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Viernes, 12 Junio, 2009

Escucho tocar la guitarra flamenca a un amigo aficionado. Luego, en casa, doy en leer los versos antologados, de Rafael de León. Y, entre una cosa y otra, me van saliendo estos versillos como de copla, pero que, en el fondo, dicen algo, si se les presta atención. Hablan de la voluntad del querer, como si fuera el querer pajarillo que pudiera ser enjaulado. Un tópico popular, manido si se quiere, pero que ha surgido en mí, libre y auténtico, aunque apadrinado, confesado queda, por una guitarra flamenca y las inmortales letras del Maestro Rafael de León.
Sí, son versos proyectados de otros versos, que no surgen de la vida que refieren. Pero todos los versos son versos, incluso los que no son poesía. Ahí van, pues, en homenaje a la memoria del Maestro. Saludos.
“Querer quererte…
no es querer”.
Me dices clavando en mí
tus ojos, fijamente.
Querer no es,
sobre las aguas,
hacer un puente.
Querer es
atravesar un río,
y que te lleve la corriente.
No es levantar murallas,
que te defiendan siempre.
Es sentirte asaltado
y estar esperando
a que alguien venga
a darte muerte.
No es flor de concurso,
cuidada primorosamente.
Es, sobre las ruinas
de la voluntad,
surgir una rosa silvestre.
Es, al sonar
un pellizco de guitarra,
sentir saltar al duende,
y hacer alejarse
al ángel de lo perfecto,
aburrido y solemne.
Querer es
sentir tus ojos negros
clavados en mí,
como un rejón de muerte,
diciéndome
que no me quieres.
Y es buscar las tablas
como el toro ya estoqueado
para doblar las manos,
rindiéndose definitivamente.
“No me digas
que quieres quererme
-escucho que me dices-
que es el querer
cosa que nadie en el mundo
llegar a ser su dueño puede”.
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Sábado, 16 Mayo, 2009
En aquel castillo de La Provenza habitaba el Señor de la Comarca. Tenía una hija, gran lectora, a escondidas de su padre. Había sido formada de niña por un aya cátara, amante de los libros. Marchó el Señor Feudal a las Cruzadas, y, pasados los años, ocurrió que no volvía. Una noche, la joven, mientras releía una copia de la Chanson de Roland, escuchó la trémula voz de un trovador, que llegaba desde la ventana, abierta a los placeres de Mayo. Cantaba con escasa voz, y su trovar no era de la mejor condición. No sabía rimar en consonante, desafinaba, y apenas salía de los más viejos tópicos. Salió a la alta finestra la damisela, y escuchó completa la trovada. Hablaba de unos amores frustrados, donde moría su querida amante.
-¿De dónde vienes, trovador? –le preguntó la joven castellana.
-Vengo de las Cruzadas. Allí fui guerrero.
-¿Cambiaste la espada por el laúd? –volvió a preguntar la infantina.
-No, la espada me cambió a mí por otro caballero –aclaró el tañedor.
-¿Y el laúd? –insistió la doncella
-Al laúd lo escogí yo, mi señora. Aunque él todavía no me ha escogido a mí, como habréis podido comprobar –afirmó cortés el aludido.
-Mmm… sois el primer trovador humilde del mundo. He visto muchos en mis salones. Y os puedo asegurar que no miento –arguyó desde arriba la heredera del castillo.
-¿En algo, pues, soy el primer trovador del mundo? ¿Me hacéis ese honor de considerarme tal, mi señora? –contestó zalamero el músico y poeta.
-Y lo creo. Saber tocar el laúd y cantar a la vez es algo difícil, que pocos logran, más todos creen hacerlo muy bien. ¿Querréis hacerme el favor de volver a cantar la hermosa trova que acabáis de entonar? –pidió la insomne muchacha.
-¿Queréis oírme desafinar de nuevo, mi señora? –preguntó él.
-Más que la perfección, me interesa la verdad, trovador. ¿Hubo amor cierto en esa historia que cantáis, verdad? –adujo ella.
-Sí lo hubo, mi señora. Sí lo hubo. Amores de una mora me lo hicieron componer, amores que hicieron dejara espada. Cruzados mataron a la mora y a mí quebraron el corazón. Dejé las Cruzadas, y desnavegué la mar por volver y buscar a mi dolor dulzura para descansar –aclaró el cantor.
