Archivo para Agosto, 2009
Sábado, 29 Agosto, 2009
En uno de tantos viajes por carretera de este verano, he pasado varias veces por un cementerio de coches. Ahora se llaman desguaces. Lástima. Cementerio tiene un algo humano, que el tecnicismo desguaces no tiene. Y es que, con la difusión del coche, vino, ay, su deshumanización. Pero, al principio, aquello se llamaba eso: cementerio de coches. Arrabal escribió una obra de teatro con ese título. Pero ahora, ya no se llaman así.
Y he vuelto a ver a los coches unos encima de otros. Y nunca me es indiferente. En cada coche de esos yacen montones de ilusiones y desilusiones. Pero a mí se representan aquellas primeras de cuando se estrenó el coche. Es incomparable la ocasión en que estrenamos coche, sobre todo hace algún tiempo. El ruido, novedoso; el tacto del volante, casi erótico; el olor, lo más unido a la sensación de estreno; la tecnología, insólita para nosotros… Y la alegría colectiva de la familia que ocupa los asientos por primera vez. Todas estas cosas fueron, siempre, para todos –por lo menos hasta diez años atrás- una ocasión memorable. Ocasión que, sin embargo, no sirve para fijar fecha. Los coches nunca tuvieron cumpleaños. Pero dieron felicidad. Luego, algunos, por desgracia, produjeron infortunio y llanto. Pero todos –todos- tuvieron ese primer día maravilloso de gozo y plenitud.
Ahora son los muertos insepultos de un cementerio sin tumbas, donde los cadáveres se amontonan mutilados, ante la indiferencia de quienes pasan a velocidad a unos metros de distancia. Acaso algún coche nuestro se halle entre esos que digo, alguna vez. Y él nos presienta, y sienta vibrar algo de lo que nos hizo sentir en aquella fecha ida.
No es dado rezar por los coches muertos en su camposanto de chatarra y herrumbre. Pero ese memento instantáneo que yo siento cada vez que veo esos coches que ya nunca rodarán… se parece mucho, os lo aseguro, a una oración. Un brindis por aquel día –que todos tuvieron- de primera vez. Cada uno distinto y todos iguales en la intensidad de ilusión. Más que colección de hierros oxidados, a mí me parecen testimonio de una felicidad pasada, que nadie quiere escuchar; pero que yo presiento grandemente. La felicidad del primer día de coche nuevo. Entre las felicidades pequeñas, quizás una de las más grandes. Vale.
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Martes, 18 Agosto, 2009

Si venís a Como,
acudid al puerto
que límite y fondo
concede al Lago.
Aguardad la noche.
Y, entonces, cuando la oscuridad
confunda los perfiles de las montañas
que cierran vuestra vista por enfrente,
y, también, casi a la vez,
se enciendan las luces de las casa en los montes,
al tiempo que van surgiendo las estrellas por lo alto…
entonces, creedme, podréis haceros, sin esfuerzo,
fácilmente, a la idea de que son una sola cosa ambas luces,
las de arriba y las de abajo.
Y una sola oscuridad la que de vuestros pies al infinito
se abre abismal y solemne.
Es el puerto entonces,
como un balcón al Universo.
Y vuestros ojos,
náufragos son del Cosmos.
Contempladlo todo y en nada penséis,
salvo en sentiros una lucecita más
del inmenso escenario
del gran teatro de la noche sideral.
13-08-09
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Jueves, 13 Agosto, 2009

En Milán, con gusto os invito,
detrás de la Galería Vittorio Emanuele II,
-tan cerca del Duomo-
cómo no, a un capuccino.
Allí, junto a la multitud cercana
del entechado de cristal,
labrados muros de artificio
y ornada estatuaria de dioses y de mitos.
En taza de porcelana con dorado filo,
y bandeja de pastas, chocolate y barquillos.
Los camareros, de corbata,
plenos de exquisita atención y estilo.
Paz junto al tumulto inmediato
de turista y bullicio.
Hora y media estuve allí
a solas conmigo mismo,
dormitando, soñando,
repasando y perfeccionando en la memoria
los versos y las páginas
de este mismo libro que ahora escribo.
Park Hyatt se llama el milagro.
Allí os espero. Acudid sin prisas.
Si no estoy, ya sabéis…
Recordad este poema
mientras os traen el capuccino.
Reposad después y marchaos.
