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Martes, 18 Agosto, 2009

Si venís a Como,
acudid al puerto
que límite y fondo
concede al Lago.
Aguardad la noche.
Y, entonces, cuando la oscuridad
confunda los perfiles de las montañas
que cierran vuestra vista por enfrente,
y, también, casi a la vez,
se enciendan las luces de las casa en los montes,
al tiempo que van surgiendo las estrellas por lo alto…
entonces, creedme, podréis haceros, sin esfuerzo,
fácilmente, a la idea de que son una sola cosa ambas luces,
las de arriba y las de abajo.
Y una sola oscuridad la que de vuestros pies al infinito
se abre abismal y solemne.
Es el puerto entonces,
como un balcón al Universo.
Y vuestros ojos,
náufragos son del Cosmos.
Contempladlo todo y en nada penséis,
salvo en sentiros una lucecita más
del inmenso escenario
del gran teatro de la noche sideral.
13-08-09
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Domingo, 17 Agosto, 2008

Desde Portoscuso, al suroeste de Cerdeña, la pequeña isla de San Pietro tiene un perfil de triangulo isósceles de escasa altura. Quizás con unos quince grados, o menos, de apertura en cada una de sus pendientes. En la cúspide, una antena de comunicaciones completa la figura, rematando la imagen. En realidad, la isla tiene una planta de base irregular, cercana al trapecio. Su capital, turismo aparte, es Carloforte.
La mañana de Agosto en que la visitamos, la niebla marina enfantasmaba la isla un tanto. En su extremo norte, la pequeña Isla Plana, como un añadido rocoso, aparecía repleta de construcciones humanas. Genovesa desde siempre, pregonaba su independencia de la isla madre.
La capital de San Pietro es Carloforte. Se ubica en una pequeña bahía, junto a unas salinas. Su frontal no se advierte desde Portoscuso, pues mira al SE, quedando el pequeño puerto sardo al NW. Toda la isla es un bosque apartado y frondoso de pinares y enebros, de fuerte verdor.
La impronta más notoria de la islita, apenas a unos kilómetros de Cerdeña, es la trágica experiencia de sus habitantes. Raptados por la piratería tunecina en tiempos de la Revolución francesa, fueron rescatados casi medio siglo después por el rey piamontés, a cuya jurisdicción se entregó Cerdeña entera, luego de la Guerra de Sucesión española. Hoy, en el paseo urbano aledaño al puerto, de encantadora mediterraneidad, una efigie de Carlo Felice, el piamontés rescatador, memora il ritorno in patria , entre palmeras y cosmopolitas terrazas repletas de turistas. Cercana a la plaza del puerto, la iglesiecita que guarda la Madonna dello Schiavo, la imagen que veneraban los isleños en su exilio tabarquino, en la costa tunecina: un mascarón de proa, piadoso, encontrado por uno de ellos en la playa sarracena.
Mucho antes, en el siglo primero, la isla tuvo el egregio náufrago que nombre diera a la isla: el mismo San Pedro, en viaje desde Haifa, camino de la pagana Roma, para convertirla, hubo de acogerse a sus costas para evitar morir.

Pero lo que nosotros buscamos, aún siendo historia, tiene un apoyo fuerte en los más literarios terrenos de la leyenda. Hablamos de la llamada Cruzada de los Niños. Fue en 1212. Un niño francés, Etienne, doce años, predica una singular Cruzada. Sólo la inocencia de los niños podrá rescatar la Tierra Santa de manos de los infieles. Lo llevan a ver al Papa y le da una carta de Jesús mismo. Por los caminos de Francia y de toda Europa Etienne va reclutando infantes, formando un ejército de la pureza, ante cuya visión, la armas mahometanas se depondrán de inmediato. Ya el mismo viaje a través de la Francia paupérrima del momento, fue dantesco: hambres, enfermedades y muertes, hasta llegar a Marsella, donde los esperaban “generosos” barcos fletados con misteriosa magnanimidad. Fuentes históricas desmienten la especie. Por el nombre genérico de Pueri, literalmente traducido por Niños, se entendía la alusión a todo mendigo ambulante, generalmente peregrino en conjunto. Naturalmente, la Cruzada fracasó. No llegó siquiera a Palestina. Dicen que sus barcos naufragaron…
En la isla de San Pietro, se halla la ermita de I Novelli Inocenti, junto al Viale del mismo nombre. Se erigió, dicen los nativos, en honor de los Niños de la Cruzada. Los Nuevos Inocentes. Pero, a veces, la leyenda y la Historia se dan la mano. La pequeña flota, fletada por unos presuntamente piadosos comerciantes, naufragó en San Pietro, justo a punto de variar rumbo, para trazar orzada hasta Haifa o San Juan de Acre. Y dicen ambas, leyenda e Historia, que muchos niños acabaron de esclavos. Sospechosísima, para cualquier observador imparcial, la presencia genovesa en la cercana Isla Plana, mercaderes de todo lo que fuera posible mercadear, carne fresca de esclavos entre otras cosas. Y así, entre el naufragio y la venta como esclavos, acabó la infausta Cruzada de los Niños.
