Clásicamente, antes de la incorporación de la mujer al mercado laboral, las labores de ambos progenitores estaban generalmente definidas de tal manera que, por un lado, la madre era la encargada del cuidado de los hijos y la casa y, por otro, el padre era el encargado de trabajar fuera del domicilio. De esta forma, la mujer, “desde pequeña”, era instruida en el cuidado de los niños y la casa. De esta forma, era raro que una futura madre no hubiera estado en contacto (incluso en muchas ocasiones hubiera cuidado) con otros niños pequeños y recién nacidos. La madre, con la colaboración de sus propias hermanas y madre, era la encargada de “sacar los niños adelante” siendo el padre en la gran mayoría de los casos un mero espectador de la situación, sobre todo en los primeros meses de la vida del bebé.
En los últimos decenios, con la generalización de la educación obligatoria para ambos sexos y la incorporación de la mujer al mercado laboral, las labores del domicilio han comenzado a compartirse y, con respecto al cuidado de los hijos, es ya muy frecuente que los conocimientos acerca del cuidado de los mismos que se tienen antes de llegar el parto sean similares entre el futuro padre y la futura madre. Estos conocimientos, desgraciadamente, suelen ser muy escasos y poco o nada tienen que ver con la formación académica de los futuros progenitores (excepción hecha, obviamente, de los padres con estudios en el campo de la educación o la sanidad). Aún en estos últimos supuestos (padres educadores o sanitarios), la llegada del primer hijo a una casa puede ser el acontecimiento más feliz de nuestra vida o transformarse en una auténtica pesadilla.
Con objeto de que el nacimiento de nuestro hijo sea un evento feliz, es fundamental estar preparado para el mismo. Esta preparación no sólo se refiere a tener dispuesta la cuna, pañales, ropa, etc. sino, y lo que es más importante, estar preparados sobre lo que la llegada de nuestro hijo (un ser vivo con todas sus necesidades) supone para nuestra casa. Y para esto es fundamental formarse. En una sociedad en la cuál es necesario hacer examen o cursos para prácticamente todo, es llamativo que la llegada de un hijo a nuestra casa pueda no estar precedida de una formación por parte de los padres. Hoy por hoy, la mejor formación a este respecto viene de la mano de la lectura (a realizar durante el embarazo y no sólo una vez que el niño ha nacido), siendo la visita antenatal que realiza el pediatra el “barniz” que termina el proceso de formación previo. Sólo así atenuaremos (y no evitaremos) la cantidad de “sorpresas” que un recién nacido da durante la primera semana de vida.
Aparte de la correcta preparación de la casa al nuevo hijo es importante que cada uno desempeñe el papel que se espera de él para que todo marche lo mejor posible.
La estancia en el hospital
En el Hospital, una vez terminado el parto, la sensación de protección es total. Ante la más pequeña duda no se tiene más que hacer sonar un timbre y personal del mismo acudirá para resolver las dudas o problemas que tengamos. Incluso por la noche en muchos centros sanitarios los bebés quedan bajo la responsabilidad y los cuidados del personal sanitario, con objeto de que la madre pueda descansar mejor. Si dejamos que la estancia en el Hospital sea así (dejando al personal sanitario que resuelva todos nuestros problemas), la llegada a casa puede ser una catástrofe.
La estancia en el Hospital debe ser aprovechada, no sólo por la madre sino también por el padre, para aprender ciertos aspectos básicos del manejo del bebé (cómo amamantarlo, como ponerle para facilitarle el eructo, cómo son y cómo serán sus heces a lo largo de la primera semana de vida, cambiar pañales, el cordón umbilical,…). Debemos recordar que todos los niños son diferentes y que el contacto con profesionales sanitarios y el comentarles el sinfín de dudas que se nos pueden originar debiera ser beneficioso para disfrutar mejor de nuestro hijo.
El recién nacido
Es el centro de todas las actividades que se van a desarrollar esa semana.
Conviene recordar que, antes del nacimiento, nuestro hijo ha estado confortablemente instalado en el vientre de la madre, ajeno a multitud de estímulos externos (frío, calor, movimientos intempestivos, etc.). De ahí, tras una experiencia aparentemente bastante traumática como es el parto, sale al mundo exterior, dónde “tiene que preocuparse” de comer, sentirá frío, calor, oirá ruidos y sonidos con una intensidad bastante mayor que como los oía desde el vientre de la madre, etc.
* El recién nacido requiere toda la tranquilidad posible, ya que durante esta semana, la inmensa mayor parte del tiempo la pasará (o debiera pasarla) durmiendo y comiendo. Para que esto esa así, y para que el tiempo de “protesta” o llanto sea el menor posible, el recién nacido y su madre han de ser respetados al máximo. Despertar al niño porque hay una visita en casa y esta persona desea hacer “carantoñas” al bebé es una práctica extendida y desaconsejable. Es bueno respetar que el niño duerma y se deben aprovechar sus escasos momentos de vigilia para hablarle suavemente o acariciarle. Los “apretones” cariñosos de los adultos satisfacen más, sin ninguna duda, a estos últimos que al propio bebé. También se ha de respetar el momento de la toma, momento de máxima relación madre-hijo en esta semana, y sólo acompañarlos a ambos si la madre así lo desea.
