Archivo para la categoría 'Historia'
Jueves, 10 Septiembre, 2009
Forte de Fuentes (Norte del Lago de Como)
En el extremo norte del Lago de Como, duerme el sueño de las glorias muertas el llamado Forte de Fuentes. Lo levantaron los españoles por las mismas fechas en que era editado el Quijote. El Conde de Fuentes, Gobernador de Milán y sobrino del Duque de Alba de entonces, lo mandó levantar allí, donde comienza el Lago y se acaba La Valtelina. El Camino Español o Le Chemin des Espagnoles tenía en este enclave el último punto seguro cuando las tropas iban hacia Bruselas rodeando la Francia de los Cardenales. O, por el contrario, el primer punto seguro cuando el viaje era de vuelta.
Ganado el Canal de La Mancha por la piratería holandesa, el Emperador tuvo que organizar un camino terrestre que proveyese de tropas a la guerra de Flandes. Una tierra del monarca que se defendía con sangre y dineros españoles. El Primer Camino Español salía desde Milán hacia el Piamonte y ascendía por la Saboya y el Franco-Condado, hasta dar en tierras germanas, antes de arribar a Flandes. Pero los Saboya, al cabo, acertaron el caballo ganador y se aliaron con Francia. Las tropas españolas hubieron de buscar otro itinerario más al oriente, seguro y duradero. Y lo hallaron aquí. Desde Milán, subiendo por Lecco, llegaban los Tercios, a la vera del Lago de Como, a Collico, en cuyas vecindades norteñas desemboca el río Adda, sobre el mismo Lago. La Valtelina es el valle de dicho río, un cauce insólitamente paralelo, y no perpendicular, a la orientación paralela al ecuador de Los Alpes.
Fuentes, un Azevedo de apellido, levantó sobre uno de los montículos del llano, el más oriental, un formidable castillo defensivo que sirviera de último cobijo a las tropas que partían para cruzar Suiza, parte de Baviera, Alsacia, Lorena y llegaran por fin a Bruselas. Los italianos, en la Gran Guerra alzaron otro en el montículo hermano, que, más alto, se levanta más cerca del Lago, y más alejado de la Valtelina. Hoy se visita como museo patriótico por los italianos. El Forte de Fuentes está cerrado al público, teóricamente por restauración. No pudimos, a la manera en que el pueblo judío acude al Muro de las Lamentaciones, posar nuestra mano en los, de seguro, derruidos muros que levantara Fuentes, y lanzar un rezo por aquellos españoles que en aquel castillo pernoctaban antes de emprender camino hacia Sondrio, siguiente parada en la pesada marcha. Hoy, un impenetrable bosque se adueña por completo del montículo, y, es bien adivinable que las raíces de las hayas, los castaños y los robles han levantado, dejándolos al descubierto, como señal de la gloria muerta que decimos, los cimientos que ordenara soterrar Fuentes. Aun se conserva el apellido como marca comercial por la zona. Dejó prestigio.
Al otro lado del río Adda, como cierre septentrional del Lago de Como, se extiende el hoy llamado Pian de Spagna, un espacio natural, ayer zona insalubre de pantano e inhabitable charca. Las aves y las más apreciadas especies vegetales tienen hoy allí un paraíso, amparado por el nombre de España. La Valtelina, ancha al principio, se cierra en Sondrio según se sube hacia el nacimiento del río, adelantando el paisaje suizo que espera de inmediato. Los españoles pusieron las bases de la Intendencia Militar moderna, con este camino. Un grupo de adelantados hacía previamente el trayecto, fijando los precios y los proveedores de la manutención de la tropa que semanas después pasaría. Y lo hacían con una precisión y eficacia que hoy asombra. De aquí viene la famosa expresión “Poner una pica en Flandes”, por el dinero que costaba a los españoles plantar un ejército de “piqueros” en Bruselas, gastado en la manutención de los ejércitos enviados a Milán desde Barcelona, Génova o Nápoles.
Una soldadesca de italianos, españoles, aventureros mil, al mando de algún Farnesio, se agruparían en la Fortaleza Sforzesca, y en unos 50 ó 60 días, se encontraban formando en la Grand Platz de Bruselas. De ahí al frente contra los holandeses. Entre el centro de Milán y el de Bruselas, pues, se abría este camino que siempre podía dar la sorpresa por cambio de alianza del Señor de la tierra que pisaban. Pero, no dejemos de lado el miedo que seguramente, 1000 ó 2000 soldados deberían producir por donde pasaran.