En 1982, mi amigo el escritor Pedro Cobos (1929-1989), jumillano universal, publicaba “La Cruzada de los Niños”, subtitulada como “Texto para un Oratorio”. Se trataba de una pieza dramática, breve, poética, simbólica, en verso. Un alegato contra la maldad y el fanatismo, la ignorancia y la estupidez humana. Unos años más tarde, tuve la idea de organizar una representación de la obrita. Lo hice, con alumnos del Instituto José Planes, de Espinardo, en Murcia. Vi realizada, hecha voz y personajes, la tragedia medieval revivida por Cobos.
Por eso, visitar en San Pietro, la Ermita de los Nuevos Inocentes, casi aledaña a la parroquia del San Pedro Náufrago, fue para mí una experiencia singular. Se halla situada en el extrarradio sur de la pequeña urbe de Carloforte, alejado del mar, donde ya el bosque pinar impone su presencia. Se halla en un otero, alzada respecto de la calle que arriba desde el centro urbano de Carloforte. Es una fachada blanca, como de capilla griega minúscula. Dicen papeles que se advierte el estilo piamontés en la restauración. La antecede un muro de piedra, que preserva de miradas el interior. Una puerta lateral de verja, de tamaño humano, nos impedía acceder al interior del patio que antecede a la capilla misma, cuya puerta, en madera noble muy nueva, se hallaba, ay, abierta. Sentimos no poder penetrar en su interior, pero, en el fondo, nos daba igual. Allí estábamos, memorando a los Pueri que vendidos fueron por comerciantes sin escrúpulos, un día de aquel 1212, el mismo año de las Navas de Tolosa. El espíritu de Pedro Cobos estaba con nosotros. Vale.

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Martes, 29 Julio, 2008

En los comienzos occidentales del valle burgalés de Tobalina, hay un cerro de pétrea cima. En ella hay excavadas, unas cuantas tumbas antropomórficas. Se hallan desparramadas irregularmente, aunque dispuestas en una clara orientación levante-poniente. No sabemos si fue por celebrar al sol, o por mejor aprovechar el rocoso lecho eterno que eligieron los allí inhumados para acudir al más allá. La cima posee un más alto escabel de roca, que hace las veces de cabecera de todos. Las dos primeras tumbas son más grandes y profundas que las demás. Quiero pensar que pertenecen al patriarca del clan y a su esposa, un paso detrás.
Desde lo más alto se divisa todo el valle; desde Frías, con su castillo imponente y templo, a cada lado de la colina, hasta las blandas lomas que limitan a poniente el valle. Quiero pensar también que ese al que hemos llamado patriarca o líder, caudillo fue de gentes de labor, de cultivo y ganado, pacíficas gentes… que lograron colonizar todo el valle, sin que, en algún tiempo, ningún otro pueblo viniese a disputarles territorio. Acaso gobernase desde Frías, pero él quiso venir a ser inhumado en el cerro medio de sus dominios. Luego, al morir su esposa, la enterraron junto a él.
Seguidamente a ambas tumbas, se hallan las de unos cuantos niños, pequeñas, menores. Una epidemia infantil, acaso, segó las vidas en ciernes de los infantes. Sus padres, tíos, familiares cercanos, tuvieron sus nichos ya hacia el extremo del alto peñasco. Luego, no lo sabemos bien, pero debió concluir la dinastía. Otros pueblos invadieron el territorio y asimilaron al pueblo de nuestro líder.
