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LITERATURA EN COMO

Lunes, 21 Septiembre, 2009

Bellagio 

Bellagio, al fondo, en la otra orilla del Lago de Como. La Villa más alta de todas señala dónde estuvo Villa Tragoedia, de Plinio el Joven         

  En tanto que espacio literario, el Lago de Como –o Lario denominado sincréticamente por los nativos- tiene mil y una referencias, de todos los tiempos. Dejé, en mi visita a la zona, que fueran ellos solos los que acudieran a mi encuentro, como un brindis del destino. Ni viajé informado, ni atendí noticias que rasgaran mi virginidad en el tema. Así las cosas, dos fueron los literatos que, podríamos decir, salieron a mi encuentro, con más decisión. Un tercero, Alessandro Manzoni, se nos esfumó como fantasma.

           El primero fue Plinio el Joven, natural de la ciudad de Como, el segundo, Filippo Tomasso Marinetti, fallecido en Bellagio, hermosísimo enclave, estratégicamente situado en medio del Lago. Y eso precisamente, la bella localidad de Bellagio, que comienzan teniendo de común ambos escritores, separados por un espacio temporal de 20 siglos. En Bellagio tenía su finca residencial Plinio el Joven. Lario es un lago de tres brazos, los tres alargados por un medio centenar de kilómetros y cercados de abruptas montañas verdes. Uno de los brazos, el más septentrional, tiene la dirección sur-norte. Acaba en la población de Collico, casi en Suiza ya. Los otros dos se extienden, igualmente longitudinales, desde que “acaba” el anterior, en las direcciones suroeste –el de Como-, y sureste –el de Lecco. 

           Lecco es la ciudad de Manzoni, el novelista romántico por antonomasia en Italia. Su novela: Los Novios (I Promessi Sposi). En Lecco transcurren –en tiempos de la Guerra de los Treinta Años- las amorosas e infortunadas peripecias de Renzo y Lucia, pero no nos fue dado seguir su pista… Motivos tendría el destino paras negárnosla Por cierto, en la historia el malo es el español Don Rodrigo, gobernador de Milán.

           Equidistante de Collico, Como y Lecco, se halla Bellaggio. Desde su esquina privilegiada se contemplan los tres brazos del Lago. Y allí, justo delante del promontorio que, a modo de peninsulita, marca territorio, tenía Plinio el Joven su villa de descanso. La llamó Tragoedia, en griego. A la casa que tenía en el mismo Como la denominó Commedia. Juegos verbales de un literato. Hoy Tragoedia es Villa Serbellione. Un verde prado, abierto al sur del promontorio antecitado, marca los espacios de la mansión del joven Plinio. Luego se alza la casa actual, sobria y señorial, pintada en un ocre muy elegante, y tras ella un bosque de diversas especies, umbrío y profuso, que acaba en el centro del lago de tres brazos.

           Plinio el Joven tenía 500 esclavos, y era íntimo de Trajano, el español que dirigía el Imperio, allá por los confines entre el siglo I y el II de nuestra era. A este Plinio debemos el género de Carta Literaria, que tanto predicamento tendría desde el Romanticismo. En una de ellas, por cierto, le cuenta al Emperador sus decisiones acerca de la ejecución de los cristianos que se niegan a rendir culto a la cúspide del Imperio, es decir, al mismo Emperador a quien escribía. Por eso resulta harto difícil de entender que, junto con su tío, el naturalista Plinio el Viejo, se encuentre estatuado en el frontal mismo de la Catedral de Como, en efigies de mayor tamaño que ningunas otras. Hoy se hallan acristaladas, para protegerlas de las injurias de las palomas. Y son, como el resto de la Catedral, adscribibles a ese estilo mixto de gótico tardío y temprano Renacimiento que caracteriza a no poca parte de Italia. Fue, está claro, un perseguidor de cristianos, pero en sus paisanos de mil quinientos años después, pesó más su universalidad que su condición de pagano reluctante al Cristianismo, a cuyos seguidores en conjunto, llamó secta.

