Es la tarde cenicienta de un domingo de Septiembre. Los cielos se han nublado, y el viento trae mensajes de humedad y de frescura. Boquea el verano. Y la pluma se pone estupenda, como decía aquel personaje de Luces de Bohemia. Aparca el apunte de actualidad e intenta acercar a la columna un poco de poesía posible con la prosa y la velocidad lectora del que, apoyado en la barra de un bar de lunes, aguarda a que el camarero le sirva el primer cortado de la mañana. El día espera agazapado ahí afuera con sus horas y sus trabajos. Por algún lugar dirá el periódico que ayer llovió. Y será noticia que la lluvia ganó su primera batalla, en realidad escaramuza, al calor, que -bien seguro- aún habrá de sobrevivir más allá de San Miguel y de El Rosario.
Pero esta tarde, que es el ahora del cronista, llueve o está a punto. Hay nubes bajas, seguramente con tormenta, hacia la umbría de Carrascoy. Han silenciado los climatizadores en las casas, y los comercios, cerrados, suspiran en su interior por una onza de esa brisa fresca que se anuncia en el aire vesperal de la semana que habrá de ser última del estío astronómico. Melodías de novedad danzan en las mentes y los imaginarios colectivos y personales de todos. Ya viene el cortejo, ya viene el cortejo… piensan algunos, recordando a Rubén. Y el cortejo es el del Otoño, que se anuncia con este heraldo de humedad y cielo nublado. Un cortejo de parvo lujo y sabia sonrisa, que trae mandatos de templanza climática, y destierra rigores de canícula. Una redención de sudores esclavos y sofocos quemantes, que bien conocemos por estas tierras.
Hay silencio en la tarde nublada. Algún trueno suena en las lejanías. El cronista pide al viento le acerque la nube tonante a donde él está, y afina el oído para que escuche el sagrado sonido del golpeteo de las primeras gotas en el empolvado suelo, ácido y seco desde los mayos de trigos y ababoles. Persiste la fresca brisa, que ondula visillos, como banderas de bando en triunfo, que aumentan, intensifican, dan sentido a las caricias que la piel celebra, propiciadas por el aire nuevo que en ella se posa y resbala.
Llueve o va a o llover. O ha llovido ya por tierras hermanas. Se esponja el espíritu y se ensancha el alma. Vale.
Este artículo fue publicado
el Domingo, 13 Septiembre, 2009 at 3:43 pm y archivado en la categoría Vida.
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16, Septiembre, 2009 a las 6:33 pm
Las lluvias otoñales son promesa de renovación de tantas cosas…Por nuestars sedientas tierras sobrecogen el ánimo cuando desatan su furia torrencial. Pero hay un algo de querer abrazarse de nuevo a la vida del hogar, que es espacio acogedor, reino minúsculo del que podemos sentirnos señores…
En cada gota de lluvia viaja una ensoñación.