-Entonces, cantadla y seguir andando, trovador, que no son los castillos, lugares para cantar amores verdaderos. Mentiras bellas forman el trovar clus, que no amores ciertos, que, dicen, asunto son de crónica. Calmad vuestro corazón, y seguid vuestra marcha. No hay, en los castillos, paz para un corazón doliente. Seguid, seguid vuestro camino, que el corazón sabrá dónde habrá de tener fin.
Escuchó la petición el trovador, y comenzó a entonar entonces su trova como nunca lo había hecho antes y jamás logró volver a hacerlo después. Con las últimas notas, la doncella del castillo se retiró, apagó el pabilo que luz concedía a la escena, y acabó todo en la oscuridad de una noche de Mayo sin luna. El trovador, acabada la rima, envolvió su laúd, embozó su capa, y buscó su montura para seguir noche adelante, buscando la paz a su doliente corazón. En adelante fue… el mejor de los trovadores de la Aquitania toda.
Alguna vez quiso volver al Castillo de la Verdad, mas nunca consiguió dar con el camino que a él llevaba.
10-05-2009
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Miércoles, 13 Mayo, 2009

El poema
O poeta è um fingidor
Pessoa
El poeta
nunca sabe,
cuando escribe,
lo que le pasa.
El poeta escribe,
precisamente,
para esclarecer
lo que en realidad
le pasa.
Ocurre que casi nunca
llega a saber
apenas nada
de aquello que él cree
que entonces le pasa.
Pero sabe mentir
con bellas,
precisas palabras…
algo parecido
a lo que en el fondo
en realidad le pasa.
El mejor poema
surge entonces:
cuando ha sabido,
el poeta,
poner un velo, una gasa
sobre aquello,
que, a fin de cuentas,
en realidad le pasa.
10-05-2009
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Domingo, 8 Marzo, 2009

“Las hormonas definen el calendario amatorio: la testosterona dispara el deseo y la oxitoscina mantiene la fidelidad”
(Helen Fisher, de la Universidad de Rutgers en Nueva Jersey)
Qué cosa sea el amor,
nadie lo sabe.
No es el amor cosa del saber:
es el amor cosa del sentir.
Los antiguos alquimistas
conocían bien todas las piedras preciosas.
Sabían sus brillos,
la calidad de sus luces,
averiguaban su peso específico.
Y tenían los listados
de todas sus cualidades curativas,
mágicas y astrológicas.
Fue mucho más tarde
que los científicos
descubrieron sus sistemas de cristalización,
y supieron dibujar
las complicadas geometrías
de sus átomos y moléculas.
Pero cuando eso sucedió,
ya no había antiguos alquimistas.
Igual ocurre, os digo, con el amor.
Somos como aquellos antiguos alquimistas.
Sabemos de tal misterio
los suspiros, las miradas,
los temblores, los susurrantes decires…
Pero nunca sabremos
qué cosa sea, en el fondo, el amor.
Acaso en algún futuro
-futuro imperfecto desde luego-
algún sabio dé en la ocurrencia de investigarlo,
y nos diga la bioquímica genética del amor.
Y, así, proclame que se pueda averiguar
cuáles dos criaturas habrán fatalmente de enamorarse.
Yo, aquí y ahora,
con todos los antiguos alquimistas
de la vieja sabiduría del amor,
brindo solemne
por la primera excepción que,
con toda seguridad,
desmienta la teoría del tal
futuro geólogo del enamoramiento.
Pues no es el amor cosa del saber,
que es, os lo aseguro,
-y así será por siempre-
cosa del sentir, enigmático asunto misterioso
que siempre escapará a cualquier asedio de la razón.
Es por eso que somos humanos
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Martes, 3 Marzo, 2009

Se ha ido el Maestro de Gramática, Pepe Perona, un murciano de Cuenca, que ha gobernado la nave de la Filología, entendida como devenir histórico, en esta Región, los últimos años, tras sus maestros Muñoz Cortés y Muñoz Garrigós. Los murcianos se lo debemos de agradecer. Yo lo hago, gustoso, en nombre de todos cuantos quieran.