* “Los recién nacidos no ven”. Esto es cierto pero sólo a medias. Enseguida distinguen sombras y con rapidez llegará a identificar a su madre (no sólo por la vista, sino por el oído, la manera de coger al recién nacido, etc.)
* También hay que recordar que el recién nacido no distingue el día de la noche y para esto ambos progenitores deben estar preparados. Es una semana realmente cansada.
* Siempre pueden surgir múltiples dudas, por lo que, al menos, los siguientes aspectos deberán tenerse claros:
* Siempre que llora un recién nacido no tiene por qué ser porque tiene hambre. El llanto es la única forma que tiene el recién nacido de atraer nuestra atención, y puede deberse a que tenga hambre, tenga frío o esté demasiado arropado, esté inquieto, etc. poco a poco, la madre y el hijo se van conociendo y el llanto del niño llegará a ser entendido por los progenitores.
* Un recién nacido, sobre todo si toma pecho, puede hacer una deposición con cada toma. Los primeros días (en el Hospital) veremos como las heces de nuestro hijo son especialmente pegajosas y tienen un color negruzco. Es el llamado meconio. Estas heces se harán más líquidas y progresivamente más claras a lo largo de la primera semana.
* El cordón umbilical se desprenderá, en general, en la primera quincena de vida. Si nos parece que huele mal, sangra, o la piel que lo rodea está enrojecida debemos consultar con el pediatra.
* Un recién nacido puede ser lavado en un principio con una esponja y, en unos días en una bañera, siempre secándole después minuciosamente, sobre todo el área del cordón. También hay gente que espera a que el cordón caiga antes de bañar al bebé en una bañera.
* Un recién nacido, de manera rutinaria, no requiere cremas, polvos, aceites o infusiones para los “cólicos” (los llamados “anises”). Es frecuente la aparición de “granos” o “manchas” en la piel del recién nacido. En la gran mayoría de las ocasiones, no son reflejo de ningún tipo de enfermedad y desaparecerán espontáneamente. Antes de aplicar ningún tipo de crema o aceite sobre los granos o manchas es recomendable consultar con el pediatra.
* Unas uñas largas de un recién nacido se pueden cortar con unas tijeras especiales para bebés, con sumo cuidado, y así evitaremos que pueda arañarse y hacerse heridas, sobre todo en la cara.
La madre
El otro centro de la casa. La madre ha superado el parto y suele llegar a su casa bastante cansada. Además va a ser la encargada de realizar la lactancia, con el cansancio y gasto energético que esto supone. Para esto, la madre no sólo debe nutrirse y beber adecuadamente sino que también (y probablemente sea tan importante como lo anterior) debe ser apoyada por el resto de la familia, y, especialmente, por el padre.
Debe respetarse la forma en que la madre quiera dar el pecho (a solas o en compañía) (ver capítulo sobre “la lactancia materna en la primera semana de vida”)
Es relativamente frecuente que el estado de ánimo de la madre decaiga un poco tras el parto, cuando precisamente más alegre se encuentra el entorno. Si esto sucede de manera llamativa (llanto aparentemente injustificado de manera repetida, ansiedad excesiva por el cuidado del bebé, rechazo del mismo, etc.) es recomendable consultar con rapidez con un profesional. En estos casos, la madre puede padecer una “depresión post-parto”, entidad que requiere un tratamiento y control por parte de un médico.
El padre
El papel a jugar por parte del padre no puede ser el de simple espectador. Actualmente, muchas empresas facilitan días libres cuando nace el bebé e, incluso, algunas facilitan el que el padre pueda disfrutar de parte de la baja maternal. Es decir, no todo puede quedar en manos de la madre, lo cuál es más evidente si el niño no es amamantado.
El padre debe participar activamente en el cuidado del bebé y, siendo la persona adulta que junto con la madre más tiempo va a estar en contacto con el recién nacido, disfrutar de los escasos momentos de vigilia que éste tendrá.
Los hermanos
En función de la edad de los hermanos, se les preparará acerca de la llegada del bebé.
Se ha de recordar que, en caso de tener hermanos pequeños (sobre todo si son menores de 3 años), el bebé no debe ser abandonado en una habitación en compañía de éstos. Su afán de curiosear e investigar puede, sin desearlo, llegar a lastimar al recién nacido.
Así mismo, si están acostumbrados a jugar con juguetes con piezas pequeñas, el cuidado ha de extremarse.
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