           En cuanto a Marinetti, adelantemos que fue, podríamos decir, el poeta áulico de Mussolini. Murió en el Hotel Splendide de Bellaggio, en 1944, a punto de acabarse la penosa aventura del Duce. Morir en un hotel tiene algo de tristeza irremediable. En el caso de un equivocado absoluto como Marinetti, es patético. Una placa en una esquina del hotel recuerda el luctuoso suceso. Se creyó fundador de la definitiva modernidad con su manifiesto del Futurismo, un panfleto que concede gloria al desprecio de la mujer, y a la velocidad como nueva diosa. “Un coche de carreras es más bello que la Victoria de Samotracia”, dice el lugar común que las más de las enciclopedias citan del escritor. Y uno piensa, ¿qué sería del Rolls Royce sin el pequeño icono de la Niké en lo alto de su morro? Equivocó su adscripción vital, y la vida no le deparó existencia suficiente como para desdecirse y encontrar la acertada lucidez. A otros sí le concedió ese don, como a Baroja o Unamuno. También a Cela, el delator voluntario al servicio de Franco. Pero no a él, pobre.

           Plinio y Marinetti fueron amigos del César de su tiempo: Trajano y Mussolini. Y ambos coincidieron en su referencia vital a Bellagio. Marinetti escribió en francés gran parte de su obra, y Plinio eligió el griego para bautizar sus villas. Un sentido elitista de la vida también debió de ser común a ambos. Trajano designó a Plinio el Joven gobernador de Bitinia, la parte norte de la Anatolia, mientras el Duce no se dignó proponer a su bufón poético para nada oficial. Ni Plinio entendió qué era el Cristianismo, ni Marinetti qué era la democracia. Ambos murieron sin saber que el futuro era una cosa distinta de la que ellos habían soñado como definitiva y perfecta.

           Descansen en paz ambos, y hayan encontrado donde estén la sabiduría que su tiempo les negó. Vale.

UN BEL MORIRE…

Lunes, 7 Septiembre, 2009

petrarca.jpg

           Retomo esta frase de Petrarca para título de un cuento mío,  e indago en el verso al completo del que lo he extraído. Se trata del final de una estrofa de una larga canción, cómo no, dedicada a Laura. Google me ayuda a encontrar el texto entero. Y tras ver tres traducciones de la estrofa, encuentro que ninguna me satisface, y decido hacer la mía. La mía, que no es una traducción, sino una traslación, algo de mucho más amplio sentido filológico.

           El verso entero reza: Ch´un bel morir tutta una vita onora, en toscano antiguo de Petrarca. Lo primero que me encuentro es la brutal elipsis continuada del poeta italiano. Reminiscencia  sin duda de aquel trovar clus de los provenzales, de los cuales él proviene, de cerca o de lejos. Y concluyo que mi versión eludirá las elipsis. Antes al contrario, las esclarecerá. Lo escribiré –me dije-  en un estilo llano, extenso, fluido; a la manera moderna de la poesía española. O de una tendencia de la moderna poesía española.

           El resultado me ha placido lo suficiente como para traerlo al blog. Petrarca significa como un vivir sin honor, vivir cantando la continua queja del desdén de Laura. Ahora bien, si consigue morir de amor, traspasado por la flecha de Cupido, sin emitir lamento alguno de dolor… entonces, habrá restañado toda una vida de sollozo amatorio.

           Ahora bien, los poetas, los autores, no son dueños de la fortuna que adquieren sus escritos, parciales o completos. La frase Un bel morir tutta una vita onora ha servido para explicar muchas actuaciones que distan mucho de aparecer en el contexto en que Petrarca la utilizó. Por eso son clásicos. La fortuna dispuso de sus escritos, mucho más allá de sus intenciones. Por ejemplo, mi cuento. Una cosa que se pensaba de cuatro o cinco folios, y resultó de veinticinco.

           He aquí lo escrito por Petrarca. Reconozco que no sé si la hache de honora fue escrita por el poeta o es añadidura de otros.