En Sondrio, capital de la Valtelina, comimos en un pequeño restaurante, denominado Venecia, que ocupaba los bajos de un caserón de tres pisos, de finales del XVII, ornamentado con pintura al fresco. Un San Gervasio, ya muy despintado, guardaba la esquina que recibía a los que cruzaban un puente sobre un torrente deudor del Adda. Un San Gervasio, milanés que fuera mártir de Nerón, que nos aseguraba estar en tierra católica todavía. Más allá, en Tirano, el camino volvía a orientarse hacia el norte, y la asechanza reformista podía resolverse en emboscada, escaramuza o claro enfrentamiento a la postre, en los que cualquiera de los marchadores podría morir, a pesar de que el grueso de la tropa prosiguiese hasta la Flandes católica.
De todas maneras, no dejamos de sentir cierta solidaria emoción con aquellos españoles que poco más pensaban que en sobrevivir, eso sí, cumpliendo con lo que se les había dicho acerca de lo que era su deber para con el Emperador y para con la Fe Católica. Nada más. Nada menos. Requiescant in pace. Vale.
Publicado en Historia | 8 Comentarios »
Domingo, 2 Agosto, 2009
Transcurría el verano de 1516, aún era rey de España Fernando el Católico, viudo de Isabel, bien que la unidad del tanto monta / monta tanto ya no era lo que había sido en tiempos. Don Pedro de Estupiñán y Virués, conquistador de Melilla, moría en el Monasterio de Guadalupe, a causa de una indigestión súbita, causada, seguramente, por un pequeño atracón inesperado de melón. Es el melón traicionera cucurbitácea, que, en determinadas condiciones, puede matar, como fue el caso de Estupiñán. “El melón, por la mañana es oro, a mediodía plata, y por la noche mata”, dice el refrán, refrán que, por cierto, es aplicado en algún que otro alimento. Don Pedro, que casi 20 años atrás había conquistado Melilla, para su señor de entonces, el Guzmán que ostentaba la Casa de Medina Sidonia, estaba aquel día ya al servicio directo del Rey. Había sido nombrado Adelantado de Indias, con sede en Santo Domingo. Por tal motivo, y debido a alguna vinculación piadosa a la Virgen de Guadalupe, acudió al santuario extremeño en acción de gracias. Y, como decimos, era verano…
Don Pedro, sudoroso como correspondía a los hábitos vestimentales del momento, no debería andar muy fresco de ropa. Podemos imaginarlo sudando, acaso barbudo, y ya algo mayor; sobre todo para la época. La Historia lo cuenta tal cual. No da noticia de por qué iba solo el noble jerezano. Y, dado que sabemos del calor que reinaba en aquellos precisos momentos del día de autos, podemos imaginárnoslos cercanos, bien anteriores, bien posteriores, al mismo mediodía.
Don Pedro se ha sentado, acuciado por la canícula. ¿En un poyete de umbría en Guadalupe, en un tocón de árbol a la intemperie? La Crónica no está atenta a tales pormenores, que deja siempre a la novela histórica. En la escena, Don Pedro no está solo. En su segundo acto, acierta a pasar por allí un plebeyo. Truhán o habitante de la villa, tampoco lo dice el escrito. No anda desocupado. En sus brazos porta un melón. ¿Lo habría robado? ¿Era suyo y volvía de su huerta con el postre del día? Nada de esto importa a los cánones de la Crónica, y nada, por consiguiente, nos dicen de ello. Y como buen español del montón desde hace tanto tiempo hasta hace tan relativamente poco, porta una buena faca en la cintura.
-Buen hombre –le diría el Adelantado, al que suponemos amable y comedido aunque noble- ¿me darías una tajada de ese melón, que estoy sediento?
El aludido, pasmado de ver que un Grande de España le requiere, ni corto, ni perezoso, desenvaina la cabritera, la abre, la limpia en su mugrienta manta de camino –deferencia hacia el Prócer- y con maestría, acaso apoyando en su alzado muslo el preciado tesoro, lo raja, y procede con no menor maestría, a tajarle una media luna de rica agua dulce melonera al Usía. Aclaremos que, verano o no verano, los majos españoles siempre portaron manta al hombro, como aditamento defensivo en la siniestra, mientras en la diestra esgrimían la albaceteña.
Con un gesto de educada aquiescencia, el descendiente de godos le coge la ofrenda y la engulle, supongamos -en su honor- que a ojos cerrados para mayor deleite suyo.
Ya mira con gozo el melonero el placer gustativo del noble, cuando éste comienza a sentir los efectos que el melón puede causar cuando no se ingiere debidamente. Con el cuerpo alterado por la calor, el melón colaboró según las leyes bioquímicas a las que fuera asignado desde la Creación, paralizando por completo el intestino de Estupiñán. De allí al poco la cosa acabó en muerte. Descanse en paz.