Me siento un privilegiado, Pepe, por poder disponer de estas letras para decirte adiós. O hasta luego. Tus libros, tus artículos, tus estudios… tus decires, no todos impresos, son ya historia. Pienso citarte muchas veces. Espero que no me venza la ley del sobreuso lingüístico que impone que el abuso de un dicho, degenera su forma y su fondo. Tu manera de ser, exigente, y a la vez cercana, hizo de ti una figura en el mundo de las letras murcianas. Y aun en las españolas. Tus opiniones sobre Pérez Reverte son únicas. Con razón te dedicó el joven maestro de escritores un delicioso cuento-artículo que todos recordamos.
Quiero recordarte como el amigo de letras, antes que como el profesor universitario. Tenías fama de dómine trabucaire, independiente y feroz con lo trapacero y chapucista. Eras ejemplo de independencia. No tenías ataduras ideológicas, ni oficialistas. Hiciste de tu ciencia tu devoción. Y tu descreimiento desenmascaró muchas falsas visiones de la realidad. Cuántos te deben tanto, Pepe. Y no lo saben. Has formado muchas conciencias, que es mejor que formar muchos filólogos. Tu lección de independencia, sobre todo moral, es un legado que allá ellos quienes no sepan verla.
Me pregunto, Pepe, cuál será la primera verdad que habrás querido saber en el Cielo al que has llegado. Y pienso que no habrá sido filológica la pregunta tuya. Habrá sido alguna del tipo: ¿Llevaba yo razón? Y te habrán sonreído por toda respuesta. Tu pensamiento habrá sido: “vaya, también aquí hay que remover conciencias”. Y te habrás puesto a ello. Ya tendrás tiempo de saber el nombre y personalidad del verdadero autor del Mío Cid o los orígenes de la diptongación castellana cuando los primeros romances. No era eso lo importante, sino cómo empleaba el poder la lengua, los escritos e incluso el cambio lingüístico, para imponerse.
En fin, Pepe. Los papeles están de luto. Otras firmas vendrán; pero nadie como tú habrá llegado a las más altas cimas del sarcasmo y descreimiento, tan útiles para renovar todo. Sic tibi terra levis. Vale.
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Sábado, 28 Febrero, 2009
Llamamos sentir o pensar
a lo que hacemos:
premeditamos con la razón
y actuamos por lo intuido.
Y creemos, así, distinto
a lo que pensamos,
de lo que sentimos.
Y sospecho muchas veces,
si es que acaso
no sean lo mismo,
lo uno y lo otro:
lo pensado y lo sentido.
Que el corazón y la cabeza
no se distinguieran
y fuera su diferencia puro espejismo.
Que lo lúgubremente razonado
y su revés, lo alegremente intuido
cosas iguales, eternamente
por siempre, y desde siempre, hayan sido.
¿Pensamos intuitivamente?
¿Cuándo razonamos…
sucede, en realidad,
que de alguna manera sentimos?
Sean dos, o sean uno,
arcano sea por los siglos de los siglos.
Y busquen filósofos
de la verdad su secreto escondido.
Que nosotros…
por los dos a veces gozamos,
por los dos en ocasiones sufrimos.
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Domingo, 25 Enero, 2009
El Maestro y su discípulo paseaban por el jardín del estanque de las flores de loto. La mañana era radiante y hermosa. Transcurría la Primavera.
Entonces, el discípulo preguntó:
-Maestro, ¿qué diferencia hay entre Poesía y Filosofía?
Anduvieron todavía algunos pasos en silencio. Y ya el discípulo comenzaba a creer que había preguntado alguna inconveniencia, cuando contestó el Maestro:
-¿Ves esa mariposa que sobrevuela las flores abiertas?
-Sí, Maestro –contestó el muchacho.
-Pues, sentirte atraído por mirarla es la Poesía…
-¿Y la Filosofía, Maestro?
-La Filosofía es saber que te gusta contemplarla.
Durante el resto de la jornada, el Maestro no volvió a pronunciar palabra alguna. Y el discípulo supo contestarse, solo, todas las preguntas que se le fueron ocurriendo en muchos días.
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Martes, 20 Enero, 2009
Un sitio para regresar
¿quién no lo tiene?
Distinto es
un sitio al que volver.
Volver, volvemos
a muchos lugares.
sólo podemos regresar
a un sitio.
Sólo en un sitio
se halla la magia
que hicimos nuestra.
O que nos hizo suya.