Poco importa si fue así o no. Los feraces campos de trigo y de bosques que circundan el cerro hablan de una agraciada tierra, que puede producir grano para muchos, con tal de vivir en paz. Y si no fue así, os juro que la hermosura del Valle de Tobalina bien merece que en su Historia haya existido un hombre igual. Sus dioses lo hayan recibido con honor, con gloria y grande regocijo. Vale.
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Lunes, 21 Julio, 2008

En el norte de Burgos, el río Guareña, deudor del gran padre Ebro, da en tierras calizas. Las disuelve, con la ayuda de milenios, y se sumerge en profunda sima, donde la fuerza de sus aguas y la flaqueza de las cales han dado en la construcción de un sinfín de galerías y cuevas, plenas de angosturas, pasadizos y ensanches.
En los primeros tiempos del Hierro, un príncipe celta, armado de espada y antorcha, decidió adentrase en ellas, quién sabe buscando qué; acaso a la ninfa cuyo canto mágico podía oírse en los días en que la dirección del viento acertaba a colarse en el arduo laberinto kárstico. O, quizá en busca de algún tesoro que leyenda antigua ubicase en la cueva. Sólo la gran dama que rige el destino puede saberlo, pues lo eligió para desposarse con él en la oscuridad completa de su interior. Si así hubiera sido, nupcias fueron trágicas. Antes que la definitiva oscuridad se adueñase de sus ojos, la única oscuridad mayor que la meramente física de la misma cueva, la de la muerte, el atrevido príncipe intentó con paciencia y fortaleza encontrar la salida. No lo logró y tornó a un pequeño antro, donde habría de morir; y en el que, acaso a ciegas, represó con sus manos el agua que resbalaba por oblonga roca en pendiente. Bebió y bebió hasta que la sola ingesta de agua no alcanzó a nutrir el suficiente que su naturaleza exigía. Entonces, se tendió en el suelo, agarró con decisión su espada, y se dispuso a esperar a la que habría de ser su esposa eterna.
Cientos de años después, milenos incluso, los hombres de ciencia descubrieron sus restos. Trasladaron a un museo el esqueleto, creyendo llevar todo lo que de él quedaba, pero erraron la intención. No portaron valentía, ingenio, decisión y serenidad suprema ante la muerte. Todo ello fue su dote, en los desposorios que celebró, con la negra dama de su destino. Loor a los héroes. Vale.
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Domingo, 13 Abril, 2008

Entre todos los nombres que se inscriben en los tiempos fundadores del pueblo checo, Chek, Krok… el tiempo, o el destino –esa forma sublime del azar- ha designado el de una mujer, Lebussa, para atribuirle la grandeza de inaugurar página en la Historia. Fue Lebussa afortunada Eva que escogió su Adán. Tercera hija del jefe de clan eslavo, Krok, tenía el don de la Profecía. Acaso por tal causa fue elegida sucesora a la muerte del hijo del guerrero Chek, que diera nombre al común. A la sombra de un tilo, que emana paz, sosiego y calma, Lebussa impartía justicia con equidad y mesura. Tiempos eran revueltos, aquellos en que, colapsado el Imperio de Roma, los pueblos celtas, germanos, eslavos y aún los de la estepa rusa y más allá, buscaban acomodo en las feraces y templadas tierras europeas. Su gente, mezcla ya de celtas y eslavos, carecía de esa amalgama mágica que vinieron a ser las dinastías asentadas. Anidaba en él, por consiguiente, el germen de la división y la avidez de la preeminencia.
Cierto día, bajo el tilo judicial, llegaron dos vecinos, o dos hermanos, según versiones, ante ella. Litigaban por cuestiones de lindes o de herencias. Disputan las versiones el caso y el tiempo dejó olvidado dirimirlas. Smetana compuso Opera acerca del tema, eligiendo la fraternal querella como asunto. Falló Libussa a favor del más joven, y la ira cundió en el más anciano. Provecto, se produjo vehemente contra la que amparada era por el sagrado tilo. Cómo, gritó iracundo, nos dejamos gobernar por doncella, cuando en el resto de pueblos, sólo hombres dirimen y deciden la paz y la guerra.