Al pobre fulano generoso, que abrió su melón para Don Pedro, no le debieron ir muy bien las cosas, ya que algún documento que otro alude al envenenamiento para explicar el óbito del Conquistador de Melilla. Por cierto, algún cronista dice que no hubo tal conquista, que el Peñón estaba deshabitado cuando desembarcó, y que así estaba previsto cuando embarcara en San Lucar tres días antes. Sic transit gloria mundi. Amen. Vale.
Publicado en Historia | 8 Comentarios »
Domingo, 19 Julio, 2009

Pico del Moro, en la Sierra de la Fausilla, al final del desfiladero de El Gorguel, con los supuestos perfiles del Morato Arráez (el círculo blanco es el ojo, a su derecha, el turbante; hacia la izquierda, resto de la figura)
¡Desgloria haya y malhabiencia tenga por siempre el Morato Arráez! Había nacido cristiano en Albania, tierra por frente de la ítala en el Adriático. Y por más convenir a su espíritu desleal, hízose moro en Argel, sirviendo al demonio Barbarroja, que Dios pusiera en el mundo para castigo de españoles y católicos. Discen lenguas que llegó este Barbarroja a facer monte con cinco mil cabezas de españoles que tomó cautivos en guerras navales habidas en Berbería. Morato abrazó a Mahoma, y asentóse en Salé, ese puerto berberisco que al Océano toca que no al Mar de Roma. Y desde allí, al mando de cientos de otros renegados y aun naturales de lugar, surcaba al corso los mares todos, desde su rada atlántica hasta las islas mediterráneas de Aragón.
Y acá en la cartagenera costa, primera cristiana en España y aun en Europa, por gracia de Santiago Zebedeo, dio en la costumbre de fondear para hacer aguada, carnaje, maderas y esclavío en las buenas gentes de la comarca del Rincón de San Ginés. En una dellas, llevóse a mi padre, que había ido hasta La Fausilla, de labrantín, que era villa con huerta y establo, desde los tiempos romanos, que le dieron nombre. Fausilla era nombre de sierra, mas el caserío alzado en su falda, se regaba con las aguas de un arroyuelo que bajaba del que llamaban Pico del Moro. Y que es una cumbre que señala las formas de rostro de un árabe, justo en la cima de La Fausilla. Un rostro acostado, que posee turbante, ojo horadado en bajo de frente, nariz, labios, barbilla, y aun perilla, como era de uso de los caballeros zenetes del antiguo reino moro de Granada.Y que pienso ahora no sea la faz misma del Morato Arráez, que si no fuera porque mis mayores dixeron siempre que tal figura estaba allí desde los tiempos del César Carlos, y aun antes, dixera yo que eran los perfiles del malvado Morato Arráez que perpetuarse quiso ante las gentes que tanto y tanto fizo sofrir.
Morato Arráez esta vez no aguó en Portmán. Fondeó sus barcos en Calblanque, y con otros 500 hombres sin nación, bordeó el Cabezo de la Fuente. Contempló la costa del Bélich o Mar Menor, y comprobó a la vista que los españoles habían fortificado la Torre del Rame o del Ballestero, en la llanura marina.
Determinóse entonces, por ver el llano protegido, de seguir hacia Atamaría y Portmán, que bien conocía de otras veces. Fizo estrago en los pocos vecinos de la aldea de pescadores, y tras matar pastores y llevar ganado de cabra y oveja, subió por los montes que los antiguos fenicios habían horadado para minar y fazer plata y otras riquezas de lo hondo. E que, discen libros, era llevada a la mesma Jerusalén, para el Templo del Rey Salomón de los Judíos.
Ansí, Morato Arráez luego bajó por la rambla que llega a la mar en la ensenada de Escombreras, que toma el nombre de
la Isla que el puerto de Cartagena resguarda de Levante, e que llamada era antes de Hércules por creerse que allí moró el falso dios de los griegos cuando vino a la Bética para lidiar con el rey Gerión, pastor de toros. Aquesta rambla se encauza entre dos sierras que la esconden hasta casi desembocar en la bahía misma de la ciudad que Mastia dijeran antiguos, y que es la más anciana de todo el español reino. Atravesó El Gorguel, donde pasó a cuchillo a las familias que allí acaescían, de su mala fortuna, tomando caracoles, pues era Octubre y había llovido los días de antes, y siguió rambla abajo hasta ver los adobes e texado de
La Fausilla, sobre un altozano encima de la cada vez más ancha rambla, altozano previo a la mole primera que guarda a levante el puerto de Cartagena. Allí fue cautivo mi padre, al que ya no volví a ver. Asaz pequeño era yo, e non recuerdo nada dél, salvo lo que mi madre me contara una y otra vez entre lágrimas.
