
Otro día,
será otro día,
cuando le cante al Lago.
A su leve neblina estival
que tamiza los colores.
A sus aguas dormidas
y a sus verdes montes.
Hoy quiero decir
de la elegancia clásica
de una yedra
y sus hojas corazones,
descolgándose de una terraza
por la esquina de un casón noble.
El sol poniente
-que lo incendiaba todo-
como el dedo de un dios lo señalaba
a los ojos ciegos de los hombres.
8-08-09
Este artículo fue publicado
el Martes, 15 Septiembre, 2009 at 10:15 pm y archivado en la categoría Literatura.
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16, Septiembre, 2009 a las 6:26 pm
Es un poema realmente perfecto. Los poetas tienen el don especial de ver lo que a otros pasa desapercibido, el detalle mínimo pero bello, la elegancia de un arbolillo en que se posa un ave canora, la gracia de unas hojas nuevas brotando del olmo seco hendido por el rayo y en su mitad podrido (Antonio Machado dixit), en fin, los milagros diarios que hace la primavera y también el otoño, el verano y el invierno.
Con esa fina sensibilidad poética has dicho tú la palabra ajustada sobre esa hiedra de hoja acorazonada que se desliza muro abajo, con la dulzura con que se deslizan sobre la piel humana las caricias del amante. L calidez del tono del muro, como de sol poniente, sugiere la luminosidad en que captaste la imagen. Tus versos sugieren lo que sentiste ante el hallazgo de esa suntuosa belleza natural.