Pesarónle en el corazón a Lebussa tales palabras, mas, lejos de rebatir al subversivo, retiróse a su interior, considerando la respuesta. Dicen leyendas que fue entonces cuando llamó al joven Premilsz a su lado, tomándole por esposo, para evitar el patriarcal y ancestral rechazo misógino a mujer sola, por parte de una sociedad belicosa y primaria. Y claro queda, aunque no en palabras, que Lebussa cedió a la costumbre, y sacrificó su magistratura en aras del dictado patriarcal imperante. Los Premilsz dieron dinastía a Chequia por seis siglos.
Mas, en mi lectura, Lebussa se adelantó en más de un milenio a la mujer de hoy. Aprovechó la ocasión para casarse con su amado, sin que fuera tomado a liviandad impropia de sus altas tareas, fundar casa y hogar con varón apropiado, incluyendo el cortejo previo o contrato al uso. Dejó creer que aceptaba los designios de la intolerancia que hoy diríamos machista, para, de una parte, legar la sangre de su padre a la dinastía unificadora, y, de otra, aspirar a ser feliz con una vida propia, meciendo a sus hijos, y gozando de un matrimonio del que no se saben disputas.
Lebussa, llamada para ser mito, supo cómo ser mujer a un tiempo, componiendo su destino. Feliz el pueblo checo, por haberla tenido en sus orígenes y por haberla elegido, entre otros nombres, como fundadora. Vale.
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Martes, 8 Abril, 2008
Hay una leyenda en Praga que tiene un perfume especial de misterio. Es la leyenda del Golem. Allá, cuando cambiaba el siglo XVI a XVII, y la contienda religiosa entre reformistas y católicos asolaba Europa, en la centenaria colonia judía de Praga, hubo un rabino especialmente sabio. Era el rabino León. Lew o Low en yidish. Dicen que, a imitación del Yahvé del Génesis, construyó, muy fornido, un gran muñeco de arcilla. Le sujetó el frágil barro mediante férreas grapas y le puso en la boca una piedra con uno de los nombres secretos de Dios. El Golem, que así se llamaba el espantajo, cobró vida de inmediato. El buen rabino le encomendó las tareas domésticas usuales: barrer, limpiar, servir… Y, luego, salió a la calle con él. Iba el Golem detrás, a modo de guardaespaldas o lacayo, acompañando y guardando a su amo.
Así lo vieron los praguenses en aquellos tiempos de turbación y de guerras. Y así lo trasmitieron de generación en generación desde entonces. La comunidad judía, y en especial el rabino León, se sintieron guardados y protegidos por aquel imponente ser, todo servidumbre, que tanto respeto imponía en el gueto y fuera del gueto.
Cuentan asimismo, que en el sábado, el Golem, criatura judía al fin y al cabo, descansaba. Para ello, el rabino León, su amo, le quitaba la piedra de la boca, y yacía inerte en la casa del rabino, sita en la misma Sinagoga Vieja-Nueva, en los bordes del gueto con la ciudad cristiana. Un día, se dice, el rabino olvidó quitarle la piedra de la boca, y el Golem enloqueció, e hizo barbaridades…
Cuando fue a morir, el rabino escondió la portentosa piedra y acostó, yaciente, al Golem en un compartimento secreto de la Sinagoga. Desde entonces, duerme allí, esperando no se sabe qué día.
Yo soy más empírico. Pienso que el rabino jugó con la credulidad e idolátrico respeto de los cristianos hacia las imágenes, e inventó una: el Golem. Contrató a alguien fornido, un mercenario de las guerras de Religión quizás, y lo disfrazó con una esterilla embarrada, a la que cerró con fierros. Se hizo acompañar de él, y dejó correr a la imaginación del ignorante pueblo de los gentiles. La comunidad, merced a su argucia, vivió en paz mientras hubo Golem. Eso fue todo, y fue bastante.
Para mí, de ser esta versión la verdadera, el rabino León sería más sabio que si hubiera dado vida, en verdad, a la criatura. Vale.
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Martes, 1 Abril, 2008
Buen rey Wenceslao,
súbeme a la grupa de bronce
de tu caballo bravo,
y muéstrame Praga en vuelo,
desde tu alto pedestal de mármol.
Llégate hasta la Plaza Vieja.
por el aire cabalgando,
sobrevuela las agujas catedralicias
y desciende luego
cabe el reloj astronómico
a las doce en punto del meridiano.