Dicen que anduvo la sierra más de diez días, y que no estando apercibida tropa en Cartagena, y sin servicio las galeotas del rey, llegó hasta mi lugar y aldea de Los Alumbres, desde donde ya se divisa la llanura del Campo de Cartagena y las sierras de Murcia.
En algún lugar de preferencia atroz del averno, se halle ahora su alma doble de renegado y apóstata. Y que el Cielo me dé a mí la gracia de perdonarlo, para que, a mi vez, pueda yo salvarme, que no hay paraíso para quien no ejerce hacia otros, lo que Dios Nuestro Señor hizo con nosotros mismos. Amén. (Vale).
Publicado en Historia | 2 Comentarios »
Lunes, 8 Junio, 2009
Hans Hermann Von Katte (Georg Lisiewki)
Una fría mañana de Noviembre, en el Castillo de Kustrin, entonces Prusia, actualmente Polonia, era decapitado en ejecución sumaria, el teniente del ejército prusiano Hans Hermann Von Katte. Transcurría el año 1732. Su delito era haber sido amante del Príncipe Federico, más tarde llamado el Grande, uno de los hombres que hizo de Europa lo que hoy es. Von Katte había sido conocido mujeriego hasta la fecha. Una de sus despechadas nos legó una descripción de hombre poco agraciado, al que afeaban en demasía sus pobladas cejas. El pintor rococó Georg Lisiewki nos legó un retrato suyo, ataviado como oficial de un ejército más parecido al muy anterior de Luis XIV de Francia, que al muy posterior del propio Federico el Grande, el amor de su vida. Von Katte, envuelto en ocres y rubicundeces, parece trasunto mismo del oro en el lienzo.
Parece ser que el flechazo entre ambos fue inmediato. En 1732, Federico tenía 20 años. Aquel día de Noviembre fue obligado, desde una ventana del castillo-prisión, a presenciar la decapitación de su enamorado. Von Katte fue profunda y sinceramente religioso toda su vida. Cuentan crónicas que las últimas palabras suyas fueron: “Señor Jesucristo…”. Dos años antes, buscando sin duda mejores latitudes para sus amores, habían pretendido ambos fugarse a Inglaterra. Fueron interceptados, y el teniente condenado a una larga pena, por el delito de deserción. Federico Guillermo, el rey de Prusia y padre de Federico, consiguió que la pena fuera conmutada por la decapitación. Y ordenó que su hijo viniera obligado a presenciarla. Es posible que haya habido historias sangrientas de homofobia en la historia universal de la iniquidad, pero ninguna tan especialmente cruel como ésta.
Poco más tarde, Federico fue obligado a casarse, a fin de poder obtener el derecho al trono. Nunca consumó el matrimonio y no tuvo descendencia carnal. Su legado a la humanidad fue el de proponer una visión de la monarquía providente. Sus leyes, su acogida a toda Ilustración –jesuitas expulsados del sur de Europa, católicos, incluidos- y su concepción del mando como agente de la prosperidad dieron un vuelco al sentido del arte de gobernar.
Los dos amantes habían crecido en el estudio de la lengua francesa y la Ilustración. Acaso por tal suceso creyeron en la libertad, e intentaron vivir la libertad que más estimaron libre: la del amor, y una mente criminal y retrógrada se lo impidió. Jamás el rencor dictó el proceder de Federico, que, entre otras cosas, también por eso fue Grande. Vale.
Publicado en Historia | 4 Comentarios »
Domingo, 10 Mayo, 2009

La Voz Negra, antes Buznegra, y cuando los primeros romanos en el Valle del Guadalentín-Segura se aposentaron allí, Putea Nigra, son unos pequeños cerros, al sur de Alcantarilla, menos de un kilómetro. La Ermita de Nª Sª de la Paz se alza allí, hoy. El nombre, llegado donde está por analogía, hacía alusión a las pozas o charcos de agua pútrida, sobrevenida luego de las riadas, por ser territorio más bajo que el cauce aledaño al afluente occidental del Segura. Su traducción es, claro está: pozas negras. Más o menos, busquen en el mapa entre el Polígono Oeste y el Aerodromo militar. Bien, pues en el invierno que cerraba el año de 1265, hubo una batalla, o conato de batalla, en ese paraje, puerta de entrada a poniente de Alcantarilla y Murcia, entre las huestes aragonesas, catalanas y castellanas, comandadas por Jaime I –de gran prez decía Alfonso X- y unos jinetes granadinos, acompañados de infantería y acémilas de carga con pertrechos de guerra y avituallamientos. La tropa cristiana estaba a punto de reconquistar Murcia, rebelada contra Castilla dos años antes. Hacía 20 años que Múrsiya era ya Murcia.