Olvidad que allí estuvisteis nunca…
hasta que vuestro espíritu, convulso,
precise de nuevo,
el llano inane de lo inefable y tranquilo.
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Domingo, 2 Agosto, 2009
Transcurría el verano de 1516, aún era rey de España Fernando el Católico, viudo de Isabel, bien que la unidad del tanto monta / monta tanto ya no era lo que había sido en tiempos. Don Pedro de Estupiñán y Virués, conquistador de Melilla, moría en el Monasterio de Guadalupe, a causa de una indigestión súbita, causada, seguramente, por un pequeño atracón inesperado de melón. Es el melón traicionera cucurbitácea, que, en determinadas condiciones, puede matar, como fue el caso de Estupiñán. “El melón, por la mañana es oro, a mediodía plata, y por la noche mata”, dice el refrán, refrán que, por cierto, es aplicado en algún que otro alimento. Don Pedro, que casi 20 años atrás había conquistado Melilla, para su señor de entonces, el Guzmán que ostentaba la Casa de Medina Sidonia, estaba aquel día ya al servicio directo del Rey. Había sido nombrado Adelantado de Indias, con sede en Santo Domingo. Por tal motivo, y debido a alguna vinculación piadosa a la Virgen de Guadalupe, acudió al santuario extremeño en acción de gracias. Y, como decimos, era verano…
Don Pedro, sudoroso como correspondía a los hábitos vestimentales del momento, no debería andar muy fresco de ropa. Podemos imaginarlo sudando, acaso barbudo, y ya algo mayor; sobre todo para la época. La Historia lo cuenta tal cual. No da noticia de por qué iba solo el noble jerezano. Y, dado que sabemos del calor que reinaba en aquellos precisos momentos del día de autos, podemos imaginárnoslos cercanos, bien anteriores, bien posteriores, al mismo mediodía.
Don Pedro se ha sentado, acuciado por la canícula. ¿En un poyete de umbría en Guadalupe, en un tocón de árbol a la intemperie? La Crónica no está atenta a tales pormenores, que deja siempre a la novela histórica. En la escena, Don Pedro no está solo. En su segundo acto, acierta a pasar por allí un plebeyo. Truhán o habitante de la villa, tampoco lo dice el escrito. No anda desocupado. En sus brazos porta un melón. ¿Lo habría robado? ¿Era suyo y volvía de su huerta con el postre del día? Nada de esto importa a los cánones de la Crónica, y nada, por consiguiente, nos dicen de ello. Y como buen español del montón desde hace tanto tiempo hasta hace tan relativamente poco, porta una buena faca en la cintura.
-Buen hombre –le diría el Adelantado, al que suponemos amable y comedido aunque noble- ¿me darías una tajada de ese melón, que estoy sediento?
El aludido, pasmado de ver que un Grande de España le requiere, ni corto, ni perezoso, desenvaina la cabritera, la abre, la limpia en su mugrienta manta de camino –deferencia hacia el Prócer- y con maestría, acaso apoyando en su alzado muslo el preciado tesoro, lo raja, y procede con no menor maestría, a tajarle una media luna de rica agua dulce melonera al Usía. Aclaremos que, verano o no verano, los majos españoles siempre portaron manta al hombro, como aditamento defensivo en la siniestra, mientras en la diestra esgrimían la albaceteña.
Con un gesto de educada aquiescencia, el descendiente de godos le coge la ofrenda y la engulle, supongamos -en su honor- que a ojos cerrados para mayor deleite suyo.
Ya mira con gozo el melonero el placer gustativo del noble, cuando éste comienza a sentir los efectos que el melón puede causar cuando no se ingiere debidamente. Con el cuerpo alterado por la calor, el melón colaboró según las leyes bioquímicas a las que fuera asignado desde la Creación, paralizando por completo el intestino de Estupiñán. De allí al poco la cosa acabó en muerte. Descanse en paz.
Al pobre fulano generoso, que abrió su melón para Don Pedro, no le debieron ir muy bien las cosas, ya que algún documento que otro alude al envenenamiento para explicar el óbito del Conquistador de Melilla. Por cierto, algún cronista dice que no hubo tal conquista, que el Peñón estaba deshabitado cuando desembarcó, y que así estaba previsto cuando embarcara en San Lucar tres días antes. Sic transit gloria mundi. Amen. Vale.
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