Lleguémonos después
a la Sinagoga Nueva y Vieja,
junto al Cementerio Judío,
de lápidas abarrotado.
Descabalga, Rey Wenceslao,
que el Rabino León
el Rabino más amado,
nos invita a pasar adentro.
y es de nobles corazones
ser buenos invitados.
El Golem amable, su criado,
me coge las riendas
principescas del caballo,
y se lo lleva, sigiloso,
hasta los escondidos establos.
Quedo yo solo
Con tu lanza, Wenceslao,
la puerta de la Sinagoga guardando.
Luego aparece de nuevo El Golem
con una bandeja de pan ácimo
y dulce vino de Israel en sendos vasos.
Bebéis, os abrazáis, y brindáis por la paz
y por todos los seres humanos.
Nos despedimos,
y de nuevo el vuelo alzamos.
Yo, a la grupa,
tú a las riendas del caballo.
Por encima de la Karlova,
a los jesuitas saludamos,
que desde el Clementinum,
en su Torre Astronómica,
nos dicen adiós con la mano.
Llegados a la torre primera
del Puente de Carlos,
volvemos a bajar,
y ante el Descendimiento
con piedad nos arrodillamos.
Vuelves a cabalgar,
y yo, orgullosamente,
abriéndote camino solemne,
voy delante como un espolique
de los tiempos de nobles y villanos.
Suenan las herraduras huecas
sobre el duro adoquinado,
y se arrodillan con respeto
los checos a tu paso.
Inclinan la cabeza las estatuas del pretil,
en solemne señal de acato,
y los turistas, risueños, nos sacan fotos,
entre sorprendidos y arrobados.
Montamos de nuevo, tú a las riendas,
yo a la grupa, y otra vez el vuelo alzamos.
Rodeamos las cúpulas de San Vito:
Desde allí, los puentes del Moldava,
las aguas y las brumas abrazando,
parecen paisaje de cuento
por un arcángel dibujado.
Bajamos al callejón de Oro,
y en el número veintidós,
sale Franz Kafka,
-su escribir, por verte, abandonado-
a desearte buenaventura
y buen siguiente milenio
para tu memoria de eternizado.
Luego te ofrecen un vino caliente
en cristal de Bohemia,
límpido, transparente, inmaculado.
Tú, apenas lo bebes,
pero agradeces la ofrenda
con solemne gesto ritualizado.
Me haces seña, y tornamos a volar,
alto, muy alto.
Entonces llega la nube de nieve loca,
que arroja ligeros copos leves
en furioso y disperso caos,
como amables municiones
de una guerra alegre,
de traviesos angelitos malos,
de algún rococó del Hdraçany escapados.
Pierdo de vista el suelo,
y de pronto –con todo acabado-
me veo en tierra, como al principio,
ante tu estatua, tú arriba, yo abajo.
Y creo entonces que todo ha sido
por mi imaginación soñado.
Pero, al mirar tu noble rostro,
tu regia testa en inclinado
comprendo que son los sueños,
si con nobleza imaginados,
una forma de verdad, y no una mentira
que pasara por la memoria de largo.
28 de Marzo, 2008
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Lunes, 31 Marzo, 2008

Es inevitable: aunque a uno le gusta saberse vacunado contra el nacionalismo, de cualquier tipo, siempre queda un algo, que, aunque es inocente, gusta mostrarse en guardia. En esta tesitura, alguien que siempre va con uno, sin que uno mismo lo sepa, fijándose anda en los ecos que pueda percibir de sus orígenes, allá por donde vaya. Y así, ese otro yo, ingenuamente nacionalista, va y se fija, por ejemplo en los cuatro santos españoles que hay entre las treinta estatuas del Puente de Carlos IV, en Praga. El Arte Gótico, como obra pública. Un dato no menor del puente: tiene capacidad para que se crucen dos tiros de recua. Algo en cierta medida desconocido. Los cuatro santos son: San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier, San Vicente Ferrer y Santo Domingo de Guzmán. Todos santos, claro. Los Habsburgos, apoyándose en los jesuitas, recatolizaron Praga, y Bohemia en general, luego de pasar a sus dominios aquellos lugares de Centro-Europa. De no ser por ellos, el iconoclasta protestantismo hubiera hecho una Praga de espíritu, que no de cúpulas, imágenes y demás arte trentino. No olvido mencionar la sangre que dicha recatolización costó. Quede reseñada, pues.