Arrepentido el Nazarí de Granada de haber dejado solos a los mursíes, por acuerdo con Alfonso X, que desamparaba a sus primos de Málaga –los Asquilula, rebeldes a la supremacía alhmabreña- a cambio de que dejase solo al reyezuelo de Murcia, Al-Watiq… arrepentido, decimos, envío tropa, cuyo número exagera, sin duda Cascales en su crónica.
El caso es que desde Lorca, dos almogávares, guerreros de fortuna fronterizos, llegan sudorosos y urgentes ante el rey aragonés. Y le dan noticia de la tropa sarracena que cabalga para Murcia. Don Jaime convoca alarde de inmediato. Y llama a toda la nobleza que lleva consigo. Desde Orihuela, bordean la costera sur, obviando Murcia, y llegan a la altura de Alcantarilla. Allí acampan. Con las primeras luces, ven llegar a los granadinos. Como invitándoles a la batalla en el llano de los cerros voznegrianos, se colocan en orden de batalla. Don Jaime sale afuera, vuelve grupas y les arenga con solemnidad y valentía. Todos vibran de bélica emoción. Sobre todo, su hijo, el que luego será Pedro III, con gran trayectoria militar y política en Nápoles, y Don Guillem de Rocafull, que luego será Señor de Abanilla. Por cierto, Pedro, como Don Pedro de Aragón, llegará a ser personaje de Shakespeare, nada menos.
Pero no era la gloria quien esperaba a la hueste cristiana, sino tan sólo la pura y dura victoria: los zenetes granadinos huyen apenas ver a la mesnada cristiana venir sobre ellos. Don Jaime, prudente, los deja ir. Don Alonso García de Villamayor dice que no les cogerán hasta Alhama, y que Alhama no es el objetivo: es Murcia. Comprobada la huida muslim, levantan el Real y se vuelven hacia Orihuela, triunfantes, pero no gloriosos. Vale.
Publicado en Historia | 3 Comentarios »
Domingo, 3 Mayo, 2009

Sucedió en 409. Suevos, vándalos y alanos pasaron los Pirineos e invadieron Hispania. Cinco años más tarde, llegarían los godos, de Ataulfo, que acabarían por imponerse a todos, y unificar, por poco tiempo, hasta la llegada del mahometano, la península. Aunque la tendencia actual se decanta por pensar en los invasores como auténticos revivificadores de la sociedad romana, lo cierto es, exactamente, todo lo contrario. Tardan dos siglos en convertirse a la civilización, y en tener respeto por la cultura. Algunos de ellos, claro, no todos. Hispania siguió siendo romana, hablando latín, escribiéndolo y viajando a donde tuviera que viajar, comerciando y trabajando. Eso sí, con guerras devastadoras. Tampoco los romanos estuvieron en paz mucho tiempo seguido, las guerras civiles por quítame allá ese Emperador, ciertamente proliferaron. La guerra era una constante de los tiempos. Roma era ya una reliquia venerable, pero su cultura, menguada, seguía fulgiendo.
Los bárbaros deshacen la lengua única, desfigurando, en cada territorio, el latín que allí se hablaba, y marcando línea de lengua extranjera donde antes no la había. Debido a un conocido poema de Kavafis, cuya idea no es suya –ya existe en los escritores hispano-godos del momento- los bárbaros son una bendición para la decadencia romana, que, con ellos, accede a una suerte de redención salvífica. El poema está en múltiples páginas de Internet. Los bárbaros eran un ejército convertido en pueblo. O unos pueblos de guerreros, da igual. Los territorios que conquistaban por las armas y el salvajismo ya tenían suficiente diversidad genética y cultural para no necesitar nuevas semillas, ni nuevos alicientes en el conocimiento. Los bárbaros buscaban no nuevas tierras que roturar, para trabajar el campo, pastorear ganados y establecer sus artesanías. No, nada de eso: buscaban pueblos a los que someter para ellos. Buscaban pueblos esclavos. Y, si como dice el famoso poema de kavafis, hubiesen levantado sus campamentos, y hubiesen retornado a sus estepas y fríos septentrionales, nadie, nadie, y mucho menos los poetas, hubiese llorado su marcha. En 427, los vándalos arrasaron Cartagena: ¿no mataron a ningún poeta? Ninguno de ellos se reencarnó en kavafis, seguro.
