.
-¿De dónde vienes, trovador? –le preguntó la joven castellana.
-Vengo de las Cruzadas. Allí fui guerrero.
-¿Cambiaste la espada por el laúd? –volvió a preguntar la infantina.
-No, la espada me cambió a mí por otro caballero –aclaró el tañedor.
-¿Y el laúd? –insistió la doncella
-Al laúd lo escogí yo, mi señora. Aunque él todavía no me ha escogido a mí, como habréis podido comprobar –afirmó cortés el aludido.
-Mmm… sois el primer trovador humilde del mundo. He visto muchos en mis salones. Y os puedo asegurar que no miento –arguyó desde arriba la heredera del castillo.
-¿En algo, pues, soy el primer trovador del mundo? ¿Me hacéis ese honor de considerarme tal, mi señora? –contestó zalamero el músico y poeta.
-Y lo creo. Saber tocar el laúd y cantar a la vez es algo difícil, que pocos logran, más todos creen hacerlo muy bien. ¿Querréis hacerme el favor de volver a cantar la hermosa trova que acabáis de entonar? –pidió la insomne muchacha.
-¿Queréis oírme desafinar de nuevo, mi señora? –preguntó él.
-Más que la perfección, me interesa la verdad, trovador. ¿Hubo amor cierto en esa historia que cantáis, verdad? –adujo ella.
-Sí lo hubo, mi señora. Sí lo hubo. Amores de una mora me lo hicieron componer, amores que hicieron dejara espada. Cruzados mataron a la mora y a mí quebraron el corazón. Dejé las Cruzadas, y desnavegué la mar por volver y buscar a mi dolor dulzura para descansar –aclaró el cantor.
-Entonces, cantadla y seguir andando, trovador, que no son los castillos, lugares para cantar amores verdaderos. Mentiras bellas forman el trovar clus, que no amores ciertos, que, dicen, asunto son de crónica. Calmad vuestro corazón, y seguid vuestra marcha. No hay, en los castillos, paz para un corazón doliente. Seguid, seguid vuestro camino, que el corazón sabrá dónde habrá de tener fin.
Escuchó la petición el trovador, y comenzó a entonar entonces su trova como nunca lo había hecho antes y jamás logró volver a hacerlo después. Con las últimas notas, la doncella del castillo se retiró, apagó el pabilo que luz concedía a la escena, y acabó todo en la oscuridad de una noche de Mayo sin luna. El trovador, acabada la rima, envolvió su laúd, embozó su capa, y buscó su montura para seguir noche adelante, buscando la paz a su doliente corazón. En adelante fue… el mejor de los trovadores de la Aquitania toda.
Alguna vez quiso volver al Castillo de la Verdad, mas nunca consiguió dar con el camino que a él llevaba.
10-05-2009
EL POEMA (HOMENAJE A PESSOA)
Miércoles, 13 Mayo, 2009El poema
O poeta è um fingidor
Pessoa
El poeta
nunca sabe,
cuando escribe,
lo que le pasa.
El poeta escribe,
precisamente,
para esclarecer
lo que en realidad
le pasa.
Ocurre que casi nunca
llega a saber
apenas nada
de aquello que él cree
que entonces le pasa.
Pero sabe mentir
con bellas,
precisas palabras…
algo parecido
a lo que en el fondo
en realidad le pasa.
El mejor poema
surge entonces:
cuando ha sabido,
el poeta,
poner un velo, una gasa
sobre aquello,
que, a fin de cuentas,
en realidad le pasa.
10-05-2009
LA NO BATALLA DE LA VOZ NEGRA
Domingo, 10 Mayo, 2009