Lugo, en la Catedral de San Vito, allá, en medio del Castillo, en todo lo alto de la nave, frontera entre las esbeltas columnas y las vidrieras últimas, campean, del lado de Evangelio, los escudos de los reinos hispanos de los Habsburgos: Granada, Castilla, Las Dos Sicilias y Aragón. Se las menciona como Regni Hispaniarum: Reinos de las Españas. En plural. No dice Hispaniae, de España, sino Hispaniarum: de las Españas. La Corona era suma de reinos, no absorción castellana de reinos. Honor a la verdad, siempre. (Continuará).
En la misma Catedral de San Vito, frontero a la misma Capilla Real de San Wenceslao, a quien vienen a honrar incluso los presidentes de república electos, sin ningún rubor antimonárquico, se halla la lápida de Don Bernardino de Toledo, en mármol, con la Cruz de Santiago en medio de su coraza pectoral. Una inscripción en latín nos habla de este castellano que vino con el Emperador Fernando, a quien hizo grandes servicios. Pasen a saludarle cuando estén en Praga.
Luego esta la inesperada Sinagoga española. Unos e espera una noticia de judíos sefardíes huidos a la capital de Bohemia cuando finales del XV. Pero no. La sinagoga data del XIX bien entrado. Sucede que el arquitecto, caprichoso y con un algo de mal gusto, determinó hacer una pastiche horrendo con decoración de Alambra. Los praguense, con la imagen ya en la retina de los grabados de los viajeros románticos, decidieron que aquel estilo era español. Ni andaluz siquiera. Y, así, con lo de Sinagoga Española se quedó. Delante tiene un monumento a Kafka inspirado en René Magritte, con su rostro vacío, y algún surrealismo más. No se lo cuento para no dejarles sin sorpresa.
Y, cómo no, el Niño Jesús de Praga. Un españolito, de origen cordobés, o canario según otros. La noble española Isabel Manríquez de Lara casó con noble bohemio cliente de los Habsburgo. Finales del XVI. Se fue a vivir a Praga, y llevó consigo la estatuilla. Su hija Polixena, la misma que acogió a los defenestrados papales del Castillo, a pique de ser linchados por los protestantes, legó el Niño a los Carmelitas. Era 1620. El Niño sobrevivió a la iconoclastia rerformista, y allí sigue. Vale.
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Martes, 25 Marzo, 2008

Ese empedrado antiguo de las calles praguenses es, según mi lectura, parte del alma de esta ciudad antigua y hermosa. La irregularidad en el suelo transfiere al que pisa una parte de la prestancia y
la Historia de la capital de la antigua Bohemia, parte principal de la moderna Chequia. Como un contrapunto plano y extenso al mundo aéreo de agujas góticas y barrocas, de tejados empinadísimos a lo Chagall, el suelo de Praga intenta detener al tiempo, o a una parte del tiempo: esa parte del tiempo que el mismo tiempo no mató. La piedra tiene la entraña de
la Historia, una entraña que no tiene el asfalto o el conglomerado de las calzadas de la modernidad.
Y, luego, están las anchas junturas entre adoquines. Todo un mundo de objetos, supuestamente perdidos, se aloja en ellas. Particularmente colillas, colillas de cigarros de todo el mundo, colillas que han estado en las bocas de miles de ciudadanos de todas las lenguas. Quiero suponer que esas palabras atraviesan el suelo de Praga, y llegan a no sé qué fondo de este corazón de Europa, que así se vuelve más humano, para no repetir la doble locura de este pasado siglo XX, y las múltiples de antaño, cuando las guerras duraban cien, treinta años…
Busco, entonces, la plana horizontalidad en Praga. Ya todos han hablado de las torres, de las estatuas de tantos príncipes, artistas, políticos, santos… Yo hablo ahora del plano suelo de la orilla derecha del Moldava, al otro lado la colina del Castillo, siempre más pisada de próceres que de menestrales o plebeyos.
Sacro suelo de Praga, para ti escribí hoy esta laica oración en prosa; sobre tu mismo suelo humilde, que tanto me reveló. Vale.
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