Un sitio para regresar,
como Ulises a Ítaca.
Habitante siempre
de la dormida memoria,
y guardián sempiterno
de parte de lo que somos
desde que un día
se nos instaló el alma
en aquel paisaje,
en aquel abrazo,
en aquel aroma,
o entre aquellas sonrisas
con aquellas personas…
Y, sobre todo, con aquella manera
profundamente extraña y amable
que encontraron,
entonces y allí, las cosas
de ocurrir y configurarse.
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Jueves, 15 Enero, 2009
El frío extremo nos hace
derramar lágrimas.
El frío solo,
sin nosotros.
Nada hay de sentimiento en ellas.
Cuando salen,
salen solas,
sin que haya mediado
nada que sintamos nosotros
en la génesis de su ser.
Son lágrimas sin llanto,
causadas por un capricho
de la humana fisiología.
Lágrimas huérfanas,
que nunca salieron
como expresión de ningún sentir.
Pero hay lágrimas verdaderas
que acaso hubiesen querido,
como estas del frío,
ser huérfanas ellas mismas,
y no haber tenido
sentimiento alguno humano
que expresar. Esta pena, aquel dolor…
Y acaso ocurra también
que estas lágrimas del frío,
mudas, desamparadas,
más envidien aún
a esas sus otras hermanas
del llanto o la alegría,
pues aquellas son, al fin,
encendidas lágrimas vivas,
mientras que ellas,
engendradas tan sólo por el frío,
nada fueron siempre
sino pobres lágrimas muertas,
cadáveres de lágrimas,
que en fúnebre cortejo salen,
mejilla hacia abajo,
hasta el gélido camposanto de la nada.
Las otras lágrimas, las vivas,
sucede que conocen bien
el largo camino del recuerdo.
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Domingo, 11 Enero, 2009
Quiero hacer aquí el panegírico que más intenso pueda yo hacer, para la novela de Manuel Pimentel “El Arquitecto de Tombuctú“. Manuel es hombre de camino intelectual, interno; como lo fue su novelescamente biografiado, Abú Isaq Es Saheli; un granadino del XIV, que tras haber triunfado, como poeta y jurisconsulto, en su patria, hubo de exiliarse por escandalizar con herejía, alienado por vino y estupefacientes. Su peregrinación por el Norte de África, hasta El Cairo, y Medio Oriente, Damasco, Bagdad y La Meca, le trae, por último a Tombuctú, en el séquito del Emperador Kanku Mussa, rey de los negros. Allí se convierte en el arquitecto de las mezquitas de barro, prodigio y paradigma de la espiritualidad exenta de lujo.
La novela se desarrolla en 99 capítulos, los 99 nombres de Alá, en un guiño, constante en la novela, a la existencia de dos Islams: el bueno, el del amor, y el malo, el de la intransigencia, de la yihad contra los infieles. Ahí, Pimentel expone tesis: no sólo inventa, en los huecos que su exhaustiva investigación no ha podido cubrir. Su tesis es que el Islam de los dos murcianos, o mursíes, Abú Abbas El Mursí, en Alejandría e Ibn Arabí, en Damasco, es, o puede ser, una religión compatible con la magia del antiguo Egipto, con el animismo del mundo negro subsahariano, con el cristianismo copto o con cualquier otro tipo de transcendencia. Una tesis valiente en el mundo de hoy, tan convulso por la misma causa. Y en ese sentido, la novela es un canto a la transigencia, la tolerancia y el amor entre los humanos todos: razas, culturas, sexos, e incluso, niveles de discapacitación, como se demuestra en el amor hacia su inseparable ahijado, Jawdar.
Particular emoción supone para un murciano de hoy, conocer que en dos puntos álgidos de su camino interno, Es Saheli recibe dos iluminaciones certeras y determinantes, la de El Mursí, que le enseña lo engañoso de los sentidos, e Ibn Arabí, que le muestra que allá donde no hay amor, no se encuentra Alá, Dios, el Absoluto…
Pero por debajo de todo esto, la novela es una novela de aventuras: amores, desamores, batallas, sobresaltos, viajes… con una estructura de avance en paralelo y bucle narrativo, además de inteligentísima, muy efectiva de cara al lector de novelas que busca saber qué pasa… Lo dicho, lean esta novela inmediatamente. Vale.
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