No obstante, como dice el famoso proverbio oriental, el sándalo perfuma el hacha que lo hiende. Y, por la vía de la religión católica, se logró civilizarlos. Dos siglos se tardó en ello. Cuando Europa estaba ya dispuesta a rehacerse, en el VIII, apareció el Islam. La sabiduría hispana de Isidoro, entre otros, desapareció en el naufragio mozárabe. Vale
Publicado en Historia | 2 Comentarios »
Lunes, 27 Abril, 2009

Estatua de “San Liciniano”, en el Imafronte de la Catedral de Murcia
Liciniano fue obispo de Cartagena cuando la dominación bizantina. Transcurría el siglo VI. Coincidió en el tiempo con San Leandro. Liciniano fue obispo de Cartagena, pero no era cartagenero. Seguramente llegó a la ciudad por mar, desde el norte de Africa, acaso Cartago, la actual Túnez. Muchos eremitas y abades, con sus respectivas bibliotecas llegaron a Hispania por esas fechas, huyendo del acoso berebere, preislámico o islámico propiamente. San Leandro, en cambio, sí fue cartagenero, pero no fue Obispo de Cartagena. Dejó la ciudad cuando mozo, con su padre Severiano, y ya en Sevilla, alcanzó el grado de Obispo. Arzobispo si consideramos que Sevilla convocaba a los obispos de
la Bética, provincia romana que pasó a provincia eclesiástica.
Bien, pues en 595, Leandro volvió de su segundo viaje a Constantinopla. Había ido a preguntar al Emperador cuáles habían sido los acuerdos con el Imperio, para que los bizantinos tomasen para sí un pedazo de Hispania. Los pergaminos firmados por parte del rey Atanagildo, que los llamara para su guerra con Agila, su rival por la corona goda, se habían perdido. En Bizancio, ahora Constantinopla, se habían quemado. Viaje en balde.
Bien, pues Leandro desembarcó en Cartagena, y allá que salió a esperarle Liciniano. No podemos imaginar otra cosa que estuviesen en alguna fecha de la estación propicia, esto es el verano, entendido en sentido lato. El encuentro fue muy frustrante para Liciniano. “Llevaba mucha prisa”, nos dice Liciniano. “Y no tuvo tiempo para decirme nada de los Comentarios al Libro de Job de Gregorio, el Obispo de Roma”. Leandro no amaba mucho regresar a Cartagena. Sépanlo todos. En escritos a su hermana Florentina le dice que ni se le ocurra pensar en volver a nuestra ciudad. Y lamentó mucho haber mandado a Fulgencio un par de veces. Por cierto, Fulgencio nunca fue Obispo de Cartagena. Lo fue de Écija. Pero no de Cartagena. Siento frustrar a algunos, pero fue así. Belluga inventó su obispado en Cartagena. Es de suponer que Fulgencio vino para tratar asuntos del patrimonio familiar, que no debía ser poco, habido cuenta de la importancia de Severiano, el padre de ambos. La causa del poco aprecio de Leandro por Cartagena hay que buscarla en que, cuando salieron de la ciudad, éste era arriana en cuanto a los godos principales en su seno, y bizantina en cuanto a poder político. Leandro desembarcó, y salió con prisa para Sevilla. Vale.
Publicado en Historia | 1 Comentario »
Miércoles, 22 Abril, 2009

San Fructuoso vivió cuando los godos. Murió en 665. Por cierto su tierra goda era Iberia, ni Hispania, ni Luistania. Palencia y Braga eran la misma nación para él. Bien, pues este Fructuoso fue varón piadosísimo, que se formó en la Catedral de Palencia y luego se fue al Bierzo, tras dar todo lo que tenía, liberar sus esclavos, y raparse la cabeza. Su fama de asceta fue propagándose, y pronto llegaron a la comarca gentes de toda condición, con el ánimo de imitarle. Tantos y tantos llegaron, que hubo de escribir una regla para que se orientaran todos.
Pero, además, San Fructuoso hizo un milagro de libros. Verán. Era primavera, que era cuando se viajaba entonces, por evitar el frío mayormente. Fructuoso viajaba con libros, para leer y estar instruido siempre. Como muchos vamos con el ordenador portátil cuando viajamos.
Entonces, los libros no era sino códices; esto es, volúmenes encuadernados de pergaminos. Ya no se llevaban los rollos romanos. Y aún no estaban los libros. Bueno, pues los códices de Fructuoso viajaban sobre unos serones montados sobre una mula, que encabalgada era por un jovenzuelo paje al servicio del que ya entonces era Obispo.