Chi nol sa di ch’io vivo, et vissi sempre,
dal dí che ‘n prima que’ belli occhi vidi,
che mi fecer cangiar vita et costume?
Per cercar terra et mar da tutti lidi,
chi pò saver tutte l’umane tempre?
L’un vive, ecco, d’odor, là sul gran fiume;
io qui di foco et lume
queto i frali et famelici miei spirti.
Amor, et vo’ ben dirti,
disconvensi a signor l’esser sí parco.
Tu ài li strali et l’arco:
fa’ di tua man, non pur bramand’io mora,
ch’un bel morir tutta la vita honora.

           He aquí mi versión:

 Nadie podrá saber de qué me he mantenido,

desde aquella vez que sus ojos viera,

que me hicieron cambiar vida y costumbres.

 Aunque se busque por toda la Tierra,

¿quién puede saberlo  todo de todos los hombres…?

 Algunos hay, incluso,  alguna vez leyera,

que se alimentan tan sólo de los aromáticos efluvios,

del gran río que habitan en su ribera.

 Más raro yo, que de fuego y lumbre transcurro,

y que hago ayunar, sin amor,  a mi hambriento espíritu,

para darle a comer, piadoso, el hielo que calma  

                                                                                          [hoguera…

 Amor, escucha lo que quiero decirte:

deja ya de ser  tan cruel y avaro conmigo.

Tú posees el arco y las flechas.

¡Dame con tu propia mano la muerte,

sin que yo quejándome a gritos  muera,

que un morir hermoso,  puede honrar la vida entera!

EL GOCE LECTOR

Martes, 2 Junio, 2009

LA

            Cuando ya hemos leído, el concepto “comprensión lectora” no ha sido sino un método, un camino. La meta, siempre, es el goce lector. Leemos para gozar. No para entender. Entender es una meta transitoria, volante. Leemos para gozar, con unos matices más o menos sensitivos, más o menos intelectuales; pero leemos para gozar. No leemos para comprender. Comprender es la puerta del gozar. No nos detenemos bajo el umbral de la puerta de la casa a donde vamos. Atravesamos ese umbral, el entender, el comprender, y pasamos al salón del goce. “Comprensión” es una palabra abstracta. No huele, no tiene sabor, no se oye, no se toca, ni siquiera se ve. Es eso, un concepto abstracto. La palabra goce es plurisensitiva. Es como la unión de todos los sentidos. Es un sentimiento interno. Y se parece más a un sentido pleno, que a una idea abstracta.

            Por eso, en las escuelas, habría que reivindicar el sentido del goce lector, antes que el de comprensión lectora. Incluso, la comprensión puede faltar, y estar presente el goce. Cuántas canciones, mal escuchadas y con su letra confundida, nos han hecho gozar aun con esa letra confundida. Un acento desviado, caso tan concurrente en las letras de canción, una palabra desconocida… no han sido obstáculo alguno para sentir el alcance pleno del sentimiento que esa canción comportaba. El goce lector es la mejor manera de conocimiento que hay. No es una diversión, ni una frivolidad, preferir aprender un poema con todas sus inflexiones, con todos sus énfasis, con cierta dosis de expresión corporal incluida, que conocer todos los detalles de su estilo, de su escuela poética. O representarlo, como un monólogo breve. Un texto ya gozado comprendido en su esencia, queda dispuesto para que se alcance la totalidad de su comprensión. La totalidad de la comprensión de un poema no es imprescindible para asumir el goce del mismo.  Vicente Medina lo entrevió magistralmente, en “La Canción Triste”, en donde oyendo declamar en la calle a un extranjero solo y abandonado, dice: “y es verdá que ninguno lo entiende / ¡pero lloran tós!” Pues eso es. Aún no entendiendo palabra alguna, podemos echar a volar el sentimiento.

            Ningún escritor escribe para que le midan las sílabas, le cuenten y expliquen con mil esquemas sus metáforas o rastreen sus ecos clásicos. Los escritores escriben para expresar su adentro, sentimental o cerebral, pero, en todo caso para mover el alma. No buscan un cerebro lector que simplemente decodifique su mensaje, sino que buscan un corazón que comparta sus inquietudes. Gozar es superior a comprender. Vale.