Fueron a pasar un río… En aquellos tiempos no había puentes, casi, y los caminos atravesaban ríos, por vados. El vado iba crecido, con mucha agua, pero no tanta para que el joven custodio de los libros no creyera que su mula podría con aquellas aguas semibravas. Y, ¡zaca!, allá que espoleó a la mula para pasar el atorrenteado riachuelo. Pero, el agua es traicionera, y llevaba mucha más fuerza de la que el inexperto imberbe suponía. Y al fondo que se fueron todos. El rapaz enseguida se zafó de la montura –diz la crónica- y se salvó. La montura fue llevada por las aguas y allá que sabría salir sola cuando remansase la torrentera. Pero lo libros. Oh, los libros… Allá que vieron a los serones cabe la orilla, inundados de agua. Y, por tanto, sus códices echados a perder, con la tinta disuelta en el agua violenta de la crecida primaveral. No obstante, el santo Obispo mandó que acudieran a rescatar los librescos serones. De mala gana obedecieron todos, y cuál no sería su sorpresa, cuando al sacar uno por uno los códices, halláronlos secos como antes del suceso. El agua había respetado la sabiduría leída del santo. Vale.
Publicado en Historia | 1 Comentario »
Domingo, 19 Abril, 2009

Símbolos monoteistas en un mosaico de
La Villa Romana de La Omeda
En el siglo IV, algún romano poderoso se instaló en plena meseta castellana, cerca de la actual Saldaña, en Pedrosa de la Vega, sin ningún tipo de cuidado, en el llano. Fundó una hacienda agropecuaria y levantó Villa para dirigirla. La Olmeda, se llama hoy. Eran tiempo de prosperidad para el Imperio. Los bárbaros eran detenidos todavía en los limes romanos, en Germania, Dacia y doquiera que fuese. Largas décadas quedaban aún para que irrumpiesen los bárbaros en las tierras civilizadas por Roma.
Nuestro hombre se trajo de Oriente -creemos- un artífice de mosaicos, un mosaista, que era algo más. Y llegó a un acuerdo con él para elegir qué ilustraciones compondrían -él y su equipo- sobre los suelos de la Villa, dispuestas sobre todas las dependencias abiertas al ancho y cuadrado Compluvium. En la sala de las recepciones, nuestro artífice diseñó la escena en la que Ulises acude a la isla de Skyros, en el Egeo Norte, cercana a la costa, para rescatar a Aquiles del palacio de Licomedes, donde la madre del héroe de Troya, Tetis, lo había escondido para ahorrarle la muerte que lo esperaba en Troya. Sin su presencia y muerte, los aqueos no hubieran ganado la guerra, según oráculos. Ulises, el astuto, se presenta en Skyros disfrazado de mujer vendedora de afeites, pero una vez dentro, arroja todo por los aires y se lleva al que será paladín de Troya. Todo representado con un realismo y composición más pictórica que mosaicista.
¿Por qué una escena griega? ¿No estamos en terreno latino? Cuadraría mejor una escena de La Eneida, ¿verdad? O un mito olímpico romanizado… alguna hazaña occidental de Hércules, por ejemplo. Conjeturemos fuertemente, que es naturaleza del blog: El artífice plasmó -con el consentimiento del amo si no con su comlicidad- una escena mitológica de su isla natal (?): Skyros. Atrevida sugerencia, por supuesto.
Pero en el deambulatorio norte, cuadrado deambulatorio, hay representado un mosaico, aparentemente geométrico, que llama la atención por la presencia reiterada de cruces gamadas o svásticas. Hay otros dos símbolos, que comparten este mismo lado norte de la logia: dos eslabones de cadena entrelazados y una cruz griega, de simetría central. Bien, son tres símbolos monoteístas claros: la Svástica es un símbolo solar, mitraico, que hereda el Mitraísmo del Maniqueísmo y éste del Mazdeísmo. Desgraciadamente, los últimos herederos de la svástica son los pervertidos y genocidas nazis. Condenémosles y salvemos el símbolo. Si se puede.
Las tres son religiones monoteístas de origen persa. Ahura Mazda era el Dios Único predicado por Zoroastro. De esta religión no quedó nada, luego del Islam. Pero aún estamos en el siglo IV. Los dos eslabones entrelazados son el Nudo de Salomón. O Sello de Salomón. Hoy es un trazado común, utilizado en muchos otros mosaicos. Y es un dato trivial en la decoración. Pero, allí, junto a la Svástica y la Cruz Griega, quiere decir mucho. Los dos eslabones representan la alianza de Jehová con su pueblo. Lo mismo que los dos triángulos interprenetados de David, que conforman la Estrella, la cual desde un poco después representará a los judíos todos. Luego, está, en el mosaico y como tercer elemento, la Cruz Griega, muy orlada de contornos, acaso para mimetizarla. Todavía no se ha extendido la Cruz Latina de pie largo. La única Cruz que hay entonces es la griega, el primer entorno de universalidad del Cristianismo. La Biblia está siendo traducida al latín por San Jerónimo en esos mismos tiempos. Todo es griego en el Cristianismo entonces. Resumamos. Ahura Mazda, Jehová y Jesús. Son las tres maneras de nombrar al Dios Único que hay en el siglo IV. Dos o tres centurias más tarde el Islam hubiera sustituido a la Svástica.
Sin duda, tan sólo una mente oriental conoce esas tres circunstancias, que vienen tan en contra del politeísmo olímpico, pagano. Acaso podemos sospechar que el dueño de la Villa, perfectamente pagano nunca supo nada de aquellos símbolos, sino que eran caprichos geométricos del prestigioso artífice que se hizo traer de Grecia (¿Skyros?). En todo caso, de los cartones que presentó al amo, como patrones de los mosaicos, eligieron éstos. ¿Quién sabe por qué? En este contexto, ¿no podemos suponer al Ulises que destroza el palacio de Licomedes para llevarse al Príncipe de los Mirmidones a guerrear a Troya, como un trasunto del Monoteísmo, que viene para arrasar al Politeísmo y rescatar al hombre (Aquiles) para la Verdad? Las semejanzas con el pasaje evangélico de la expulsión de los mercaderes del templo es evidente también.
Aún hay más. La estela de mosaico que así canta al Monoteísmo es la Norte, la que da a la Estrella Polar, que desde siempre se sabe que es la única que no gira, y a cuyo alrededor se mueven en círculo todas las demás, en particular, y muy cerca de ella, la Osa Menor, que girando con su paleta a cuestas es trasunto de la Svástica, palabra que es la unión de dos letras sánscritas, que significa La Buena Nueva. O Buen augurio. ¡Navidad! La Estrella Polar, otro trasunto del Dios Único. Y el recorrido de la casa, entrando por el Sur, yendo primero hacia el Oecus o sala de los sucesos de Skyros, hace que recorramos esta logia norte, de Levante a Poniente, desde los aposentos más nobles, los del amanecer, hasta los más ancilares (letrinas, baños…), los del ocaso, como el mismo Sol, el otro gran trasunto celeste del Dios Único.
Podemos suponer, si seguimos la conjetura, que esta Villa Romana era toda una premonición del triunfo en Occidente de la Creencia en un Dios Único. Vale.
Publicado en Historia | 1 Comentario »
Viernes, 20 Marzo, 2009

Un Giacomo Casanova de apenas 16 años cumplidos, pero con dos doctorados (¿) en Leyes a sus espaldas, llega a Roma, entre 1741 y 1743. En esta última fecha ya lo han despedido de la Ciudad Eterna. Luis de Belluga y Moncada fallece en 1743, en la misma Roma. El veneciano llega como paje –digámoslo así- del Cardenal Acquaviva, Troyano Acquaviva. Los Acquaviva gozaban de la prebenda de Embajadores de España ante la Santa Sede. El Cardenal de tan homérico nombre lo era en aquel tiempo. ¿Cómo no suponer que Belluga frecuentara la Embajada o recibiese recados de la misma? El propio Belluga había sido Embajador en la década precedente.
Por supuesto que una investigación de mayor enjundia que un ojeo a Google podría dilucidar el asunto, pero un blog es buen espacio para la conjetura. El palacio de la Embajada era ya el que es ahora, allí, en la Plaza de España. Recordemos que, bajando la escalinata de la Trinidad, de frente se tiene a la Fuente de la Barcaccia, eludiéndola, se entra en la calle Greco, donde está el café literario más famoso de Roma. Pero si, una vez descendida la famosa gradería, tira uno a la izquierda, se llega al obelisco de la Inmaculada, frente a la misma puerta de la Embajada. Por cierto, las dos plazas y sus aledaños fueron territorio de soberanía española hasta la Revolución francesa. Y los soldados españoles disparaban a todo romano que se aventurara sin permiso en la zona. Incluso podían cogerlo, alistarlo en el ejército, y enviarlo a cualquier parte del mundo. Se atrevían, además, los españoles, a salir de leva por otras barrios romanos. Hubo tiros por ello, y barricadas. El mapa de la soberanía española de entonces debiera incluir aquella plaza. Hasta hoy, cuando el Papa acude el 8 de Diciembre a celebrar a la Purísima no es sino huésped -honorariamente- del Embajador.
Bien, Belluga muere el 22 de febrero de 1743. ¿Vio a Casanova alguna vez acompañando en segunda o tercera fila al Embajador? ¿Por qué no? Belluga era ultramontano, defensor del poder temporal de la Iglesia. Casanova era liberal por naturaleza. Acaso se cruzasen las miradas, y fuera como un encuentro, un relevo, del ayer con el mañana, en el siempre precario presente.
A Casanova lo echaron por amparar, acaso demasiado, a una monja en su habitación de la Embajada. Belluga debió morir casto. Vale.
Publicado en Historia | 3 Comentarios »